Francia

El destino de Monsigneur le Grand Dauphin, el excéntrico heredero de Luis XIV de Francia

Luis de Francia (1661-1711), conocido como el “Gran Delfín”, nunca reinó. Heredero de la Corona, era un hombre irresponsable, mundano, feroz amante de la caza y se mostraba absolutamente desinteresado de todo lo relacionado con el gobierno. Murió prematuramente, antes que su padre, el célebre “Rey Sol” Luis XIV. Tímido y silencioso, le gustaban las mujeres feas, parecía medir sus palabras y no expresaba sentimiento alguno. Sin embargo, fue uno de los pocos hombres que se atrevió a hablarle a la cara a su padre sobre el estado lamentable de la vida de los campesinos, de los pobres y de los soldados.

La reina María Teresa, esposa española de Luis XIV, dio a luz a Luis en 1661, en el castillo de Fontainebleau. “Delfín” (título que se otorgaba a los herederos del trono francés) durante su vida, recibió el título de “Grand Dauphin” tras su muerte, para distinguirlo de su hijo el duque de Borgoña, quien pasó a ser el nuevo delfín. Aunque en los primeros años de su vida el niño permaneció al cuidado de su propia corte de niñeras y profesores lejos de sus padres, al crecer Luis XIV lo llevó a su corte y lo preparó para convertirse en rey, otorgándole varios puestos tanto políticos como militares.

El Gran Delfín, educado por Bossuet, gozó de buena reputación en la Corte como en el pueblo de París. Y esto a pesar de las duras críticas del duque de Saint-Simon y de otros contemporáneos que lo tildaban de vago, irresponsable y nulamente interesado en todo lo que fuera trabajo y esfuerzo. En palabras del autor español Ignacio Martín Escribano, Luis “era un hombre dado a los placeres mundanos, lujurioso, abandonado solo al placer, sin el menor afecto por nadie, alejado de todo cuanto tuviera relación con la vida política de la corte y con un insaciable ansia por la comida y la bebida”.

Excentricidades y mujeres feas

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Dotado, sin embargo, una cultura fuerte y apasionado por las artes, el hijo del Rey Sol vivía en un suntuoso apartamento en Versalles, tenía alma coleccionista -adoraba los muebles, los tapices y las pinturas-, y era un gran amante de la ópera y la caza. “Al Gran Delfín le gustaba, en su juventud, la vida de campaña y los soldados le querían“, escribe la historiadora Nancy Mitford. “Era valiente y generoso, y se interesaba de veras por su bienestar. Siempre que podía daba dinero para mejorar su condición. Se sabía que cuando escribía al rey le expresaba su preocupación por el lamentable estado de las tropas de infantería…”

“Lo que más le gustaba era cazar con perros. Todos los días iba a cazar lobos acompañado o no de su tía, Madame de Orléans, en cuanto había oído misa; a veces permanecía afuera hasta después de anochecer y regresaba a caballo de madrugada. Mató todos los lobos de la Isla de Francia, de modo que, antes de fallecer, la especie se había extinguido allí; una vez mató seis lobos en un solo día”. Cuando nació su primer hijo, en 1681, estuvo presente en el parto, pero al anunciarse el nacimiento, mientras Luis XIV y todo Versalles festejaban, salió del palacio, se fue a cazar lobos y no se lo volvió a ver hasta el día siguiente.

“El Gran Delfín tenía excentricidades, una de las cuales era su preferencia por las mujeres feas”, escribe Mitford. “Su padre, naturalmente, quería que se casara lo antes posible, pero no había ninguna princesa disponible que resultase indiscutiblemente adecuada (…) El rey se vio obligado a buscar nuera en Alemania. Tenía un tratado con el Elector de Baviera, cuya hija, la princesa Victoria, estaba en edad de casarse“.

