Gran Bretaña

La extraña familia de Jorge III y Carlota: peleas, aburrimiento y princesas solteronas en el trono inglés

Al iniciar de su reinado en 1760, Jorge III (1738-1820) fue bien recibido por los súbditos ingleses por ser el primer rey hannoveriano que nació en Gran Bretaña, alto y guapo, afable y sencillo. Un año más tarde, el rey contrajo matrimonio con el amor de su vida, la princesa Carlota de Mecklembrg-Strelitz. Aunque apenas se conocieron en el día de su boda, el matrimonio fue realmente feliz: Jorge nunca tuvo una amante y convirtió a Carlota en la reina más prolífica de Inglaterra: ¡16 hijos!

Carlota, joven algo bonita -no mucho-, sensible y ávida lectora, pasó los primeros veinte años su reinado embarazada, lo cual le resultaba extenuante: “No creo que un prisionero pueda desear más ardientemente por su libertad que yo al desear librarme de mi obligación y ver el final de mi campaña. Sería feliz si supiera que es la última vez”, confesó en 1780 respecto a sus embarazos.

Jorge III quiso ofrecer a su numerosa prole un ambiente hogareño cariñoso, como el que él nunca tuvo en su infancia. Su abuelo, el rey Jorge II, y su padre, el príncipe Federico, simplemente se odiaban. Jorge II llamó a su hijo una “bestia” y la reina Carolina maldijo la hora de su nacimiento, declarando que era un “monstruo” y que esperaba el momento en que “cayera muerto”. Sus deseos se cumplieron cuando Federico murió de neumonía en 1751: “He perdido a mi hijo mayor”, comentó fríamente Jorge II, “pero me alegro de ello“.

Con semejante historia familiar, es comprensible que el hijo y heredero de Federico tratara de ser un hombre muy diferente a sus ancestros cuando fue coronado. Había sido un niño tímido, criado por su madre lejos de la corte real para que no atestiguara las odiosas peleas que existían entre su padre y su abuelo. Fue su tutor, el conde de Bute, quien le inculcó nuevas ideas sobre la monarquía y el deber, y el futuro Jorge III se tomó estas lecciones muy en serio. Su primera tarea sería crear un nuevo tipo de familia real, que cumpliera con altos estándares de dignidad, virtud y trabajo.

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Carlota fue muy cuidadosa en su preocupación por el bienestar y la educación de sus hijos, pero era mucho más estricta y menos cariñosa que Jorge. Ambos compartieron el dolor por terrible pérdida de varios de sus hijos cuando todavía eran niños. Su hijo de dos años, el príncipe Alfredo, murió en 1782, mientras el príncipe Octavio, murió a los cuatro años después de una inoculación de viruela. Finalmente, la muerte de su hija menor, Amelia, a los 21 años, aceleró la caída final de Jorge III en la locura. Tiempo atrás, los monarcas habían contemplado con espanto los rumores que indicaban que Amelia había sido violada y embarazada por uno de sus hermanos, el siniestro príncipe Ernesto.

Jorge III y Carlota se alejaron de los fastos cortesanos y fundaron su familia en el campo. Un amigo de la familia dijo una vez: Nunca vi a niños más adorables, ni tuve una visión tan agradable como la adoración que el rey sentía por ellas“. Sin embargo, los problemas estarían por llegar y en 1812, una nieta de la pareja, la princesa Isabel, escribió que sus abuelos habían fundado una familia muy particular: “Ninguna familia se compuso de gente tan extraña. Creo que han ocurrido cosas tan extraordinarias, que en cualquier otra familia, pública o privada no se habían visto antes“.

En una época en la que el ambiente cortesano se asemejaba a la del pequeño feudo familiar en Alemania, todo era rígido, severo y austero, por lo que la conducta del príncipe de Gales, el mayor de los hijos de Jorge III, desencajaba. Al príncipe se lo llamó “el primer caballero de Europa”, por su caballerosidad, su extravagancia y el derroche con el que protegía a los “dandis” que formaban su corte. A Jorge III le molestaba especialmente la vida disipada que mantenía el príncipe, quien se negó a casarse cuando se le impuso, bebía demasiado, pasaba las noches de juega y era una apasionado mujeriego.

La relación de Jorge III con su hijo Guillermo, duque de Clarence y futuro Guillermo IV, también fue un desastre. El monarca le reprochaba sus aventuras sexuales con señoritas de toda condición social y la relación con la madre, la reina Carlota, no fue buena tampoco. En honor a la verdad, la relación fue malísima: “Solo deseaba que la maldita perra vomitara su alma hacia las alturas”, confesó Guillermo. “En ese caso, todos habríamos tenido un poco de paz en la casa”.

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Mientras los hijos varones de Jorge III y Carlota se transformaron en personajes bohemios, rebeldes y desagradable, y escapaban de la restricción doméstica, las princesas quedaron atrapadas en palacio sufriendo abatimiento y frustración. En palabras de una sobrina, las princesas pasaron la treintena convertidas en “un grupo de viejas doncellas”.

Según la historiadora Antonia Fraser, la vida en la corte era muy seria y formal. Cuando el rey entraba en una sala, sus hijas tenían que levantarse, mantenerse en silencio hasta que se dirigiese a ellas y no podían salir sin autorización. Las princesas tuvieron que ser testigos de los violentos ataques de locura que consumían la vida de su padre.

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La reina Carlota, en tanto, procuró criarlas de la forma más sencilla posible: las princesas usaban vestidos hechos en el campo al ser más baratos y debieron aprender a remendarlos. También fueron educadas como amas de casa y la mayor parte del tiempo estaban al servicio de sus propios padres. Los reyes se mostraban molestos (a veces, furiosos) cuando aparecía algún pretendiente y hacían todo lo posible por evitar que las hijas se fueran de casa.

Las hijas tuvieron que esperar hasta que su padre estuviera completamente loco para obtener la libertad. Una de ellas, habiendo pasado los treinta años, se tuvo que conformar con casarse con el gordo y desagradable duque de Wurttemberg. Otra, la princesa María, llegó al altar a los 40 años, mientras que la princesa Elizabeth se casó a los 47 años, cuando todos habían perdido las esperanzas de que conociera a un hombre. Constantemente vigiladas, las princesas afirmaban que habían vivido en un verdadero convento: “Estamos como hemos estado durante los últimos 20 años de nuestras vidas“, escribió Isabel en 1806, “como siempre, ya sabes… vegetando“.

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