Austria, Historias

Vigilada por su implacable suegra, la emperatriz “Sissi” de Austria no podía ni bañarse sola

Debido al complicado y anticuado protocolo de la corte de Viena, la emperatriz Isabel (“Sissi”) de Austria (1837-1898) no tenía un solo instante de intimidad. Desde el despertar hasta la noche, un total de 229 damas la acompañaban, seguían y asistían en todo momento y tenían el derecho de entrar a su alcoba sin anunciarse. Controlada noche y día por un interminable séquito de doncellas y lacayos, la emperatriz apenas tenía permiso para mirar por la ventana: no podía caminar sola por el interior del palacio, ni montar a caballo sin que una de sus damas camine a su lado.

Para colmos, desde el primer momento su suegra, la archiduquesa Sofía (1805-1872) fue el peor enemigo de los muchos que consiguió en la corte. La suegra, guardiana de la dignidad imperial, lo controlaba todo, dominaba todo y quería saber todo sobre su nuera. Acompañó a Sissi hasta su cama la noche de bodas y al otro día se cercioró de que la joven hubiera cumplido con su obligación marital. Día y noche, Sofía le ponía los puntos en cuanto a su conducta y, por lo general, se pasaba el tiempo
regañándola.

En su primera cena en el Palacio Imperial de Hofburg el comportamiento “tan inapropiado” de Sissi escandalizó a Sofía: pidió cerveza en lugar de vino, ante el asombro de todos los comensales, y después se quitó los guantes para tomar los cubiertos. Sofía la reprendió fuertemente: “Has escandalizado a todo el mundo comportándote como una lugareña bávara. Los guantes están prescritos por la etiqueta, la cerveza no es bebida para una emperatriz, por lo menos público. No es correcto reír para una emperatriz, debe limitarse a sonreír, tanto si se divierte como si se aburre”.

La casa de la emperatriz Isabel se componía, además de un secretario, de una camarera, dos doncellas, un mayordomo, un gentilhombre de entrada, cuatro lacayos, un criado y una sirvienta. Al frente de este pelotón se encontraba la camarera mayor, la condesa Sofía de Esterházy, una persona de suma confianza de la madre del emperador, que aceptó el encargo de controlar todos los pasos de la emperatriz.

Sissi se veía impedida para ir de compras por la ciudad o incluso hacer obras de caridad o mostrarse cariñosa con el emperador, todas reglas impuestas por una suegra. Las mujeres, pertenecientesa las familias más nobles del Imperio Austriaco, la bañaban, la vestían, la acostaban, la maquillaban, la alimentaban, y la mayoría de ellas la espiaba para pasarle información secretamente a la implacable suegra. Para horror de la archiduquesa, sin embargo, “Sissi” modernizó notablemente el sistema cortesano, pero le costó mucho. Cierto día, la noticia de que la emperatriz había decidido bañarse sola en una bañera fue un terremoto en la corte de Viena.

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