Europa, Historias

Los suecos no salen de su asombro: su reina parece hombre

A la medianoche del 8 de diciembre de 1626, la reina María Leonor de Suecia entró en labor de parto en el palacio real de Estocolmo. La esposa del rey Gustavo II dio a luz a una niña, una criatura tan “grande, fea y velluda” que las comadronas creyeron que era un varón. “Confío que esta niña me valdrá como un varón”, dijo su padre, encantado de la niña, a la que bautizó Cristina y que sería su sucesora como Reina de Suecia. Cristina escribió en sus Memorias:

La reina, mi madre, me ha asegurado que los magos la llevaron a engaño y la persuadieron de que en mi parto daría a luz a un varón; tuvo sueños que creyó misteriosos, y el rey también los tuvo. Los astrólogos, siempre dispuestos a alabar a los príncipes, le aseguraron que estaba embarazada de un heredero; así siguieron los halagos, se mantuvieron las esperanzas, hasta que llegó el desengaño (…)

Nací peinada desde la cabeza hasta las rodillas, no teniendo libre más que la cara, los brazos y las piernas. Era toda peluda. Tenía la voz grave y fuerte. Todo eso les hizo creer a las mujeres que me recibían que yo era un varón. Llenaron el palacio con sus errados gritos de alegría, que durante un tiempo engañaron al mismo rey. El deseo y la esperanza se aliaron para embaucarlos a todos y las mujeres se hallaron en un serio aprieto al ver que se habían equivocado. Apuradas, no sabían cómo decirle la verdad al rey”.

UN GUAPO Y VARONIL MUCHACHO

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La mayoría de quienes conocieron a Cristina de Suecia coinciden en que la reina era físicamente un rey, un hombre en todos los aspectos. Así la describía, años más tarde, el padre jesuita Manderscheydt: “Es chica de cuerpo, tiene la frente muy abierta, los ojos grandes y bellos de todo punto amables, la nariz aguda, la boca pequeña y hermosa; no tiene nada de mujer sino el sexo. Su voz parece de hombre, como también el gesto (…) a no verla muy de cerca, se dijera ser un caballero (…) Trae un sombrerito entonces y un jubón a la española, y por sólo su pollera se echa de ver que es mujer”.

En 1654 un contemporáneo de Cristina escribió sobre ella: Tenía sólo el sexo de una mujer pero su actitud, sus gestos, incluso su voz, eran total y enteramente masculinos. Otros príncipes que la conocieron coincidieron con los testimonios anteriores, como el duque de Guisa, que comentó: “Tiene la voz y la actitud de un hombre”. Una prima del rey de Francia, la duquesa de Montpensier, que frecuentó a Cristina durante su viaje a París, la describe como “un guapo y muy varonil muchacho”.

Poco delicada y más amante de las armas que del maquillaje, Cristina prestaba muy poca atención a su apariencia física y a su higiene, no le interesaba usar vestidos bonitos y tampoco le gustaban las joyas. “No se parecía en nada a una mujer”, informó el escritor Françoise de Moteville. “Ni siquiera tenía la modestia necesaria. Se hacía servir por los hombres en las horas más insólitas y pretendía ser hombre en todas sus acciones”.

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Según la historiadora Cristina Morató, la reina sueca “vestía como un muchacho y aborrecía la compañía de las damas de la corte, que tenían orden de espiarla y vigilar todos sus pasos. Ya entonces prefería el trato y la conversación con hombres. Solía burlarse en público de las ocupaciones y pasatiempos femeninos y guardaba cierto odio hacia las labores de aguja (…) Los testigos de su época la describen como una sabionda de aspecto desaliñado, poco aseada y mal vestida. (…) Al parecer podía cabalgar durante diez horas seguidas a caballo sin fatigarse cuando participaba en una cacería, o tumbar de un solo tiro a una liebre a la carrera.

“Podía dormir en cualquier sitio, incluso bajo las estrellas, y le encantaba la vida campestre. Ni el frío más gélido ni el calor más sofocante parecían molestarla. A la reina le gustaba la comida sencilla, dormía apenas cinco horas al día y no demostraba el más mínimo interés por su aspecto físico (…). No se preocupaba de su cutis y siempre llevaba la cara expuesta a la lluvia y al viento, sin una pizca de maquillaje. Si a esto añadimos que se reía de manera estruendosa, que silbaba y blasfemaba como un soldado raso, es comprensible el desconcierto que provocaba. Cuando pasaba a galope, libre e intrépida, con sombrero de hombre y jubón, los cabellos al viento y el rostro bronceado, sus súbditos no sabían muy bien si tenían un rey o una reina”.

 


Esta historia forma parte de “Secretos Cortesanos”, una selección de 100 historias de amores, escándalos y frivolidades de la realeza.

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