Historias

La coronación de Bokassa I: esplendor y canibalismo en la corte de un tirano

Su majestad Bokassa I, emperador de Centroáfrica, mariscal de Centroáfrica, apóstol de la Paz y servidor de Cristo Dios“. Tal era el título que se autoconfirió el dictador Jean-Bédel Bokassa cuando decidió convertirse en emperador. Ocurrió el 4 de diciembre de 1977, hace apenas 40 años: miles de centroafricanos se lanzaron a las calles atónitos para ver lo que sus ojos no podían creer: este militar, proveniente de una tribu de caníbales, se colocaba una corona de laureles al estilo de Napoleón y exigía la sumisión de todo su imperio.

Bokassa logró la popularidad internacional por dos razones: por su crueldad y por sus extravagancias. Prueba de su crueldad es el trato infligido a quienes se interponían en su camino, opositores que con frecuencia conocieron la tortura y la muerte. Huérfano de padre y madre a los seis años, Bokassa fue educado por su abuelo y por misioneros franceses. A los 18 años se enroló en el Ejército francés y en 1944 participó en el desembarco aliado en la Provenza. Tras combatir en Indochina y después una discreta carrera militar se retiró, en 1961, con el grado de capitán.

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A lo largo de su vida, Bokassa tuvo numerosas amantes y esposas, porque buscó por lo menos una mujer hermosa de cada país del planeta, y se mostró decepcionado por no poder ‘adquirir’ una de la Unión Soviética. Entre sus muchas mujeres había una bailarina de ballet rumana que lo abandonó al descubrir que no sería designada emperatriz. Sediento de venganza, el emperador condenó a muerte a “La Rumana” y a tres policías del palacio acusándolos por haber sido hallados en posesión de fotos pornográficas de su mujer, con la que mantenían relaciones ilícitas.

Desde su casamiento, la principal esposa -y la favorita- fue Catherine, a quien coronaría emperatriz. Tras la autoproclamación, ella vivió en el palacio principal mientras las demás se alojaban en residencias cercanas. Bokassa era terriblemente celoso y vigilaba constantemente, incluso con micrófonos, a Catherine, quien le dio seis hijos. No podía estar ningún empleado a solas con la emperatriz. Sofocada por semejante acoso, Catherine recién se sentía a sus anchas en las temporadas navideñas que pasaba en Francia, en el castillo de Haudricourt, palacio del siglo XVIII comprado por Bokassa y redecorado a todo lujo. Bokassa tuvo 54 hijos, la mayoría de los cuales murió en la indigencia.

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Su primo David Dacko, flamante presidente de la República Centroafricana lo reclamó a su lado para que le organice el Ejército. En 1965, al sofocar un intento de golpe de Estado, Bokassa descubrió el sabor implacable del poder decidió destituir a su primo. Tras una primera fase revolucionaria en la que decretó “la abolición de la burguesía” y fundó un partido único obligatorio llamado Movimiento para la Evolución Social del África Negra, Bokassa se alió con Francia y se convirtió pronto en un aliado incómodo para el “hermano” presidente Valéry Giscard d’Estaing.

Pero a Bokassa no le alcanzaba con ser el todopoderoso presidente vitalicio de la República Centroafricana. Fue entonces cuando trazó un paralelismo histórico con su mayor ídolo, Napoleón Bonaparte, y decidió imitarlo y convertirse en emperador. El propio emperador se encargó de todos los detalles: el nombramiento de su hijo como delfín, su corona y la de su principal esposa, la “emperatriz” Catherine, las bandas militares, los medios de comunicación…

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Bokassa pidió a su “hermano” el papa Pablo VI que oficiara la ceremonia (para emular la coronación del emperador francés en París) a lo que el Vaticano se negó. De todos modos, cambió el nombre a la catedral de Bangui po ‘Notre Dame’, pero como el sitio le parecía demasiado pequeño para la ceremonia optó por un estadio que “disfrazó” de palacio imperial.

Los trajes que lucieron Bokassa y su decimoquinta esposa fueron confeccionados por un descendiente de los bordadores que vistieron a Napoleón en 1804, que engarzaron 800.000 perlas en el traje del emperador y un millón de perlas de oro en el de la emperatriz. Ocho caballos blancos, llevados desde Normandía, tiraban de las carrozas que transportaron a la pareja imperial hasta el falso Palacio, donde un trono en forma de águila imperial bañado en oro esperaba al emperador.

