Rusia

Pablo I, el emperador loco de Rusia que tenía miedo hasta de su sombra

Pablo I, zar de Rusia entre 1796 y 1801, fue uno de los personajes más detestados de la dinastía Romanov. Joven prometedor, al principio, se ganó el odio de la nobleza y se gobernó de forma paranoica. Fue criado por una docena de viejas nodrizas y su tía, la emperatriz Isabel, prohibió que sus padres se acercaran a él. Esto nos lo relata el historiador Henry Troyat:

“Ante el menor ruido sospechoso, se sobresaltaba y corría a refugiarse tras un mueble, una cortina o en su cama. Para distraerlo, las sirvientas que lo cuidaban le contaban cuentos de hadas llenos de aventuras sobrenaturales. Gracias al contacto con ellas, Pablo se familiarizó con todas las supersticiones populares. Muy pronto supo todo acerca de diablos, gnomos, brujas y duendes. En todas partes veía presagios y amenazas”.

El zar Pablo veía a Isabel como una amenaza y creía que su corte ocultaba intenciones maléficas. Para añadir más dramatismo, odiaba a su madre. En 1762, Pedro III murió y Catalina II ascendió al poder. Para entonces, el heredero del trono estaba seguro de que su madre había mandado a matar a su padre para quedarse con todo el poder y a este tormento debió sumarse el rumor (fuerte rumor) de que sus padres, que se odiaban, jamás habían tenido intimidad y que, por tanto, él no era hijo de Pedro sino de alguno de los muchos amantes de Catalina.

Hasta en Francia se hablaba de “la dudosa filiación” del zarevich y esto lo volvía loco. Perseguido por estos fantasmas, el inteligente, erudito y experto Pablo demostró desde entonces, y cada vez con mayor intensidad, ser dueño de una doble personalidad. “Tiene una mente vivaz, pero hay en su cabeza un mecanismo que pende de un hilo. Si este hilo se rompe, ¡adiós a la razón y el sentido común!”, escribió uno de sus profesores.

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En 1796, al morir su madre Catalina II, Pablo se convirtió en el nuevo zar y celebró en la intimidad la partida de su madre. De repente los rusos eran gobernados por un hombre maniático e insoportable. El zar se levantaba a diario a las 5 de la mañana y obligaba por ley a todos sus súbditos a imitarlo a pesar de los inclementes inviernos rusos.

Preocupado por imponer a toda la sociedad ‘civilizada’ de Rusia la moda de su preferencia en cuanto a vestimenta”, relata Troyat, “Pablo publicó una serie de ordenanzas que describían el uso de peluca, coleta empolvada, tricornio, calzado con hebillas y prohibió en forma expresa las botas campana, los pantalones largos, los zapatos y medias adornados con nudos y cintas, así como los sombreros redondos”.

Además, impuso a sus súbditos la orden de apagar las luces a las 10 de la noche e irse a dormir y había castigos rigurosos para quienes no lo hicieran. En 1800 otro decreto prohibió al público de los teatros aplaudir antes que el zar y, aunque hiciera una temperatura de -40°, se prohibió en toda Rusia el uso de abrigos con pieles.

Un ejército de 200 emisarios fue lanzado a las calles de San Petersburgo con la orden imperial de encarcelar a quienes usaran abrigos o no calzaran los sombreros reglamentarios. Para entonces Pablo no confiaba ni en su esposa. “Nuestra existencia no es alegre, ya que nuestro querido señor no lo está y tiene en el alma un fondo de tristeza que lo corroe”, escribió la zarina María en marzo de 1801.

Con la vieja nobleza, parte del ejército y los nostálgicos de Catalina la Grande en su contra, vio cómo sus premoniciones sobre su asesinato comenzaban a cumplirse. En la noche del 11 de marzo de 1801, un grupo de ex funcionarios ingresó al Castillo Mijailovsky para ejecutar al zar.

Como Pablo tenía miedo de ser asesinado, como su padre, noche tras noche se encargaba de encerrar con llave a su esposa y luego encerrarse a sí mismo en su propia habitación accediendo mediante una escalera secreta y ocultando las llaves en un lugar aún más secreto. Pero no fue suficiente. Los conspiradores encontraron al zar oculto tras las cortinas, como cuando era niño, y como se resistió a firmar su abdicación, fue ejecutado en el instante. Curiosamente, el zar que tenía miedo de morir había intentado escapar hacia la alcoba de su esposa… pero no encontraba la llave.

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