Gran Bretaña

Un espía del Papa, intrigas y asesinatos en la corte de Escocia

María Estuardo, reina de Escocia, y su prima Isabel Tudor, reina de Inglaterra, eran primas y rivales. A la poderosa soberana inglesa le interesaba mucho lo que sucedía en la corte escocesa, ya que la monarca Estuardo era una de las pretendientes católicas del reino inglés. Bajo este contexto, se desarrolló una de las historias más intrigantes de la historia británica y, más de 400 años después, muchos de sus capítulos siguen siendo un misterio.

Cuando Isabel, que sentía una profunda aversión por el matrimonio, se enteró de Escocia negociaba la boda de María con el príncipe español y Don Carlos, hijo y heredero del rey católico Felipe II de España, se alarmó profundamente. A Inglaterra no le convenía estar rodeada de dos reinos católicos. Para evitar el desastre, la Reina Virgen puso su mirada en Robert Dudley, un distinguido noble inglés y protestante.

Si se casaba con aquel hombre, le propuso Isabel a María, sus descendientes serían ubicados en el primer lugar en la línea sucesoria al trono inglés. La oferta resultaba muy tentadora, y la historia hubiera sido muy distinta si la reina de Escocia aceptaba. Pero entonces María ya estaba enamorada de otro hombre: Enrique Estuardo, Conde de Darnley (1545-1567), al que sus contemporáneos definían como “el hombre más lujoso y mejor proporcionado del mundo”.

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ENRIQUE, CONDE DE DARNLEY

El noble, al que la reina Isabel detestaba, era cuatro años más joven que María, era hermoso, alto, católico y tenía sangre azul inglesa. A mediados de 1565, María y Darnley se casaron. El embajador de Inglaterra, presente en la boda, se lamentaría de que la “pobre reina María, a quien tanto estimaba, que era tan sabia, tan digna en todas sus acciones” se comportara como una adolescente enamorada.

Como súbdito inglés que era, Darnley tenía que solicitar permiso a la reina Isabel antes de casarse, pero no lo hizo. Isabel, loca de furia, desató su venganza en la familia de Darnley que quedó en Inglaterra, encarcelando en la Torre de Londres a la condesa de Lennox (la nueva suegra de María).

En el plano íntimo las cosas tampoco fueron bien para María, que estaba absolutamente encandilada por Darnley. Pero este inglés era un inepto y un mujeriego desvergonzado al que sólo le preocupaba su aspecto físico y su posición en la corte.

Ambicioso, celoso y violento como pocos, Darnley le exigía a diario el título de rey y se encargaba de humillarla en público y hasta agredirla físicamente al punto de que, tras una de sus frecuentes palizas, la reina perdió el hijo que esperaba.

El matrimonio empezaba con el pie izquierdo y el panorama político no parecía muy halagador para María y Enrique. El conde de Moray, hermanastro de María, que no se mostró dispuesto a tolerar la presencia de un inglés católico en el trono y se rebeló, comenzó a instar a los nobles escoceses a levantarse contra la reina.

Los nobles pronto se dieron cuenta de que podían aprovecharse de la debilidad y la naturaleza poco decidida de Darnley para atacar a María, por lo que apelaron a su mayor virtud: su vanidad. Le hicieron creer que lo convertirían en soberano de Escocia si se ponía del lado de la nobleza (al fin y al cabo, era uno de ellos) y Darnley mordió el anzuelo.

Rizzio, el bello ragazzo

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DAVID RIZZIO (1533-1566)

Un año después de la boda, el 19 de junio de 1566, María fue madre por primera vez, del futuro rey Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra. Para entonces, la relación comenzaba deteriorarse profundamente porque Darnley insistía en reclamar a María la corona de rey. Lord Moray estaba celoso porque la presencia de Darnley lo alejaba de la corona escocesa.

Con la complicidad de los nobles protestantes escoceses, Moray convenció al consorte de que María se acostaba con su secretario, el músico David Rizzio (1533-1566), ultracatólico, miembro de la Santa Alianza, que actuaba como agente secreto del papa Pío IV en la corte escocesa.

Nacido en Turín, hijo de un humilde profesor de música, Rizzio había logrado entrar al servicio del papa Pablo IV realizando “operaciones especiales” para el pontífice en Francia, Alemania e Inglaterra. Fue a finales de 1565 cuando la reina conoció a este joven turinés de treinta y dos años, piel oscura, bonitos ojos verdes y la típica belleza italiana. El hombre, que pintaba, tocaba instrumentos, sabía de arte, componía versos, formaba parte del séquito del embajador de Saboya que visitaba Escocia.

La reina pidió entonces al embajador que antes de marcharse de Edimburgo le cediese a David Rizzio para su divertimento privado“, escribe Eric Frattini, experto en asuntos vaticanos. “Poco a poco el espía papal fue ascendiendo en el séquito, de simple cantante a, en pocos días, convertirse en ayuda de cámara de la reina. La reina encontró en el italiano lo que no hallaba en su esposo (…)”.

“Rizzio tenía las ideas muy claras, poseía una amplia cultura artística; dominaba el latín, el francés y el italiano, los hablaba con fluidés, y el inglés con soltura. A pesar de contar con el apoyo de la reina, el espía seguía comiendo en la mesa de los criados, pero la oportunidad de cambiar esta situación se le presentó cuando la reina cesó a su secretario privado (…). A pesar de ser un fiel defensor de la Contrarreforma e informar obedientemente de cualquier movimiento inglés o escocés al papa Pío V y a su jefe, el cardenal Maffei, se dedicó en cuerpo y alma a servir a la reina María”.

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