El rey que murió por culpa de la televisión

“¡Imaginen qué absurdo! ¡Tener que mandar tropas para abrir una escuela de mujeres!”, exclamó Faisal, rey de Arabia Saudita, absolutamente abrumado ante la imposibilidad de modernizar su país, enclavado en el desierto. Pero la orden de desplegar a las tropas para abrir una escuela femenina fue la victoria más trascendental de entre todas las batallas reñidas en otros sus ancestros. Con ella se dio un paso gigantesco en la campaña para sacar de la edad media a su opulento y soberbio, pero primitivo país, y hacerlo entrar en el mundo moderno.

Faisal fue un modernizador en una nación atada a costumbres antiquísimas y enraizadas fervientemente con su religión. Su padre, Abdulaziz, el rey fundador de Arabia Saudita, le confió importantes misiones y puestos de preponderancia en el reino, por lo que se convirtió en uno de los príncipes mejor preparados de la familia para reinar. Y eso es mucho decir, ya que su padre había tenido nada menos que 44 hijos varones y una cantidad mayor de mujeres.

Tiempo antes, tras la muerte de su hermanastro mayor Turki, y la designación de Saud como príncipe heredero, Faisal fue enviado por su padre a participar de la conferencia de Paz de 1919 en París. Para un adolescente que no conocía ni los ferrocarriles, ni jamás había visto un teléfono o una máquina de escribir, aquellos tres meses en Europa occidental dejaron una profunda huella en su carácter.

En 1964 la familia se rebeló contra el corrupto rey Saud, su hermanastro mayor, y le dio el poder a Faisal, aclamado rey por unanimidad. El nuevo monarca, tercero de su dinastía, prometió llevar a su primitivo reino al siglo XX, modernizándolo, fortaleciendo su economía con nuevas técnicas y otorgando mayores libertades sociales. Con notable esmero, se propuso atacar el problema de la educación, y durante todo su reinado se asignó la parte principal del presupuesto nacional a esta área. Durante un largo período, se abrió una escuela cada tres días.

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El analfabetismo, que se calculaba en tiempos de su padre en un 97% de la población, descendió a 75% en pocos años. Las mujeres sauditas se beneficiaron de manera especial: en un año los estudiantes varones aumentaron % 15, ¡pero las mujeres aumentaron en un % 62! Además de los cursos normales, las jóvenes sauditas aprendieron nutrición, puericultura e higiene, materias normalmente desconocidas para la mujer árabe.

Cabe destacar la prudencia del modernizador rey Faisal, que no se dejaba llevar por las modas, según destacó una vez su hijo, Bandar, en una entrevista en la que contó que el shah de Irán le escribió a Faisal: “Hermano, por favor, modernízate. Abre tu país. Establece escuelas mixtas para varones y mujeres. Deja que las mujeres lleven minifaldas. Abre discos. Sé moderno. En caso contrario, no puedo garantizar que quedes en tu trono”. Faisal le contestó amablemente: “Majestad, aprecio tu consejo. Pero recuerda que no eres el shah de Francia. No estás en el Elíseo. Estás en Irán. Tu población es 90% musulmana. Por favor, no lo olvides”.

En gran parte su tendencia a la modernización se atribuye a la extraordinaria mujer con quien Faisal contrajo matrimonio, la reina Iffat, una mujer turca, independiente, bien educada y viajera, que fue al mismo tiempo su compañera amorosa y su consejera de Faisal. Iffat, amada por Faisal durante tres décadas, es recordada como la única mujer de la dinastía Saud cuya existencia se reconoció oficialmente. Al resto de las princesas y esposas de reyes se les condena a un oscuro ostracismo.

Paralelamente al notable éxito que tenía como gobernante absolutista, Faisal tuvo un reinado difícil gracias a los amplios sectores de su familia que se negaban a modernizarse. Los simpatizantes del ex rey Saud continuaron conspirando, no para que regresara el viejo rey, sino para obtener su propio provecho en una época en que habían caído en desgracia tanto como el rey. El príncipe Talal -apodado “el príncipe liberal” y “príncipe negro”- era uno de sus mayores adversarios, y ansiaba mejorar su situación económica y, sobre todo, el trono.

Los programas reformistas del rey Faisal comenzaron a turbulencias sobre todo en lo concerniente a las normas musulmanas acerca de los “medios inocentes de recreación” o medios de comunicación. Tradicionalmente, las mujeres saudíes acataban las leyes de la purdah, pero los nuevos programas presentaban otras oportunidades. “Radio La Meca” incluía entonces un programa para mujeres presentado por una mujer saudita y también comenzó a emitirse un programa en inglés.

