La sencilla vida de Elena de Italia, la reina que le dio la espalda al fascismo

La reina Margarita de Italia, pomposa y majestuosa, vivía en un estado de absoluta perplejidad por la conducta de su nuera, Elena de Montenegro (1873-1951). Proveniente de una dinastía pobre y nacida en un palacio que parecía una casa común, la esposa de Víctor Manuel III salía a hacer las compras y administraba las cuentas del palacio, cambiaba los pañales de sus hijos, y le preparaba la comida a su esposo como una ama de casa común y corriente.

Sonriendo, como lo más natural del mundo, me explicó que personalmente se hace el desayuno y vigila el de sus hijos“, escribió Eulalia de Borbón, quien la visitó en Roma. Un miembro de la familia, la duquesa de Aosta, se burlaba de ella llamándola “la pastorcita”. A finales de 2017 los restos de Elena regresaron a Italia, después de casi seis décadas de sepultura en Francia. ¿Pero quién era realmente la reina que llegó de los Balcanes y fue testigo del ascenso de Mussolini y la caída de la monarquía italiana?

La princesa de los higos secos

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La segunda de las tres reinas de Italia nació en 1873 y su nombre y su retrato llegaron a Roma cuando el rey Umberto I y el primer ministro italiano, Francesco Crispi, se embarcaron en la aventura diplomática de buscarle esposa al príncipe heredero, Víctor Manuel, un hombre de medio y medio de estatura, enfermizo y taciturno. Al lado de su novio, ¡Elena parecía un gigante!

Al parecer, el príncipe estaba realmente enamorado de la princesa montenegrina y había dejado claro que no aceptaría ninguna interferencia de su madre, Por otro lado, la casa de Saboya necesitaba de una princesa real saludable. Los matrimonios con miembros de la propia casa real habían hecho mella en los genes saboyanos y un ejemplo de ello era el deforme Víctor Manuel.

La sangre tenía que renovarse. Finalmente, en 1896, tras haber sido rechazada por el zar Nicolás II, Elena se comprometió con Víctor Manuel a distancia: solo había visto una foto de su novio.

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El príncipe y Elena se conocieron ese año en San Petersburgo, adonde habían asistido a la coronación del zar de Rusia. Víctor Manuel viajó después a Cetinje, capital de Montenegro, para pedir la mano de la princesa al rey Nikola Petrovic. Encantado, el propio monarca preparó una comida de bienvenida para su nuevo yerno.

Víctor Manuel quedó fascinado con la sencillez de la corte de Nikola y desde entonces jamás comería otra comida que no fuera la preparada por su esposa. La boda se celebró en la basílica de Santa María de los Ángeles- Roma- el 24 de octubre de 1896. La familia real de Montenegro no solo era muy modesta sino que también carecía de fortuna: la familia no tenía joyas ni coleccionaba arte, por lo que Elena llegó a Roma con una dote compuesta por un cargamento de higos secos.

“Antes que nada, soy madre”

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Los primeros años de casados pasaron demasiado rápido y terminaron abruptamente con el asesinato del suegro de Elena, el rey Umberto, en 1900. El estatus de Elena cambió, ahora era la Reina de Italia, lo que aumentó aún más la hostilidad de su suegra, la reina Margarita. En primer lugar, Elena renunció a la ostentación cortesana, prefiriendo educar a sus hijos con total libertad en su propia casa: “Antes que nada, soy madre”, dijo a las mujeres de Messina después del terremoto de 1908.

Es en este momento en que la reina extranjera comienza a ser amada por el pueblo italiano. La dedicación con la que ayudó a las víctimas del terremoto, llegando a lavar cuerpos de cadáveres durante horas, remendar ropa usada y repartir alimentos para los pobres le hizo ganar apodos más adecuados que los que la hostil familia Saboya le había reservado. La familia era el centro de la vida de Elena, pero la presencia de la suegra se hacía sentir. Margarita se quejaba constantemente de la crianza de sus nietas -las princesas Yolanda, Mafalda, Juana y francisca-: “Parecen amas de casa, no hijas de un rey“.

La paz de las reinas

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Después de la Primera Guerra Mundial, las relaciones entre Elena y su suegra quedaron irremediablemente rotas. Margarita, interesada en ver el ascenso del fascista Benito Mussolini, estaba convencida de que el ‘Duce’ quería proteger al país y al débil rey. Mientras Elena se negó a referirse al dictador como ‘Duce’, Margarita se mostraba fascinada con la personalidad y las ideas de Mussolini, a quien adulaba en público.

Pero Víctor Manuel III, al fin y al cabo un hombre débil y sin carácter, cedió ante Mussolini y se convirtió en cómplice del horror: bajo la “Dictadura Real”, el monarca apoyó y firmó las leyes racistas que condenaron a muerte y campos de concentración a cientos de miles de súbditos italianos.

Como lo hizo durante la Primera Guerra Mundial, Elena se entregó para dar consuelo y ayuda a los hospitales. Las esperanzas de la reina de que finalizara la contienda la llevaron a escribir una carta a todas las reinas de Europa en las que les ofrece ser intermediarias para detener las matanzas. Mussolini le prohibió avanzar en lo que pasaría a la historia como “la paz de las reinas”.

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Los últimos años de Elena estuvieron marcados por la tragedia. El 28 de agosto de 1944, su hija Mafalda fue deportada al campo de concentración de Buchenwald, donde murió. Dos años después, Víctor Manuel III abdicó en su hijo Umberto II, rey por solo un mes, y Elena acompañó a su marido en el exilio. Enferma de cáncer, Elena afrontó la muerte de su esposo en 1947 y después fue internada en un centro de tratamiento médico de Montpellier, donde murió en 1952.

Antes de su muerte, Elena pidió ser sepultada en una tumba común, sin ostentaciones. Siguiendo este deseo, setenta años después su nieta, María Gabriela de Saboya, llevó sus resto a Italia, donde, sin pompas, fueron sepultados en un convento. La República Italiana puso como condición que ningún monarca Saboya fuera sepultado en el Panteón Romano, un honor que aquellos que fueron cómplices de la locura fascista ciertamente no pueden merecer.-

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