Luis XIV envió a Alemania a su fiel consejero Colbert de Coissy para examinar a la novia. El cortesano informó que la princesa no era absolutamente horrible: tenía manchas en la cara, piel pálida, mirada inexpresiva, dentadura cariada y narigona. “El Delfín“, continúa Mitford, “cuanto más oía de lo gruesa de la púnta de la nariz, las manchas pardas y las manos rojas, más decidido se mostraba a casarse con la princesa Victoria“.

Al delfín le gustó mucho su prometida cuando la conoció, y puede decirse que fue uno de los pocos hombres de la Casa de Borbón que amó verdaderamente a su esposa, a pesar de que ella no tenía nada hermoso para mostrar. Finalmente, la boda con Victoria de Baviera se celebró en 1680 y, fiel a las costumbres cortesanas de ese siglo, abandonaron a sus hijos en manos de nodrizas, niñeras, preceptores y profesores, y solo los veían unos minutos por la mañana.

La Delfina, según Escribano,vivía en la más absoluta soldad dentro de la vida del palacio, donde se sentía desplazada debido a su intensa fealdad, en una corte donde se daba culto a la belleza”. “Su aislamiento se agudizaba aún más por su refinada educación y su cultura, aspectos poco frecuentes en el versallesco palacio francés. Esta situación le condujo a un prematuro estado depresivo, que ella misma trataba de cortar, recurriendo al consumo de fármacos hechos de plantas, fármacos que se habían puesto de moda en Europa“.

Además de sus placeres diarios, el heredero de Luis XIV tuvo importantes cargos políticos y militares. En la década de 1680, el rey lo invitó a intervenir en los asuntos políticos del reino como miembro del Consejo de Despachos y de Finanzas y en 1688 obtuvo el derecho de dar su opinión. Al mismo tiempo, aseguró sus primeras campañas militares de las que salió victorioso y admirado por sus tropas. Durante medio siglo, los franceses dieron por sentado que, a la muerte del brillante Rey Sol, serían gobernados por el Gran Delfín.

La muerte reina en Versalles

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Viudo en 1690, como su padre, Luis se casó en 1694 en secreto con su amante, Mademoiselle de Choin, más gorda y más fea que la fallecida Victoria, y a partir de entonces tuvo que dividir su vida con su nueva esposa, en el Castillo de Meudon, y su vida oficial en Versalles. “Madame de Coin debía amarle mucho, puesto que no obtuvo de su posición más ventaja que la de sentarse en un sillón en su presencia: ni un título consiguió. Pero a ella no le interesaban ni la política ni el esplendor cortesano, vestía pobremente y no tenía carroza propia. Cuando iba a París solía hacerlo en coche de alquiler.

Cuatro años antes de la muerte de su padre, Luis enfermó de viruela en Meudon en abril de 1711 y Luis XIV fue a despedirse en su agonía pese al riesgo de contagio. Murió de inmediato. “Siempre había sido un príncipe apagado y un hijo dócil”, escribe Georges Bordonove. “Aquel fin discreto y rápido era la imagen de su vida (…) Después de la partida del rey, el palacio de Meudon se vació como por arte de magia. El cadáver de Monseñor fue dejado a los empleados domésticos y a funcionarios de segundo rango sin órdenes precisas. Casi todos huyeron por miedo al contagio. Tuvieron que llamar a los Capuchinos para enterrar el cuerpo y un carpintero de la aldea fabricó el ataúd. Luego, Monseñor fue llevado a Saint Denis en una simple carroza“.

El hijo mayor del Gran Delfín, el duque de Borgoña, lo siguió a la tumba el año siguiente a causa de la viruela, dejando dos hijos, que también fallecerían pronto. La muerte de su viuda, la duquesa de Borgoña, ese mismo año, vistió de luto a Luis XIV, para quien la difunta era la alegría de su existencia. El Rey Sol pasó los últimos días de su vida atormentado por estar pérdidas y preocupado por el futuro de Francia: su nieto de dos años (el futuro Luis XV) era el único heredero que le quedaba. La epidemia no se había cobrado la vida de este huerfanito porque su niñera había tenido el atrevimiento de esconderlo.

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