Gran Bretaña

Enrique VIII y su quinta esposa: ¡Hasta que la decapitación nos separe!

Ser esposa de Enrique VIII, rey de Inglaterra, significaba vivir al límite: nunca se sabía cuándo al rey se le ocurriría enamorarse de otra mujer y repudiar o incluso cortarle la cabeza a su esposa. Catalina Howard fue una de ellas. Perseguido por los miedos de perder el trono o, peor aún, que su único hijo, enfermizo y débil, fuera el último de su dinastía, el rey se enamoró de esta joven aristócrata a quien llamaba “mi rosa sin espinas”.

El rey estaba tan enamorado, que el embajador francés informó que ninguna de sus anteriores esposas “había hecho que Enrique gastara tanto en trajes y joyas como ella hizo”. El 28 de julio de 1540, Enrique VIII le juró amor y fidelidad eternos a Catalina. El viejo y obeso monarca, quera treinta años mayor que su esposa, pesaba 130 kilos y apenas podía caminar por las úlceras de sus piernas, llenó a su esposa de joyas y otros regalos extremadamente caros, pero estaba encandilado hasta el punto de no ver lo que toda la corte vio: que su reina le fue infiel desde el primer día de su matrimonio.

El 2 de noviembre de 1541, mientras Enrique rezaba en la capilla real, su viejo amigo, el arzobispo de Canterbury, en representación de los demás miembros del Consejo Privado del rey, se dispuso a revelarle los más turbios secretos de la vida privada de la reina. Pero ni siquiera el arzobispo se atrevía a decírselo a la cara al enamorado Enrique, por lo que enumeró los muchos pecados de su reina en una carta y se la entregó en el transcurso de la ceremonia.

“Tuya, por el resto de nuestras vidas”

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Catalina Howard (1523-1542) fue la quinta esposa de Enrique VIII.

Las acusaciones no eran infundadas. Antes de casarse, Catalina había mantenido relaciones con su profesor de música, Henry Manox, y ella misma advirtió luego que, “al no ser sino una chica joven le permití que me manoseara”. Además, se decía que se había casado en secreto con un tal Francis Dereham, su secretario y amigo de la infancia, que la llamaba “esposa” y al que ella le correspondía apodándolo “esposo”. En una carta descubierta por los cortesanos, Catalina confesaba cómo “mediante muchos convencimientos me atrajo a su vicioso propósito y obtuvo, primero, yacer sobre mi cama con su jubón y calzas, y después dentro de la cama y finalmente yació conmigo desnudo”.

La acusación aseguraba que, ya siendo reina, Catalina Mantenía una fogosa relación con uno de los caballeros del rey, Thomas Culpeper. El destino de Catalina Howard quedó sellado con una carta que escribió a Ciulpeper en la que le decía: “Mi corazón se marchita al pensar que no puedo estar siempre contigo”. Firmaba la carta con un “Tuya, por el resto de nuestras vidas”. Enrique VIII quedó devastado.

Acusados de ocultar información a la Corona, todos los miembros de la familia Howard fueron enviados a la Torre de Londres mientras la reina era puesta bajo vigilancia en la abadía de Middlesex. Culpeper fue decapitado, y otro amante de Catalina fue colgado, cortado en canal mientras aún respiraba, destripado y castrado, antes de que sus restos fueran finalmente enterrados. En enero de 1542, el Parlamento declaró traición y merecedor de una pena de muerte el que una mujer que no hubiera sido casta se casara con el rey sin revelarle su pasado (una ley hecha a medida de Catalina).

La adúltera fue desposeía del título de reina y acusada de llevar “una vida abominable, ruin, carnal, voluptuosa y viciosa” antes de su matrimonio, “con varias personas, como si fuera una vulgar prostituta… manteniendo, no obstante, una apariencia externa de castidad y honestidad”. Por un momento pareció que la reina iba a volverse loca, pero recuperó la compostura y, en su celda de la Torre, pasó varias horas ensayando cómo colocar su cabeza en el cepo. El 13 de febrero de 1542, en el cadalso, confesó a viva voz: “¡Muero como una reina pero querría morir como la mujer de Culpeper!”.

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