#ROMA

Los súbditos romanos tenían miedo de ser invitados a comer por el emperador

Al comienzo, el más pequeño derramamiento de sangre le producía un horror, hasta el punto de que pensó en prohibir que se inmolaran bueyes en las ceremonias religiosas”. Así de pacífico se mostraba el emperador romano Domiciano (51-96 d.C.) en su juventud, antes de suceder en el trono de Roma a su padre Vespasiano y a su hermano mayor, Tito.

El historiador romano Suetonio, que recoge la anécdota, también cuenta que en los inicios de su reinado Domiciano se ganó fama de soberano justiciero, tolerante e íntegro, preocupado por la moral pública, pronto a castigar cualquier tipo de infracción de la ley. Pero el reinado pronto viró hacia un régimen despótico y sanguinario.

Al igual que Calígula, Domiciano fue presa de una enfermiza obsesión por las conspiraciones en su contra y, a fin de prevenir motines que le costaran el trono, prohibió que se juntaran dos legiones en un campamento y aumentó la paga de los soldados que debían protegerlo. Cualquier crítica, la más lejana sospecha de animadversión hacia su persona era suficiente para que Domiciano ordenara eliminar al atrevido.

Sin escrúpulos, el césar no dudó en hacer matar al historiador Hermógenes de Tarso criticarlo en un libro de historia, “e incluso crucificó a los copistas que la habían transcrito”, según Suetonio. Se contaba que para obligar a que los detenidos denunciaran a sus cómplices aplicó “un nuevo tipo de tortura, consistente en quemarles sus partes, llegando incluso a amputar las manos a algunos”.

Cada vez más angustiado hizo revestir de reluciente fengita [una variedad de mineral de silicio con un color plateado y un brillo nacarado] las paredes de los pórticos por los que acostumbraba a pasear para poder observar, mediante las imágenes reflejadas en su brillante superficie, lo que sucedía a sus espaldas”.

Según el mismo historiador, Domiciano “era extraordinariamente inclinado a los placeres lascivos (…). Se entretenía, según se afirma, en depilar por sí mismo a sus concubinas, y se bañaba con las prostitutas más viles”. “En sus horas de ocio jugaba a los dados, haciéndolo también los días de fiesta y desde la mañana. Se bañaba al amanecer, y comía abundantemente en su primera comida; de suerte que por la de la tarde no tomaba, ordinariamente, más que una manzana macia y bebía una botella de vino añejo”.

El historiador cuenta, además, que Domiciano “daba banquetes con frecuencia, y eran espléndidos, pero breves; nunca los prolongaba más allá de la puesta del sol, y en vez de hacer luego la colación de la noche, paseaba solo, hasta que llegaba la hora de su segundo sueño, en retirado paraje…”.

El escritor Dion Casio narra esta asombrosa anécdota sobre él:Domiciano tenía un gran salón todo pintado de negro (…) Por las noches los criados hacían pasar a los invitados a esta sala. Junto a cada uno de ellos se levantaba una lápida con el nombre del invitado. Entonces, hacían entrada hermosos jóvenes y hermosas doncellas desnudos con el cuerpo pintado de negro.

A continuación, traían la comida y la bebida para celebrar el llamado ‘banquete de los muertos’, todo servido en vajilla negra. Los invitados temían ser ejecutados en cualquier momento. El salón permanecía en completo silencio y oscuridad y la única voz que se oía era la de Domiciano, que iba relatando cómo iba a matarlos a todos. Finalmente, los dejaba ir. Una vez en sus casas, el emperador enviaba uno de los bailarines con la lápida, que era de plata maciza como presente al aterrorizado invitado. El bailarín o bailarina también formaban parte del regalo”. Sin dudas, Domiciano era el peor anfitrión de toda Roma.

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