Historias

Sin reino ni corona, el último Rey de Egipto murió de un atracón en Roma

La azarosa vida de Farouk I, último rey de Egipto (1920-1965) es sobradamente conocida: nació para reinar, sufrió la soledad en su infancia y al crecer se dedicó más a sus grandes placeres (las mujeres, la velocidad, el dinero y la comida) que a reinar. En 1952, tras dar un golpe, el general Nasser, lo invitó a dejar las coronas de Egipto, Sudán, Nubia, Kordofán y Darfur en manos de su pequeño hijo y abandonar el país en el plazo de seis horas. Al atardecer del 26 de julio de 1952 el yate del soberano -el «Marhugsa»-, en el que se encontraban Farouk, la reina Narriman y sus hijas, zarpó de Alejandría con rumbo a Italia mientras su único hijo varón, de apenas meses de vida, “reinaba” desde su cuna.

El yate de Farouk atracó en la isla italiana de Caprí desde donde el ex soberano egipcio se estableció primero en Grottaferrata, a pocos kilómetros de la capital, y luego en Roma. La reina, cansada del maltrato del que era víctima, abandonó a su esposo para casarse con un doctor mientras el exrey se consoló en la compañía de una bella cantante de ópera napolitana, Irma Capece Minutolo, de la dueña de una peluquería romana, y esencialmente de las bailarinas de los cabarets romanos.

Al llegar los años ‘60, el último rey de Egipto no era ni la sombra de lo que había sido en su época de mayor popularidad, cuando era un rey joven, atlético y modernizador. Los vecinos romanos no llamaban “Majestad” al rey Farouk, ni se quitaban el sombrero ante él. Todos sabían que había sido el rey de la corte más esplendorosa del Medio Oriente, pero ahora para ellos era simplemente “Ruk”, un vecino más, y los paparazzi no le prestaban su atención.

La muerte le llegó mientras disfrutaba uno de sus más grandes placeres: comer.

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El 18 de marzo de 1965 Farouk llegó antes de la medianoche al restaurante “Ile de France”, en la Vía Aurelia de Roma, para caer muerto sobre su mesa ante el estupor de los demás comensales. Farouk era entonces un hombre enorme, gordo, avejentado y calvo. En apenas unos minutos, comió una docena de ostras crudas salpicadas de salsa Tabasco, tarta de langosta, cordero asado, papas asadas, vino, dos naranjas, una mandarina, un café, dos botellas de agua y una Coca Cola. Tras fumar un puro, el fabuloso Faruk, que pesaba casi 140 kilos, cayó muerto. Una ambulancia de la Cruz Roja llegó al lugar para tratar de reanimar al rey en vano.

Al hacerle la autopsia, se descubrió que el rey tenía en su bolsillo dos billetes de 1.000 dólares y una pistola. El que había sido el monarca más deslumbrante y derrochador del mundo yacía ahora muerto sobre el suelo de un restaurante y, después, en la helada morgue de un hospital público. Al momento de su muerte, el antiguo rey no tenía palacios de mármol a orillas del Nilo, sino que habitaba en un modesto departamento de Roma donde no atesoraba muchas cosas de valor aparte de dinero y recuerdos. Entre los más valiosos, una pistola que llevaba siempre consigo, un reloj de oro, un ejemplar del Corán y 97.000 liras italianas.

La popularidad que gozaba en Roma, donde era fácil verle en locales nocturnos o en la famosa Vía Véneto de la «Dolce vita», hizo que su muerte fuera el tema de conversación entre los romanos, que lo reconocían por sus gafas negras y su puro, acompañado por su guardia personal y muchas veces por la hermosa Irma. En su antiguo reino, donde había vivido esplendorosamente, los egipcios reaccionaron con melancolía. La dictadura egipcia solo se pronunció sobre la muerte del antiguo rey para rogar “que Dios pueda perdonarlo”.

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