Los cines privados de las grandes ciudades y un servicio de alquiler de películas de Riad posibilitaron el contacto con otras culturas y otros valores; nuevas emisoras de TV salieron al aire en 1966, y la vida saudita comenzó a salir de la oscuridad… Pero los fanáticos de la familia real y los círculos religiosos estaban decididos a detener las reformas modernistas de Faisal, sobre todo las referentes a las nuevas emisoras de televisión.

Cuando en 1965 se iniciaron las transmisiones de prueba en la emisora de televisión de Riad, con la ayuda de técnicos de una de las grandes cadenas de Nueva York, los miembros del grupo se irritaron antelo que consideraban una “nueva blasfemia”, y decidieron protestar enérgica y violentamente; la policía fue autorizada por el rey Faisal a controlar con armas las manifestaciones y el joven príncipe Jalid bin Musaid falleció en medio de la confrontación. A partir de entonces, su hermano, llamado Faisal, consideró que el rey debía pagar “ojo por ojo”.

Según Faisal bin Musaid -quien años antes había recibido tratamiento por drogadicción y alcoholismo-, el rey debía morir de la misma forma que su hermano, y durante una década maquinó sus planes en el más absoluto secreto. El 25 de marzo de 1975, el príncipe atravesó las puertas del Palacio Real y, como príncipe de sangre real, aprovechó su derecho de mantener una audiencia con el rey cuando quisiera. Por respeto a su sangre azul, nadie lo requisó: el príncipe llevaba un arma.

Cuando el rey se acercó a abrazar a su sobrino, éste sacó una pistola de su túnica y disparó tres veces a quemarropa. La primera bala penetró en la barbilla del rey, la segunda le perforó un oído y la tercera rozó la frente. Luego el príncipe disparó tres veces más en dirección del ministro de Petróleo, el jeque Yamani, que estaba presente en el despacho real.

El rey Faisal aún estaba con vida cuando llegó al hospital en una ambulancia pero nadie puso salvarlo y murió una hora después. Le tocó morir como el sexto soberano de su familia muerto de forma violenta después de Abdallah I, decapitado en Constantinopla por los turcos en 1818, Abdulaziz I, Turki y Abdallah II, asesinados en 1802, 1832 y 1845, y Saud III, muerto en batalla en 1885. Faisal tenía una arteria desgarrada en el cuello, y ni la cirugía ni las transfusiones pudieron salvarlo.

Cuando se emitió el mensaje oficial de su muerte, hubo conmoción en toda Arabia Saudita y alarma en Occidente por la estabilidad del principal proveedor de petróleo del mundo. Los príncipes y religiosos no tardaron sino apenas unas horas en proclamar rey al príncipe Jalid y todos los varones de la dinastía, ministros y militares le rindieron pleitesía mientras el cuerpo de Faisal era preparado para ser enterrado cuanto antes en el desierto.

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Todavía en período de luto, la dinastía interrogó al príncipe Faisal, el asesino. Los príncipes desearon asegurarse de que el rey no hubiera sido víctima de una conspiración, y, en consecuencia, las autoridades de seguridad e inteligencia, con ayuda de la CIA, iniciaron una investigación. El primer anuncio describió a Faisal bin Musaid como “víctima de un trastorno mental”. Pocos días después el rey Jalid dijo en una entrevista que el atentado había sido el “acto aislado de una persona desquiciada, sin planificación extranjera”.

El príncipe asesino se mostró nervioso durante las primeras semanas de interrogatorios. No le mencionaron la muerte del rey, y sus interrogadores dejaban la impresión de que el rey aún estaba con vida, reponiéndose de sus heridas. Las preguntas sólo le sonsacaron una confesión, el desprecio por todo lo que representaba su tío, incluida la fe islámica, y también la implacable resolución de matarlo. Unas semanas después le mostraron una filmación del funeral y, al verla, quedó totalmente sereno y en paz consigo mismo, según los testigos.

Las autoridades estaban convencidas de que el príncipe había cometido el asesinato deliberadamente y con pleno uso de sus facultades. En consecuencia, Faisal bin Musaid, nieto del rey fundador del reino, fue decapitado públicamente en Riad el 18 de junio, ochenta y cinco días después del regicidio, y ante una multitud de veinte mil personas. El rey Faisal fue nombrado “Hombre del Año” por la revista TIME aquel mismo años y se lo recuerda como uno de los más respetados líderes mundiales de los años 60 y 70.

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