Gran Bretaña

Amor, política y guerra: el camino de Carlos I de Inglaterra a la ejecución

En la tarde del 30 de enero de 1649, el rey Carlos I de Inglaterra salió por una ventana de Banqueting House, en el prestigioso barrio de Whitehall, y caminó hacia el andamio erigido para su ejecución. Cientos de personas lo insultaban y reclamaban su muerte. Se dice que el rey llevaba dos camisas porque hacía mucho frío y no quería que la multitud pensara que estaba temblando de miedo: “¡No tengo miedo a la muerte!”, dijo a sus asistentes.

Lo estaba esperando su verdugo. El hombre, aterrorizado de ser reconocido más tarde como el asesino del rey, lucía no solo una máscara de red, sino también una barba falsa. Mientras Carlos Estuardo se preparaba para apoyar la cabeza en donde le sería rebanada, le dijo al verdugo: “¿Te molesta mi cabello?” Amablemente, el hombre lo ayudó a guardarlo bajo la gorra de dormir el rey utilizaba. Minutos después, el monarca estaba muerto. En una última burla, cuando el asistente del verdugo levantó la cabeza de Carlos para mostrársela a la multitud y la dejó caer al piso.

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Una nueva biografía del rey, por la historiadora británica Leanda de Lisle, revela el camino tortuoso a través del amor, la política y la guerra que llevaron a Carlos I (1600-1649) a su destino final, destino que compartió con su trágica abuela, María Estuardo, reina de Escocia que perdió la cabeza acusada de complot contra su prima, Isabel de Inglaterra.

Cuando Carlos nació, en Escocia, nadie esperaba mucho de él: no era un bebé robusto ni saludable, sus piernas carecían de fuerza y ​​tenía problemas para caminar, aunque el ejercicio decidido mejoró sus problemas. Además, nació con una deformidad de la lengua y su padre una vez amenazó con cortarle los tendones para ayudarlo a hablar más claramente.

Más significativamente, Carlos tenía un hermano mayor, el príncipe Enrique, en quien estaban ancladas las esperanzas dinásticas. Desafortunadamente, en 1612, Enrique murió por fiebre tifoidea. Los doctores probaron una enorme y bizarra cantidad de remedios, incluyendo atar una paloma muerta a la cabeza del niño, pero, como era de esperar, ninguno de ellos funcionó. Enrique murió y el joven príncipe Carlos se convirtió en heredero del trono de Inglaterra y de Escocia.

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Su primer mentor fue el favorito de su padre, el increíblemente hermoso George Villiers, duque de Buckingham, quien tuvo una relación tan cercana con la familia real que una vez le dijo al joven príncipe, en un ataque de ira, que le “besara el trasero”. No sufrió más que una leve llamada de atención, porque el favorito Villiers era muy importante en la corte.

Cuando Buckingham fue asesinado en 1628, tres años después de que Carlos subiera al trono, el rey se mostró inconsolable y lloró “con mucha pasión y con abundancia de lágrimas“. En este momento, sin embargo, el rey se había embarcado en la relación más importante de su vida, con su esposa francesa, Enriqueta María, hija del rey Enrique IV.

El catolicismo de Enriqueta María causó dificultades durante todo el matrimonio, relata el libro de Leanda de Lisle. En sus primeros días como reina consorte, sus sacerdotes la persuadieron de negarse a tener relaciones sexuales en los Días Santos de la iglesia, ante lo que el rey se quejó amargamente.

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Para mayores problemas, a medida que se profundizaban los conflictos religiosos del reinado de Carlos I, la reina se convirtió en el centro del sentimiento anticatólico. La llamaron popularmente la “mocosa francesa” y los fieles que salían de la misa en su capilla privada eran atacados “furiosamente con piedras y armas”.

Durante la Guerra Civil, hubo rumores de que era Enriqueta María quien llevaba las riendas del gobierno y desautorizaba a su esposo. La reina era, según una fuente histórica, “quien verdaderamente llevaba los pantalones”. Sin embargo, como deja muy claro De Lisle, no cabe duda del amor que se desarrolló entre el rey y la reina.

Cuando la guerra los obligó a separarse en la ciudad costera de Dover en 1642, se vio al rey “conversando con ella en tonos dulce y con abrazos afectuosos”. Ninguno de ellos fue capaz de “contener sus lágrimas”. Cuando el barco de la reina zarpaba, Carlos cabalgó a lo largo de la orilla agitando su sombrero, hasta que el mástil desapareció de su vista.

Tampoco hay dudas sobre el coraje de Enriqueta María. Al año siguiente, volvió a Inglaterra en medio de nuevas convulsiones: un hombre fue asesinado, “desgarrado y destrozado a tiros” a solo unos pocos pasos de la reina. El rey Carlos I no carecía de coraje y estaba convencido de la rectitud de su causa: “Dios no permitirá que los rebeldes prosperen“, les dijo a sus seguidores durante la Guerra Civil.

Pero estaba equivocado: se convirtió en el primer rey de Inglaterra que fue llevado a juicio, acusador de ser “un tirano, un traidor, un asesino y un enemigo público e implacable” de Inglaterra. Su cuerpo terminó abandonado en el suelo, escupido, pateado e insultado por una multitud.

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