Isabel de Rusia: los caprichos de una emperatriz coqueta y fiestera

Apodada “la Obscena”, a causa de su muy inapropiado vocabulario, o “la glotona”, la zarina Isabel de Rusia (1709-1762) llegó al poder el 25 de noviembre de 1741, luego de organizar un golpe de Estado que derrocó a su sobrino, el zar Iván VI.

Perezosa y artística, y al mismo tiempo caprichosa y vengativa, la hija de Pedro el Grande dirigió con mano de hierro todos los aspectos de la vida rusa, especialmente aquellos en los que se sentía más identificaba.

Amante de la moda y los peinados, ella misma firmaba ucases (decretos) que determinaban la clase de vestidos que se podían usar y los que no, y la manera correcta de exhibir las joyas en los bailes y otras fiestas que organizaba hasta el amanecer. Dos veces por semana organizaba mascaradas en palacio, en las que participaba disfrazaba de cosaco, de mosquetero de Luis XIII o de marino holandés.

Henry Troyat relata algunas manías de la caprichosa zarina:

Un día de invierno de 1747 ordena que todas las damas de la corte se afeiten la cabeza y les envía pelucas negras mal peinadas, con la orden de usarlas hasta que vuelvan a crecerles los cabellos. Obedientes a la voluntad imperial, jóvenes y viejas sacrifican sus respectivas cabelleras. En las habitaciones donde los peluqueros ejecutan la esquila hay un concierto de gemidos.

“No se impone la misma obligación a las damas de la ciudad, pero por lo menos se les prohíbe aparecer en los salones sin las mismas pelucas negras, aplicadas sobre los cabellos naturales. Este peinado de dos pisos les confiere un aire ‘aún más desarreglado a las damas de la Corte’.

“El motivo de la nueva reglamentación capilar es el siguiente: como la emperatriz no pudo quitarse el polvo de sus cabellos, decidió oscurecerlos; pero después no pudo quitarse la tintura, y por lo tanto tuvo que afeitarse la cabeza. ¿Cómo es posible que en estas condiciones acepte verse rodeada de mujeres de arrogante cabellera? No, los buenos súbditos tienen que imitar en todo a su soberana”.

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La corte se llenó de fiestas y bailes en los palacios imperiales a los que acudían hasta 1.500 invitados. Isabel trabajaba lo menos posible, prefiriendo las fiestas hasta las seis de la mañana. Sus fiestas favoritas se llamaban “Metamorfosis”, donde los hombres debían vestir como mujeres y viceversa.

Las señoras irán vestidas con trajes de caballero, y los caballeros llevarán trajes de señora, lo que tengan, vestidos con falda y todo, caftanes o batas de casa”, impuso Isabel. La emperatriz tenía el raro gusto del travestismo: en aquellas fiestas (y en otras ocasiones, más íntimas) se vestía de marinero holandés y pedía que la llamasen “Mikhailova”.

Su sobrina política, la futura Catalina II, escribió al respecto: “En uno de esos bailes, me tomé la libertad de decirle que para nosotras, las pobres mujeres, era una gran suerte que ella no fuese un hombre de verdad, porque, vestida como iba entonces, hasta su retrato hubiera sido suficiente para hacernos perder la cabeza. Respondiéndome en la forma más graciosa del mundo que si ella fuese un hombre sería a mí a quien concedería la palma”.

Las principales víctimas de la fiestera Isabel eran los ministros y cortesanos, porque la emperatriz dormía hasta mediodía y mandaba llamar a los demás en plena noche para reuniones de trabajo. “Nadie sabía a qué hora se dignaría cenar”, recordó Catalina; “A menudo sucedía que los cortesanos que habían estado esperando a jugar a las cartas hasta las dos de la madrugada y se habían ido a dormir muertos de cansancio, eran despertados para asistir a la cena de Su Majestad”. Si estaban demasiado adormilados para poder hablar, era muy probable que se llevaran una imperial bofetada.

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