Gran Bretaña

Hace 99 años murió Johnnie, el príncipe que la realeza británica quiso esconder

Del príncipe John de Inglaterra nunca se dijo nada. La “Circular de la Corte” se limitó a informar sobre su nacimiento y jamás se supo nada de él hasta que en 1919 se habló escuetamente sobre su muerte. La mayoría de las historias de Inglaterra sólo mencionan junto a su nombre los años 1905-1919, y cuando no lo ignoran por completo, las biografías sobre los miembros más relevantes de su familia le dedican apenas unas pocas líneas.

Casi no hay fotos que lo muestren junto a su familia y tampoco se lo vio jamás en algún evento público. Las pocas fotografías en las que aparece este niño, rubio y de rostro angelical, inocente, vivaz y alegre, fueron archivadas durante décadas, como si su familia tuviera vergüenza de su existencia.

Una familia sin amor

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Los otros cuatro hijos varones del matrimonio eran perezosos y con nulos intereses intelectuales, pero irónicamente, el príncipe John el más brillante y juguetón de la familia: Todos se portan bien, excepto John, dijo su padre. Los niños crecieron con un respeto tan reverencial a su padre que era imposible que hubiese entre ellos un sentimiento cálido y amistoso. “Mi padre le tenía miedo a su padre”, decía Jorge, “Yo le tenía miedo a mi padre, y me encargaré de que mis hijos me tengan miedo”.

Ferviente victoriano, el duque pensaba que los niños eran entrometidos y ruidosos y les imponía la misma disciplina reinante en la Marina. Como padres, Jorge V y María fueron incapaces de expresar sus sentimientos con besos o abrazos y la condesa de Airlie, amiga del matrimonio, intuye que “ellos nunca lograron hacer felices a sus hijos”.

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A los 4 años de edad el pequeño John tuvo un ataque epiléptico que marcó el comienzo de su tragedia. Pálido, neurasténico y extrañamente silencioso durante toda su infancia, Johnnie padeció una serie de ataques que aterrorizaron a sus padres y niñeras. En aquellos tiempos la epilepsia era considerada una enfermedad vergonzosa para las familias nobles, una señal de que había una deficiencia mental y una falla genética. Las convulsiones, además, se asociaban con trastornos mentales e incluso con posesiones satánicas y brujería.

Recluir al niño en uno de los siniestros psiquiátricos de la época habría sido una solución inaceptable dada su condición de príncipe pero, como era costumbre, se le apartó enseguida de sus hermanos. La madre de John era además una fiel seguidora de la filosofía de la propia reina Victoria de Inglaterra, para quien la muerte era la única excusa para no acudir a la cena. Como muchos de sus contemporáneos ignorantes de la medicina, pensaba que la enfermedad, salvo en la vejez, era “innecesaria y una pérdida de tiempo”.

El niño monstruo

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Aconsejados por médicos y cortesanos, Jorge y María pensaron que la mejor manera de lidiar con la situación era apartar a Johnnie de la vida pública y eventualmente de la esfera familiar. Aquel niño rubio y angelical fue enviado a la casa de campo de Wood Farm, cerca de Sandringham, donde vivió al cuidado de una cocinera, un cochero, un tutor y de una niñera-enfermera llamada Charlotte “Lalla” Bill, quien lo quiso mucho.

María visitaba a John con bastante frecuencia en Wood Farm, y aparte de ella, el único miembro de la familia se acordaba del niño era su abuela, la reina Alejandra (1845-1925). Según Donald Spotto: “Alejandra atendía alegre y afectuosamente a Juan, le traía juguetes, le leía y aliviaba las vigilas interminables de Lalla Bill. Atraída por el indefenso niño, que le parecía un proscrito más, la Reina Viuda -indiferente al lamentable estigma social que aún acompañaba a la epilepsia en la familia- prodigaba una atención constante y afectuosa a su nieto”.

Muy pocos de los que solían visitar a Jorge y María tuvieron oportunidad de ver al misterioso príncipe. A veces, alguien lograba verlo cuando miraba a través de una ventana o jugaba en el bosque. Los niños de los alrededores de Wood Farm comenzaron a llamarlo cruelmente “el niño monstruo” y solo una niña se convirtió en compañera de juegos del príncipe oculto. Winifried Thomas recordó años más tarde las muchas horas de juegos que compartieron juntos, como una tarde en que contemplaron en el cielo los primeros “Zeppelin”.

Ha muerto el animal

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En 1918, cuando sus padres celebraron sus Bodas de Plata, John estuvo ausente de la fotografía familiar tomada en el Palacio de Buckingham, pero a muy pocos les llamó la atención la ausencia. Corría el rumor de que el pequeño “Johnnie” se había vuelto “completamente estúpido”. Sus días transcurrieron entre juegos y feroces ataques de epilepsia hasta que le llegó la muerte a la edad de 14 años, el 18 de enero de 1919. Se encontraba acompañado únicamente por su inseparable niñera, Lalla Bill, y un enfermero. Sus padres fueron llamados pero llegaron tarde y no pudieron despedirse del niño.

“El pequeño Johnnie se veía muy pacífico…”, escribió María. Poco tiempo después, en una carta a una vieja amiga, la reina escribió: “Se fue sin lucha ni dolor, sólo paz para su espíritu atormentado. Para él fue un gran alivio. Su enfermedad empeoraba con la edad y así se ha ahorrado sufrimiento. No sabes qué agradecida estoy de que Dios se lo haya llevado de forma tan pacífica”.

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Johnnie fue enterrado secretamente en la iglesia de Sandringham y rápidamente fue olvidado excepto por aquellos que lo conocieron realmente como lo que fue al parecer fue: un niño alegre, tierno, desenvuelto, víctima de una enfermedad extraña y de una familia muy especial. Nadie lloró.

Según su biógrafo Philip Ziegler, el príncipe Eduardo (el mayor de la familia) casi no lo conocía y lo veía como “una molestia lamentable”. El príncipe de Gales le escribió a su madre una vergonzosa carta de condolencias en la que se limitaba a decir: “Nadie sabe mejor que tú lo poco que el pobre Johnnie significaba para mí. Apenas le conocía… Lo siento mucho por ti, queridísima madre, que eras su madre“. Más tarde, en brazos de su amante, el futuro rey suspiró: “Gracias a Dios, ha muerto el animal”.-

 

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