Hielo en sus venas: las pésimas relaciones entre el Duque de Windsor y su madre

Definido como “la mejor encarnación de un príncipe de cuentos de hadas”, Eduardo VIII de Gran Bretaña (1893-1972) es el rey que provocó un terremoto constitucional el 10 de diciembre de 1936, cuando abdicó al trono británico por amor a Wallis Simpson. Su amante desde 1932, era norteamericana y dos veces divorciada, lo que la transformó en la persona menos indicada para ser reina consorte.

Durante los cuatro años que se mantuvo como pareja del príncipe de Gales, Simpson se ganó la antipatía de la corte y el odio de la familia real, que presentía que llevaría a la ruina al príncipe. “Cuando yo muera”, profetizó el rey Jorge V, “mi hijo se arruinará en doce meses”. Casi un año después de la muerte del monarca, su hijo Eduardo VII, abdicó al trono porque le fue, en sus palabras, “imposible desempeñar mis deberes de rey como yo quería sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo”.

eduardo 4

La reina madre, María, no derramó ninguna lágrima al escuchar el discurso radial de su hijo, a quien no había educado para renunciar. Esa, la mayor muestra de amor del siglo XX, no la conmovía. “Esa mujer”, la pérfida, ambiciosa y vulgar norteamericana, era su peor enemiga. La relación de Eduardo VIII con sus padres fue caótica desde el principio, porque, a pesar de que el matrimonio tuvo seis hijos, ninguno de ellos fue deseado y esperado. (¿Cómo habrá sido la noche de bodas de una pareja se había casado para complacer a la reina Victoria?).

María no tenía espíritu maternal. “Creo que he cumplido con mi deber. Tener hijos me resulta extremadamente desagradable”, escribió María a una tía después de los cuatro primeros embarazos. Rígido, estricto, rutinario y violento, el rey Jorge V mimó a su única hija mujer pero educó a sus hijos varones en el terror: “Mi padre le tenía miedo a su padre, yo le tenía miedo a mi padre y meencagaré de que mis hijos me tengan miedo”.

María, criada para ser reina pero no para ser madre, fue incapaz de dar a sus hijos besos, abrazos y gestos de aliento, y solo se acercaba a ellos una hora por día para hablar con las niñeras. Los niños la asustaban y, como la reina Victoria, pensaba que aquellas criaturas debían ser ignoradas hasta que se convirtieran en adultos.

eduardo 1

Para bien o para mal, a los reyes no les están consentidos los hábitos hogareños de los demás mortales”, escribió Eduardo VIII en sus Memorias. “Si bien no faltó cariño en mi crianza, las simples circunstancias que concurrían en la situación de mi padre interponían una barrera impalpable que descartaba la continua y estrecha intimidad de la vida familiar convencional (…) Mis primeros años los pasé casi por completo cuidado por niñeras”.

La separación entre Eduardo y su madre se acentuó con el paso de los años y llegó a su climax cuando el rey contrajo lo que María llamaba “un espantoso matrimonio”. A instancias de la reina, Wallis jamás recibió el trato de Alteza Real, lo que agudizó la crisis madre-hijo: “Darle a ella ese título sería fatal… Con dos maridos que aún viven, no puedo imaginar cómo ‘David’ puede carecer tanto de tacto”. La reina se mantuvo inconmovible (“dura como un clavo” en palabras de Eduardo) hasta el final de su vida y jamás accedió a recibir a su hijo si aquella detestada nuera también se presentaba.

En 1953, Eduardo viajó a Londres al recibir la noticia de que su madre agonizaba y estuvo con ella hasta el último momento: “Mi tristeza se mezclaba con la incredulidad de que una madre hubiera podido ser tan dura y cruel hacia su hijo mayor durante tantos años y no obstante tan demandante al fin sin ceder en lo más mínimo. Me temo que los fluido de sus venas hayan sido siempre tan helados como lo son ahora en la muerte”.

Anuncios