Historias

Así se vivía en la faraónica corte de Haile Selassie, el último emperador de Etiopía

Haile Selassie (1892-1975) fue el último emperador de Etiopía. Descendiente del rey Salomón de Israel y la reina de Saba, fue coronado en 1930 con los títulos de “Elegido de Dios, Rey de Reyes de Etiopía, León Conquistador de la Tribu de Judá y Defensor de la Fe Cristiana”. Aunque su gobierno comenzó con reformas que llevaron al país al siglo XX, no tardó en detenerse y consagrarse como un verdadero autócrata, lo que lo llevó a su derrocamiento en 1974.

Las reformas de Haile Selassie contribuyeron a crear una imagen legendaria del monarca. El “Benevolente Emperador” prohibió que se cortaran piernas y brazos y que se liquidara a hachazos a los asesinos; puso en marcha el primer periódico y fundó el primer banco; introdujo la luz eléctrica, suprimió la costumbre de encadenar a los presos y ponerles grilletes, condenó el comercio de esclavos, acabó con los trabajos forzados, llevó los primeros automóviles y aviones, y fundó el sistema de correo.

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Sin embargo, el modernizador “ras tafari” (príncipe) Haile Selassie no tardó en encastillarse en el más absoluto medievalismo. El emperador se tomó en serio la doctrina del derecho divino de los reyes, y nunca permitió que sus súbditos olvidaran que se consideraba el Elegido de Dios y el descendiente del rey Salomón. Los etíopes, que comían carne dos o tres veces por año, se lanzaban a las calles a venerar a su emperador cada vez que este los bendecía con una visita a su pueblo, aldea o tribu. Se postraban ante sus pies, pues, creían, lo había enviado Dios.

Haile Selassie estaba convencido de que su trono dependía únicamente de Dios y de saber perfectamente lo que convenía a sus súbditos: “El Creador nos otorgó la Corona y nunca hemos renegado de nuestro destino”, proclamó una vez. “Ni siquiera en los peores momentos. Porque Dios pensó que así podríamos servir al pueblo, como un padre sirve a su hijo. Es para mí una gran satisfacción ser monarca. Así hemos nacido y así viviremos siempre“.

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Puertas adentro del palacio imperial, mientras Etiopía vivía en la más profunda miseria, el emperador vivía como un dios. En sus apariciones públicas, recordaba el esplendor y la opulencia de Solimán el Magnífico o el Rey Sol de Francia, con la diferencia de que vivía y trabajaba en un ambiente moderno y viajaba al extranjero en un avión de Ethiopian Airlines.

Ya fuera en el Salón de Audiencias, donde recibía diplomáticos, o en la Sala de la Justicia, donde impartía perdones y castigos, el emperador estaba protegido por leones y guepardos, la implacable guardia imperial y una multitud de chambelanes y lacayos. Los baños de sus residencias tenían griferías de oro macizo y las mesas se cubrían con maravillosos manteles de finísimo hilo bordado a mano.

Pero pese a ser un hombre importante, Haile Selassie no tenía amigos, y vivía pendiente de las intrigas que se sucedían constantemente en su corte. Su única compañía fueron sus animales: perros, leones, un leopardo, veintiocho caballos de pura raza con los que, según sus propias palabras, era capaz de hablar usando un lenguaje solamente conocido por él. Sus leones fueron fusilados después del golpe de Estado en 1960 porque no impidieron que los traidores ingresaran al palacio.

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La vida cortesana estaba regida al milímetro por un protocolo que se mantenía intacto desde el siglo XIX. Por los pasillos de los palacios reales pululaban muy poco discretamente una infinidad de cortesanos, burócratas, aristócratas, gente pobre… todos querían contemplar y servir al emperador, pero a ninguno le estaba permitido acercarse. Los ministros, incluso, debían arrodillarse para hablar por teléfono con el emperador.

Los príncipes imperiales, hijos de Haile Selassie y la emperatriz Menem, podían entrar en confianza con su padre. Debían postrarse y dirigirse a él como “Nuestra Sacra y Real Majestad, Rey de Reyes, Inigualable Señor, Venerable Soberano, Ilustrísimo y más Extraordinario Señor, Magnánima Majestad, Supremo Bienhechor, Bondadoso Señor, Precavida Majestad…”

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Al servicio de su majestad estaban el “lacayo de la tercera puerta” y el “Colocador de almohada debajo de los pies”, que cumplían funciones importantísimas, o el “Maestro de Ceremonias”, quien le advertía al emperador, con un leve movimiento, del final de la audiencia de nombramientos y destituciones… Hacer detener al emperador en su caminata por no abrir a tiempo la puerta, o permitir que sus pies colgasen de la silla al sentarse por no colocar a tiempo la almohada eran afrentas imperdonables.

En su libro ‘El Emperador’, el escritor polaco Ryssard Kapuscinsky narra con detalle la intimidad de aquella corte medieval y descubre, por ejemplo, la costumbre imperial del uso exclusivo de la comunicación oral, pues de esta forma fácil y astutamente Haile Selassie se ponía al margen de cualquier responsabilidad: “El emperador podía declarar que el funcionario tal o cual le había relatado algo totalmente distinto… y éste no podía defenderse por no existir ninguna prueba por escrito“.

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