Crónica

Los 80 años de Beatriz de Holanda, la princesa que nunca perdió la sonrisa

Beatriz de Holanda cumple hoy 80 años, retirada del trono pero muy presente en la vida de la familia real. Apodada en su juventud por los holandeses como la “Princesa de la Sonrisa”, a causa de su simpatía, Beatriz atravesó muchos conflictos tanto en su papel de jefe de Estado como en su faceta de mujer y madre. Sin embargo, al alcanzar sus ocho décadas de vida, la princesa nunca perdió su sonrisa.

Su nacimiento, el 31 de enero 1938, fue muy celebrado en Holanda a pesar del frío invernal. Cuando Juliana, su madre, entró en trabajo de parto, cientos de holandeses se reunieron en el palacio Soestdijk, pese al viento helado. A las 10 de la mañana, se oyeron los 51 cañonazos que anunciaban el nacimiento de una princesa: la primera nieta de la reina Guillermina sería reina. El 2 de febrero Beatriz hizo su primera aparición pública oficial y el príncipe Bernardo, su padre, confesó a la prensa que “esperaba un varón”. La princesa fue bautizada Beatriz Guillermina Armgard el 12 de mayo en La Haya.

Sencilla como su padre y testaruda como su madre, Beatriz saltó a la fama mundial en 1965 al anunciar su compromiso con Klaus van Amsberg, un noble alemán nacido en 1926, que había marchado en las filas de las Juventudes Hitlerianas y al final de la Segunda Guerra Mundial había estado movilizado como soldado en el Ejército alemán. Klaus llegó a combatir y poco antes de la capitulación del III Reich en 1945 fue hecho prisionero por los aliados en el frente italiano. Tras la guerra, trabajó en el Ministerio de Exteriores de la República Federal de Alemania.

Klaus cambió su nombre a Claus y adoptó la nacionalidad de su prometida, pero el matrimonio de la futura reina, aunque fue autorizado por el Parlamento, fue recibido negativamente en la sociedad holandesa, donde todavía persistía el recuerdo de la ocupación nazi. El día de la boda, en 1966, grupos radicales arrojaron un bote de humo y pusieron obstáculos al paso del carruaje de los príncipes y su cortejo. Los disturbios deslucieron el magno evento y obligaron a intervenir a la Policía, que practicó detenciones, pero la princesa no perdió la sonrisa.

Catorce años después -y tras el nacimiento de los príncipes Guillermo Alejandro, Johan Friso y Constantino- Beatriz se convirtió en reina al abdicar la reina Juliana. Las ceremonias de sucesión real, que costaron millones de dólares, llegaron momentos de grave crisis económica y numerosos grupos de manifestantes izquierdistas y demandantes de vivienda digna sostuvieron enfrentamientos con las fuerzas del orden.

 

La nueva reina prestaba juramento en la Iglesia Nueva de Ámsterdam mientras tronaban las bombas en las calles y se desataba una batalla campal. Los manifestantes gritaban “¡No habitación, no coronación!”. La reluciente carroza de oro donde viajó Beatriz fue bombardeada con huevos, piedras y pollos muertos y mientras en el mundo se preguntaban si los holandeses no se habrían vuelto locos. La nueva reina no perdió la sonrisa.

Desde el comienzo Beatriz quiso distanciarse del modelo “casero” que caracterizó a su madre, la reina Juliana. Beatriz se perfiló como una monarca profesional, activa, y marcó más distancia entre la corona y el pueblo. Beatriz pidió que se dirigieran a ella como Majestad y no como Señora, sus mejores consejeros fueron seleccionados por sus conocimientos y no por sus lazos de amistad, se eliminó el semi-folclórico desfile ante el palacio de Soestdijk y a la vez se le sacó brillo a viejas tradiciones.

Por su profesionalismo y la creación de una cuidadosa distancia entre pueblo y monarquía, Beatriz se convirtió en una reina realmente impecable. Con el paso de los años, los holandeses llegaron a amar al príncipe Claus por su carácter bondadoso, su trato modesto, su rechazo a las rigideces del protocolo y su implicación en causas sociales, pero el consorte quedó sumido en la depresión cuando el protocolo lo relegó a un sombrío segundo lugar en 1980, tras la entronización de Beatriz.

Tras un largo historial de problemas de salud y trastornos depresivos, Claus falleció en un hospital en 2002, víctima de una neumonía y de la enfermedad de Parkinson. Los padres de Beatriz murieron con algunos meses de diferencia en 2004: la reina madre Juliana, que padecía Alzheimer, murió de una infección pulmonar, y el príncipe Bernardo falleció de un cáncer de pulmón. Las muertes vistieron de luto a Beatriz, pero tampoco perdió la sonrisa.

En 2001, haciendo frente a los recelos de parte de la opinión pública, Beatriz anunció el compromiso de su hijo mayor con la argentina Máxima Zorreguieta, hija de un exfuncionario de la dictadura militar argentina. La prensa y los diferentes partidos políticos holandeses se pusieron en contra de que el futuro rey se casara con la hija de un colaborador del dictador Jorge Videla, uno de los genocidas que participó en el asesinato, desaparición y tortura de miles de argentinos. La reina dio la bienvenida a Máxima y no perdió la sonrisa.

 

En sus últimos años de reinado, Beatriz sufrió dos graves sobresaltos que la afectaron en lo personal. En 2009 un ex agente de seguridad, desempleado y con graves problemas económicos, embistió con su coche contra la multitud que asistía al paso del autobús que llevaba a la reina y a otros miembros de la familia real en los festejos populares del “Día de la Reina”. Beatriz y su familia resultaron ilesos, pero presenciaron conmocionados la escena.

En 2012 Beatriz recibió con entereza el desdichado accidente en la nieve del mediano de sus tres hijos, Friso, quien quedó con daños cerebrales graves y sumido en el coma durante meses. Friso estaba esquiando fuera de pista en Austria cuando lo sepultó una avalancha de nieve. Sepultado bajo metros de nieve, Friso perdió el conocimiento tras veinte minutos en los que no llegó oxígeno a su cerebro, una lesión que dejaría gravísimas secuelas si sobrevivía.

La prensa discutió durante meses la posibilidad de que Beatriz, totalmente abatida, renunciara al trono mientras su hijo se debatía entre la vida y la muerte. El 30 de abril de 2013, finalmente, Beatriz abdicó. La veterana monarca, a punto de cumplir los 75 años, tiempo en el que había conocido cinco primeros ministros y 14 gobiernos, seguía así los pasos adoptados por su abuela Guillermina en 1948 y su madre Juliana en 1980. Meses después, Friso murió.

Beatriz nunca habló en público de lo que significó perder a su hijo. Un semblante sombrío acompañó a la reina en los siguientes años, pero poco a poco se incorporó en la vida social, cultural y oficial de la casa real. Y, sobre todo, nunca perdió la sonrisa.

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Creador y autor de Secretos Cortesanos. En Twitter y en Instagram soy @dariosilvad.