El día que Pedro el Grande le regaló a su esposa la cabeza de su amante

Harto de su santurrona y aburrida esposa, el zar Pedro I de Rusia la repudió y la encerró en un convento para casarse con Martha Skavronskaya (1684-1727), una joven livonia que ejercía como prostituta del ejército ruso. En los tiempos en que ejerció esta profesión, fue apodada “la cantimplora sexual”, porque se acostó con medio ejército, incluido el príncipe Menshikov, el mejor amigo de Pedro. Fue Menshikov, sorprendido ante las mágicas artes corporales de Martha, quien se la presentó al emperador.

El monarca quedó encandilado ante aquella mujer, fornida, sin dientes y con aspecto de cantinera, que tuvo desde entonces el poder de calmarlo con sus caricias en sus frecuentes arrebatos de cólera. Según se decía entonces en la corte rusa, “al Zar le gustan las mujeres de muchas carnes y pocas luces”. “No quiero que mueras sin haber sido amada”, le dijo Pedro. La boda se celebró en 1707 y Martha, bautizada en la fe ortodoxa, recibió el nombre de Catalina.

Lo que Pedro no pudo imaginar es que el matrimonio no calmaría la fogosidad de la antigua prostituta, que siguió coleccionando amantes, esta vez de mayor alcurnia. En 1724 llegaron a Pedro los rumores de que Catalina mantenía una relación con el atractivo Willem Mons, de treinta años de edad y hermano de la encantadora Anna Mons, a quien Pedro I había amado apasionadamente en su juventud.

En la espléndida nueva corte de Catalina, Mons destacaba entre todos los demás hombres porque le encantaba ponerse sombreros de plumas, trajes de terciopelo y fajas plateadas, y era objeto de burlas por ennoblecer su apellido y transformarlo en “Moens de la Croix”. El joven seductor era hermoso, alegre, cortés, un poeta, que usaba anillos, pelucas relucientes y ricos perfumes.

Mons pagaba su altísimo estilo de vida con los sobornos que recibía por permitir el acceso al entorno de la emperatriz consorte. Según el embajador francés Jean-Jacques Campredon, Mons era “uno de los hombres más atractivos que he visto” y “sus relaciones… eran públicas y notorias”. Todo el mundo opinaba que “Katherinushka”, la “amiguita del corazón” del zar estaba perdida.

Soy el esclavo de vuestra gracia

“En la corte todos lo saben desde hace tiempo”, escribe Henry Troyat. Los diplomáticos mencionan la cosa incidentalmente en sus despachos. Sólo el zar, cagado por la confianza que le inspira su esposa, ignora la intriga que ella ha iniciado (…) Las cartas de amor que Mons escribe a la emperatriz están firmadas con un nombre de mujer y dirigidas a una dama Soltikov”. “Soy el esclavo de Vuestra Gracia”, decía una carta de Mons encontrada entre sus papeles, “y fiel solo a vos, soberana de mi corazón”.

Atento a los rumores cortesanos, Pedro ordenó a la policía detener a un subalterno de Mons, quien fue torturado hasta confesar toda la verdad del romance ilegal de la consorte. La confirmación del romance adúltero de su esposa enfureció a Pedro. Como represalia, el zar ordenó encarcelarlo, torturarlo y ejecutarlo sin comprobar siquiera la veracidad de aquellos rumores para luego colocar la cabeza decapitada del finado en el dormitorio de Catalina. De esta forma, la mirada sin vida de su amante le recordaría constantemente lo mucho que le convenía no volver a engañar al emperador de Rusia.

“Pedro la lleva, en trineo, al lugar del suplicio, donde todavía están expuestos la cabeza y el cuerpo de Mons”, escribe Troyat. “Al pasar, el vestido de la emperatriz roza el cadáver de piernas colgantes, atado a la rueda. Catalina mira este maniquí decapitado y no se inmuta. Algunos testigos pretenden incluso que sonríe, con mucha gracia. Tanta sangre fría exaspera al zar (…) Por la noche, al entrar a su habitación, Catalina descubre, sobre una mesa, en un balde lleno de alcohol, la cabeza de su amante, con los ojos desencajados, la boca torcida. Sin mostrar la menor sorpresa realiza sus ocupaciones, bajo la mirada vidriosa. Pedro reconoce que nada puede sacudir los nervios de acero de su esposa”.

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