Francia

Un zoológico en Versalles: cuando los reyes de Francia vivían entre monos, perros y gatos

En el palacio real más famoso de Francia, Versalles, donde el rey Luis XIV se instaló junto a una corte de 5.000 nobles, sirvientes y familiares, había reglas inquebrantables: los niños, los enfermos y los muertos estaban prohibidos. Las madres debían enviar a sus hijos para ser criados e París, los enfermos debían partir antes de que su estado empeorara y los mortales debían procurar no morirse bajo el mismo techo de Su Galáctica Majestad.

Pero las mascotas no estaban prohibidas y el aburrimiento infinito al que se veían condenados tantos miles de cortesanos los llevaba a aferrarse a sus queridos perros, sus ronrroneantes gatos y todo lo que pudieran domesticar. Durante el reinado de Luis XV, nieto del “Rey Sol” esta costumbre se mantuvo y había gatos por todas partes, con lacayos especialmente dedicados a su limpieza y su alimentación.

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Luis XV adoraba a su malcriado gato persa que siempre estaba metiéndose en problemas. Los gatos de angora grises llenaban los salones de juegos, daban golpes a los valiosos adornos con sus colas y rasgaban tapizados, almohadones, alfombras y cuadros. Las damas de alcurnia residentes en Versalles, que no tenían mucho más para hacer que chismear y jugar cartas, no solo rivalizaban en peinados, maquillajes, joyas y ropa: también competían por quién tenía más y mejores mascotas.

En el caso de Madame Du Barry, la más escandalosa favorita de Luis XV y enemiga de María Antonieta, sus mascotas preferidas eran un insportable perico que hablaba, unos revoltosos monos y un perro al que adornaba con un valiosísimo collar de diamantes. La princesa de Chimay, por su parte, era dueña de un mono que, en cierta ocasión, comenzó a jugar en el tocador de su dueña, se pintó los labios y las mejillas y entró en el comedor, escandalizando a todos los presentes. Como consta en las memorias de muchos cortesanos que pasaron sus días en Versalles, el olor que los animales dejaban al hacer sus necesidades en salones y estancias palaciegas solía ser insoportable.

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