El Papa-niño Benedicto IX: ¡el demonio se sienta en el Trono de San Pedro!

En el año 1032, gracias a la corrupción de la Curia romana, un adolescente de doce años de edad, llamado Teofilacto de Túsculum, se convirtió en el papa más joven de la Historia, y probablemente el más odiado. Ungido como Benedicto IX, llegó a ser calificado como un libertino, hechicero, mujeriego, asesino, instigador de todo tipo de complots y enfrentamientos.

Acusado de adorar al diablo y de cometer todos los pecados posibles durante su vida, también ostenta el record de haber sido coronado tres veces como papa. Víctima de tiempos revueltos, se ha dicho de Benedicto IX que fue “un demonio disfrazado de Papa” y, en palabras de Pedro Damiano, un santo de aquella época, “Benedicto fue un desventurado desde el inicio de su pontificado, regado con vino y sangre a partes iguales, hasta el final de su existencia, regocijándose en la inmoralidad”.

La Iglesia de entonces era presa de la simonía más descarnada: Benedicto IX era sobrino de Benedicto VIII y de Juan XIX, el papa más depravado de la época, lo que obligó al joven Teofilacto a huir de Roma para salvar su vida, y no regresar hasta la muerte de su tío. Su bisabuelo fue Juan XI, aquel a quien se apodó “el Fornicario”, mientras que su tatarabuela fue la infame Marozia, la prostituta que hizo y deshizo a su antojo la historia papal durante décadas.

Tenía apenas once años de edad cuando fue elegido gracias a los cuantiosos sobornos que pagó su padre, el conde Alberico III, y según monseñor Louis Duchesne, no era más que un “completo golfillo…, que todavía tardaría mucho en convertirse en activamente agresivo”.

Fue un espectáculo insólito: el niño que aún no había alcanzado la pubertad pero era el supremo dirigente de la Iglesia Católica y celebraba la misa mayor, dispensaba beneficios eclesiásticos, nombraba obispos y excomulgaba herejes. Las aventuras de Su Santidad con las jóvenes que vivían en Roma demostraron que el niño-papa alcanzó la pubertad bastante temprano.

A los catorce años, escribe un cronista, había superado en desenfreno y extravagancia a todos los que le habían precedido. En su tercer libro de «Diálogos», el papa Víctor III escribió que la vida Benedicto IX “fue tan vil, tan sucia, tan execrable, que me estremezco al pensar en ello”. Según sus contemporáneos, el Santo Padre “cometió homicidios y adulterios en pleno día; hizo robar a peregrinos en las catacumbas de los mártires”. San Pedro Damiano, agudo juez del pecado, definió al papa niño como “un demonio, salido del infierno sentado en la silla de San Pedro”.

En 1044, un capitán romano, Gerardo di Sasso, lo expulsó de Roma para poner en su lugar al Obispo de Sabina, quien sería llamado Silvestre III. Sin embargo, un año después, Benedicto IX y su corte lograron expulsar a Silvestre, consiguiendo gracias a innumerables sobornos su reeleción como papa para reinar durante solo un mes. Abdicó al Solio de San Pedro para vender su puesto por 1.500 libras de oro al arcipreste Juan de Graciano, quien quedó como papa Gregorio VI.

Tras varios intentos por recuperar la triple corona papal, Benedicto IX volvió a Roma y fue aceptado por el clero y el pueblo para evitar la guerra dentro de la ciudad. Fue elegido como pontífice por tercera vez el 8 de noviembre de 1048, pero su elección fue rechazada por los Crescencios, enemigos históricos de los condes de Túsculum. Solo tras el Sínodo de Roma de 1046, el emperador Conrado II logró imponer cierto orden -¡al fin!- en una Iglesia con tres cabezas reinantes: Benedicto IX, el más díscolo de los tres, fue obligado a encerrarse en un monasterio hasta el final de sus días.

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