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Delegaciones de muchos países -incluida España- asistieron a esta extravagante fiesta, aunque ninguno apoyó a Bokassa como lo hizo Francia: este país envió cascos de metal para la flamante guardia imperial, toneladas de comida, vino, fuegos artificiales y 60 Mercedes-Benz para transportar a la familia imperial y a los invitados más distinguidos. Expertos en protocolo y etiqueta llevados de París controlaron al milímetro el ritual, cuyas ideas Bokassa había sacado también del jubileo de Isabel II y de la coronación del shah de Irán, así como de la película “Napoleón”, de Sacha Guitry.

Una de las muchas aberraciones que rodearon la vida de este emperador se conoció gracias al ministro de Cooperación francés, Robert Galley, a quien Bokassa, en un suntuoso banquete estatal, le confesó: “No se han dado cuenta, pero acaban de comer carne humana”. Sí, el Emperador era un caníbal que comía la carne de sus víctimas. Según testigos, los frigoríficos del palacio imperial estaban atestados de restos de niños que habían sido asfixiados y o torturados hasta la muerte en las mazmorras de Ngragba.

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Los libros de historia cuentan que al emperador le gustaba comerse a sus esposas y opositores. Después de la caída del régimen, el cocinero personal del exemperador confesó que le obligaron a hacer comida elaborada con carne humana bajo amenaza de muerte en caso de que se negara. En otra ocasión Bokassa ordenó ejecutar a uno de sus ministros para preparar el almuerzo para el resto de los miembros del gobierno. El cocinero también dijo que en los viajes privados al extranjero, el dictador se alimentaba con chorizo y jamón elaborados con las mismas ‘materias primas’.

Cuando estuvo cansado de comerse a sus adversarios, empezó a matar a personas de diferentes profesiones. Así es como “se comió al único matemático del país”, como escribió entonces el diario ruso “Izvestia”. En otras ocasiones, el emperador no se comió a sus opositores pero los dejó pudrirse en pozos o los entregaba como alimento a los cocodrilos.

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El reinado no tuvo paz. El comienzo fue casi ideal: en el país se establecieron excelentes carreteras y se construyeron la universidad y varios estadios. Pero el emperador usó los recursos mineros del país para hacer su fortuna, especialmente con el negocio de diamantes, mientras quedó atascado el nivel de vida de sus 3,4 millones de súbditos. Respaldado por Francia, que tenía enormes intereses en la industria centroafricana del uranio, los atropellos y violaciones de los derechos humanos cometidos por Bokassa alienaron a sus benefactores de París.

Los excesos del emperador: apaleaba a los ladrones ante las cámaras de televisión, fue acusado de practicar el canibalismo y Amnistía Internacional denunció una matanza de escolares en Bangui: 100 niños fueron asesinados al protestar contra los uniformes que estaban obligados a comprar en una fábrica del mandatario. Además, Bokassa participó presuntamente en la matanza ocurrida en la prisión Ngaragba de Bangui, y esas informaciones despertaron la indignación y condena internacional.

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Era el 21 de septiembre de 1979 el reinado de diamantes y sangre llegó a su fin. La venganza de Bokassa fue inmediata y fulminante: el derrocado emperador dio una entrevista al semanario francés “Le Canard Enchaîné” en el que reveló la cantidad los diamantes que había regalado a la desagradecida familia Giscard y desató una tormenta política que terminó con el fin de la presidencia de su “hermano” Valéry en mayo de 1980.

Los siete años siguientes Bokassa los pasó exiliado en Francia y Costa de Marfil. Se alojó en una lujosa villa con 15 de sus hijos en las afueras de París, donde era propietario de cuatro castillos, un hotel, una villa y un avión. En 1986, Bokassa regresó a Bangui como si nada hubiera sucedido.

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Las multitudes no lo esperaban para coronarlo de nuevo, tal y como él creía, sino para sentarle en el banquillo de los acusados. Fue juzgado por genocidio y canibalismo y condenado a muerte, aunque fue indultado gracias a que la mayor parte de los jueces había sido miembro de su gobierno. El único emperador centroafricano salió de la cárcel en 1993 y murió en 1996, enfermo del corazón, de los riñones y de varios ataques cerebrales. Antes de su muerte, Bokassa se declaró a sí mismo el decimotercer apóstol de Cristo.

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