El día que todos los jorobados de Londres fueron sospechosos de intentar asesinar a la reina

El 30 de mayo de 1842, John Francis intentó asesinar a la reina Victoria de Inglaterra mientras ella viajaba en carruaje con el príncipe Alberto por la avenida Constitution Hill en Londres… justo un día después de haber intentado dispararle. El Príncipe Consorte había visto a Francis, a quien describió como “un bribón pequeño, moreno y de mal aspecto“, sacando una pistola que luego no disparó.

Al día siguiente, la reina insistió en hacer su paseo habitual por la tarde en el parque con su marido, el Príncipe Alberto, con la esperanza de hallar al asesino. Al primer ministro, Sir Robert Peel, aquello le pareció una gran idea insistió en que se desplieguen agentes vestidos de civil en la ruta para atrapar al asesino.

El plan funcionó. Como se esperaba, Francis apareció y disparó contra la reina. Un agente de policía vestido de civil, llamado Tanner, lo agarró de un brazo logrando que el disparo no alcanzara a la reina. El agresor fue detenido, juzgado y condenado a muerte, aunque la reina insistió en que la sentencia se conmutara por el destierro de por vida.

Pero el intento de regicidio perpetrado por John Francis fue uno de varios durante el largo reinado de Victoria. El primero de ellos ocurrió en junio de 1840, cuando un hombre llamado Edward Oxford le hizo dos disparos a la reina, que estaba embarazada, desde una distancia de seis metros mientras el carruaje de la reina se dirigía al palacio por la Constitution Hill. Cuando se alejó, Oxford fue capturado por personas en la multitud, quienes lo desarmaron y lo entregaron a la policía.

En su juicio, Oxford se declaró inocente de tratar de matar a la reina, diciendo que sus pistolas no estaban cargadas y afirmó que solo quería notoriedad. Absuelto por el jurado por motivos de locura, fue sentenciado a ser detenido “a placer de su majestad” y enviado al asilo para enfermos psiquiátricos de Bethlem, donde pasó 24 años antes de ser transferido al Hospital Broadmoor. En 1867 fue liberado con la condición de que abandonara Inglaterra y nunca regresara.

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En mayo de 1849, un albanil irlandés llamado William Hamilton también apuntó a la reina con una pistola, aunque resultó que no estaba cargada, mientras daba un paseo por Constitution Hill. El atacante fue arrestado y se declaró culpable de querer asesinar a Victoria, y sentenciado a siete años de trabajos forzados.

Robert Pate, un soldado retirado, corrió al carruaje de la reina en 1850, dándole un golpe en la cara con un bastón que la dejó magullada. Veinte años después, un niño irlandés de 17 años se acercó a Victoria y mantuvo su pistola a pocos centímetros de distancia de su cabeza. Se declaró culpable pero como no estaba en su juicio fue condenado a un año de prisión y 20 golpes con una vara de madera.

El último atentado contra la vida de Victoria sería perpetrado por el irlandés Roderick McLean, quien disparó ineficazmente al carruaje real cuando arribó a Windsor el 2 de marzo de 1882. Como todos los demás, estaba loco.

Pero tal vez el intento de asesinato más extraño sufrido por la reina Victoria llegó el 3 de julio de 1842, cuando un hombre jorobado llamado William Bean disparó contra la soberana con una pistola cargada con trozos de pipa de tabaco. Logró escapar, poniendo bajo sospecha a todos los jorobados de Londres durante dos semanas hasta su captura.

Tras una intensa búsqueda, en la que se detuvo a decenas de jóvenes jorobados sospechosos, la policía londinense encontró a Bean, de 17 años, quien fue declarado culpable. Sin embargo, como su arma había sido cargada con tabaco y no con balas, solo fue condenado a 18 meses. El hombre murió de una sobredosis de opio en 1882.

 

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