Miguel de Rumania no quiso ver a su padre en su lecho de muerte, según las memorias de Elena Lupescu

El rey Carol II de Rumania murió repentinamente el 4 de abril de 1953 en su residencia de Estoril en Portugal. En sus “Memorias”, su tercera esposa, Elena ‘Magda’ Lupescu, describe cómo fue el último día en la vida del antiguo soberano, y la negativa de su hijo, el rey Miguel I, de visitarlo en su lecho de muerte: “Miguel no quiso ver a su padre por última vez”. Los que conocieron al último rey de Rumania aseguran que este fue el gran error de su vida y que jamás pudo superarlo.

Carol II y Elena Lupescu se casaron en el exilio, el 3 de julio de 1947. Hacía 7 años que Carol II se había visto obligado a abdicar al trono rumano, después de aliar al país con la Alemania nazi, y pocos meses antes de que Miguel I, el último rey, fuera derrocado por los comunistas. “Habíamos vivido felizmente en Estoril“, escribe Lupescu, “Todavía bastante vigoroso, Carol tenía 59 años, y yo tenía 54. Era un hogar feliz, pero a veces la muerte llega de repente, inesperadamente. Él había estado débil durante mucho tiempo, estábamos preocupados con la sospecha de que podría ser un cáncer (…).

Recibimos visitantes, Carol salía, miraba películas, cenaba junto al mar, escuchaba música, escribía, revisaba la correspondencia (…). El 4 de abril de 1953 volvimos de la ciudad, donde almorzamos. Carol, como siempre, comió cangrejos y mariscos. Escuché música y de repente escuché un grito de dolor. Vi a Carol acuclillarse en un sillón, sosteniendo su pecho izquierdo con su brazo. No sabía qué hacer (…).

Cuando el médico llegó, el dolor en el pecho y el brazo izquierdo había pasado“, continúa el relato de la señora Lupescu. ‘Pero estoy temblando’, le dijo Carol al doctor. Mientras el doctor hablaba conmigo, escuché un grito de dolor otra vez. Carol había entregado su espíritu. Estaba tumbado en el sillón, con los ojos bien abiertos, sus maravillosos ojos azules, ahora sin el resplandor de su vida. El doctor intentó devolverlo a la vida mientras yo estaba desesperada. Inesperadamente, Carol me dejó sola. Recuerdo arrodillarme junto a su cuerpo aún caliente y pensé que era mentira“.

“¿Quién soy yo sin Carol?”, prosigue Lupescu. “Simplemente Elena Lupescu, una mujer cuyo pasado y presente están enterrados junto al rey hombre que amaba más allá de las fronteras humanas. ¿Quién soy yo sin él? Una simple mujer desafortunada, que ha tensado su vida y ha enfurecido a Rumania. Mi novio, mi amor infinito, ¿donde estás para protegerme?”

carol ii

La familia real rumana estaba absolutamente dividida. Carol II no hablaba desde hacía muchos años con su hermano, el príncipe Nicolás, porque había contraído matrimonio sin su consentimiento. El funeral del ex rey reunió a varias familias reales europeas -la mayoría de ellas en el exilio- pero el gobierno rumano no envió a ningún representante. El hijo del primer matrimonio de Carol, Mircea Carol Lambrino, intentó presentarse en el funeral pero fue expulsado por los cortesanos.

Desde la caída de la monarquía, Carol II y el rey Miguel apenas habían mantenido contacto. Según Lupescu, en el exilio el joven rey se había sometido a la influencia de su madre, la princesa Helena de Grecia, quien lo alejó de su padre. Padre e hijo intercambiaban tarjetas en Navidad, pero Carol II nunca fue invitado a conocer a sus nietas. En 1953, cuando se le informó que un ataque al corazón había hecho perder el conocimiento a su padre y que no sobreviviría, el rey Miguel no quiso ir a verlo.

El historiador Jean Des Cars, especialista en las dinastías europeas, afirma que “uno de los más graves errores” en la vida del rey Miguel fue no haberse despedido de su padre. Tenía muchos motivos. El niño había sido abandonado por su padre y después secuestrado por este, que lo separó durante años de su madre. El padre le “robó” la niñez al hijo al catapultarlo al trono a los 6 años de edad y, más tarde, arrebató el trono. Finalmente, lo abandonó a su suerte en plena Segunda Guerra Mundial.

Miguel sabía que en el entierro de su padre se hallaría presente, encabezando el duelo por el lado femenino, Magda, la viuda“, escribe Des Cars, “que gracias a un tardío matrimonio había llegado a ser, también ella, princesa de Hohenzollern. ¡Y esto Miguel no podía decentemente tolerarlo! La sola idea de que él, un auténtico Hohenzollern, debería acompañar a otro rey de Rumania hasya su última morada en compañía de la hija del bohunero Wolf-Lupescu, debió resultarle insoportable…”

Por último, la señora Lupescu tenía razón al afirmar que la madre de Miguel influenciaba para separar al rey exiliado de su padre. Según el historiador Des Cars, la reina madre Helena no se opuso a que su hijo asistiera a los funerales de su padre pero le hizo saber firmemente que, si viajaba a Portugal a despedirse de Carol, ella no volvería a verlo jamás.

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