Historias

El escandaloso caso de la “Rasputina” holandesa que hizo tambalear a la corona

Todo comenzó cuando en 1956 el príncipe Bernardo, esposo de la reina Juliana de Holanda, cito a palacio a una famosa curandera llamada Greet Hofmans (1896-1968). A pesar de ser quien la introdujo en la corte, Bernardo desconfiaba en que esta mujer esquelética, de aspecto campesino, llegara a curar completamente la vista a su cuarta hija, María Cristina -también llamada “Marijke”-, pero esperaba que ella ejerciera una influencia tranquilizante sobre las legítimas inquietudes de Juliana, una madre verdaderamente afligida.

Para sorpresa de todos, Hofmans, que a los cincuenta y cuatro años se expresaba con dificultad y no habría leído más que media docena de libros, pronto empezó a controlar casi completamente la personalidad de la reina Juliana, hasta que fue acusada de cumplir un papel similar al del monje siberiano Grigori Rasputín en la dinastía Romanov, no sólo en la Corte sino también en la política holandesa.

La prensa internacional empezó a difundir noticias y rumores, de forma poco elegante, sobre los conflictos internos del Palacio de Stoestdijk, el hogar de la entonces reina. Decían que Juliana siempre se sintió atraída por la astrología y el ocultismo. La prensa holandesa, que abordó el tema con más delicadeza, constató rápidamente que a todos esos extraños intereses Juliana sumaba un terrible sentimiento de culpa por la ceguera de Marijke se debía a la rubeola que ella había contraído durante el embarazo en 1945.

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GREET HOFMANS (1896-1968)

Greet Hofmans se instaló en la residencia real, donde organizaba sesiones nocturnas en las que se oraba alrededor de la camita de la niña (quien llegó a ver de forma temporal, casi milagrosamente), confesaba a la reina y le daba dudosas clases de Teología, a la par que explicaba a quien quisiera escucharla que las verdaderas relaciones de este mundo se debían efectuar en “un plano vertical”, es decir entre los hombres y Dios. Las relaciones “horizontales” carecían de todo valor. Pero Bernardo –inspirador del Grupo Bilderberg, entre otros logros– tenía demasiada personalidad como para dejarse apartar por una curandera. Para recuperar su lugar, tenía que encontrar un ángulo de ataque que diese el golpe de gracia a Hofmans. Y lo encontró.

Después que el príncipe se armara de valor para expulsarla de la residencia real, Hofmans se refugió en Het Oude Looe, en el castillo de la reina madre Guillermina, y continuó dictando sus misteriosas clases todos los días. Ahora tenía dos devotas seguidoras: Juliana y su madre Guillermina. Las mujeres arrastraban a sus más notables visitantes a que escucharan las prédicas de Greet, y hasta Eleonor Roosevelt -a quien se le impuso tal peregrinaje- la escuchó asegurar que la enfermedad no existía y que “el cáncer es un indicio de los desórdenes morales de este mundo, debidos al militarismo y a la guerra”. “Es por eso que no puedo curar el cáncer”, explicaba Hofmans. “Hasta que la guerra no sea eliminada”.

Entre los seguidores de Greet Hofmans se hallaba el descendiente de una de la familias holandesas más destacadas, el barón van Heeckeren van Molecatan, quien en la guerra en que se enfrentaban Bernardo y Juliana aportaba a la causa de la curandera todo su talento de sutil diplomático. Porque Bernardo, secundado por su hija mayor -la princesa Beatriz- tenía la impresión de que la reina perdía contacto con la realidad y que pronto no sería capaz de asumir las responsabilidades que implicaba la Corona.

Beatriz se había quedado particularmente horrorizada al enterarse de que quienes participaban en las sesiones espiritistas de Hofmans en el Castillo de Het Oude Loo, no se conformaban con rezar, sino que entablaban diálogos directos con extraterrestres, quienes a su vez los honraban con sus visitas.

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JULIANA Y BERNARDO

Beatriz y Bernardo se volvieron firmes partidarios de la abdicación de Juliana, una noticia que sacudió a la corte. Varios historiadores trataron de analizar durante años, y hasta el día de hoy, las verdaderas motivaciones de esta ofensiva dirigida por el príncipe consorte y la princesa heredera de Juliana. ¿Creían realmente que la reina era incapaz de asumir sus responsabilidades? ¿De verdad el príncipe Bernardo pretendía cumplir al lado de su hija el papel que no desempeñaba al lado de su esposa? ¿O bien ocurría que Beatriz -impaciente desde los 18 años por subir al trono- quería apropiárselo lo antes posible? Días sombríos en el palacio real y escenas interminables en las cuales el esposo y la hija mayor acosaban a la esposa y madre: Juliana debía abdicar, y así podría dedicarse por entero al ejercicio de sus místicas actividades.

Uno de los rasgos principales de la curandera eran sus sólidas ideas pacifistas, que en plena Guerra Fría podían representar un serio peligro para la seguridad del Estado si la reina las hacía suyas; los Países Bajos eran un miembro muy activo de la OTAN. Bernardo lo sabía y filtró el asunto a Der Spiegel. El 13 de junio de 1956, el prestigioso semanario alemán publicó un artículo titulado “La reina y su Rasputin”. El Gobierno holandés reaccionó secuestrando la edición de Der Spiegel, pero el escándalo era demasiado grave como para que no se tomasen medidas: las demoledoras conclusiones de la comisión de investigación –que siguen sin hacerse públicas– supusieron la expulsión de Hofmans de la Corte.

Oficialmente, el caso de la hechicera de Stoestdijk se consideró cerrado pero su sombra siguió sobrevolando durante décadas sobre la familia real holandesa hasta el punto de que pocos meses antes de su muerte –en 2004–, el príncipe Bernardo estimó oportuno escribir una carta al diario De Volkskrant en la que confiaba en que una eventual publicación de las conclusiones de la comisión colocase a cada uno en su sitio en relación “con este complejo asunto”. No todo, sin embargo, permanece bajo siete llaves: autorizado por la reina Beatriz a consultar parte de los archivos, el historiador Cees Fasseur reveló en 2008, en una exhaustiva biografía sobre Juliana y Bernardo, la existencia de una carta anónima que amenazaba de muerte al jefe de la Casa de la Reina y a la propia Hofmans si esta última no abandonaba palacio.

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