Rusia

La decepción de Catalina la Grande en su luna de miel: ¡su esposo prefiere jugar con soldaditos!

Sophie de Anhalt-Zerbst (1729-1796) era una simple y bonita princesa alemana que pasó a la historia como Catalina “la Grande”, emperatriz de Rusia. En 1745 la emperatriz rusa Isabel, solterona y sin hijos, la eligió como esposa de su sobrino y heredero, el gran duque Pedro, que no estaba en absoluto interesado en la bella elegida.

Ese mismo año, la princesa emprendió el largo viaje a San Petersburgo, aprendió a hablar ruso en tiempo récord y utilizando métodos que le fueron muy efectivos, como caminar descalza en las noches frías mientras practicaba la pronunciación. Además, comenzó a usar vestimentas rusas, se interesó en las costumbres de este pueblo y se convirtió a la fe ortodoxa, adoptando de inmediato el nombre de Catalina Alexeievna. Sin embargo, pese al esfuerzo que la joven puso para encajar en la corte, en la misma noche de bodas descubrió que su esposo no era lo que esperaba.

LA LARGA ESPERA

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El esperado casamiento se celebró el 21 de agosto de 1745 ante la mirada complacida de la emperatriz Isabel. Más de un centenar de carruajes formaron el cortejo nupcial y ocho caballos blancos tiraban del que llevaba a Isabel y a los novios, que apenas se miraron durante el viaje.

Tras una extensa boda religiosa, un suntuoso banquete y un elegante baile, llegó el momento en que la novia debía esperar a su esposo en su habitación, vestida con un camisón de seda, y poner el broche de oro a la unión. Catalina se acostó en la cama matrimonial y esperó una hora, dos horas, tres horas… Mientras Catalina contaba los minutos para su esperado encuentro, el flamante esposo, estaba de juerga con sus lacayos.

Con su camisón rosado, encargado en París, espera el choque, el atropello, el desgarramiento, la revelación. Su mirada no se aparta de la puerta por la cual debe entrar ese ser temible e inevitable: el marido. Pero pasa el tiempo y la puerta continúa cerrada. Al cabo de dos horas, se inquieta. ‘¿Habrá que levantarse?’, escribe. ‘¿Tendré que permanecer acostada? Nada sé’. Hacia medianoche, la señora Krouse, la nueva criada, viene a buscarla ‘muy alegre’ y le anuncia que el gran duque ordenó que le sirvieran de comer. Mientras ella cuenta los minutos, él está de francachela con sus lacayos favoritos”. [Henry Troyat, Catalina la Grande]

Más tarde, el gran duque llegará tras haber comido y bebido sin cuento, le dirá unas frases insípidas y se dormirá… ¿Sería una borrachera accidental? No; cada noche el futuro rey se acostaba oliendo a vino y sin hacer caso de su esposa”. [Fernando Díaz-Plaja, La emperatriz de todas las Rusias]

Lo mismo sucedió la noche siguiente, y la siguiente, y así durante años, hasta que Pedro se mudó a su propia habitación. “Desde que tiene derecho a acercársele, Pedro evita todas las ocasiones de estar solo con ella”, dice Henry Troyat. “¿Quizás Catalina lo intimida? ¿Le parece fea? La joven no entiende”. “Estaba muy dispuesta a amar a mi reciente esposo, y para lograrlo le hubiese bastado un poco de amabilidad”, escribió Catalina en sus Memorias.

SOLDADITOS DE PLOMO EN LA CAMA

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En los únicos encuentros íntimos que tenía con Catalina, Pedro solo se limitaba a hablar sin parar: “A menudo me hastiaban mucho sus visitas de varias horas”, escribió la abandonada esposa, “e incluso me fatigaban, muy jamás se sentaba y había que acompañarlo en su paseo por la habitación… Marchaba de prisa y daba grande zancadas, y era muy dificultoso seguirlo y además entender sus explicaciones de los minuciosos detalles militares, un tema que le interesaba mucho, y que una vez iniciado no abandonaba (…) Jamás hubo dos espíritus menos semejantes que los nuestros”.

A los dieciocho años, el gran duque seguía mostrándose insensible a los impulsos carnales y prefería divertirse jugando con soldaditos de madera, cañones en miniatura y modelos de fortalezas. La señora Krouse era la encargada de proveerle estos juguetes en el más absoluto secreto. Durante el día, estos juguetes estaban escondidos bajo la cama, pero después de la cena, cuando la pareja se acostaba, la señora Krouse cerraba la puerta del dormitorio y comenzaba la diversión. Acostado junto a Catalina, a Pedro le brillaban los ojos cuando llegaba la hora de jugar y a veces estos jugos se prolongaban hasta las dos de la mañana.

Con frecuencia me reía”, escribió Catalina, “pero era aún más frecuente que me sintiese fatigada e incluso molesta: todo el lecho terminaba cubierto y desbordaba muñecos y juguetes a veces bastante pesados”. Por otro lado, toda la corte tenía conocimiento de que el gran duque padecía de fimosis, lo que le dificultaba mantener relaciones, pero él se negaba a someterse a la operación porque tenía miedo.

Era tal la vergüenza con la cual lo abrumaba su desgracia”, escribió un diplomático francés, “que ni siquiera tuvo valor para revelarlo, y la princesa, que ahora recibía con repugnancia las caricias de su marido, y que en ese momento no tenía más experiencias que él, no trató de consolarlo ni de inducirlo a buscar los medios que lo devolviesen a sus brazos”.

EL IMPERIO NECESITA UN HEREDERO

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SERGEI SALTIKOFF

La emperatriz Isabel empezó a creer que la esterilidad de sus sobrinos era una afrenta personal y comenzó a culpar exclusivamente a Catalina por la falta de hijos: “Decía que yo era la causa de que mi matrimonio aún no se haya consumado”, escribe Catalina. “Decía que si yo no amaba al gran duque, no era suya la culpa, que ella no me había casado contra mi voluntad, que sabía muy bien que yo quería a otro y mil horrores de los cuales ya he olvidado la mitad”.

Hastiado de que todo el mundo ridiculizara su incapacidad, Pedro se unió al juego de su tía y acusó a Catalina de ser ella la incapaz de tener hijos. Además, para fingir masculinidad, comenzó a presumir de sus aventuras sexuales con otras jóvenes. “Casi podía decirse que hacía la corte a todas las mujeres. Sólo la suya no merecía sus atenciones”, ironizaba la gran duquesa.

Los rusos perdieron las esperanzas de ver nacer un heredero hasta que, cierto día, Catalina recibió la discreta visita del canciller Bestucheff para informarle que el gobierno había decidido que, puesto que su marido “no servía”, era estrictamente necesario que ella tuviera un amante que le diera el hijo que necesitaba. Catalina se indignó y amenazó con comunicar eso a gran duque. “¿A quién se lamentará, Su Alteza?”, le preguntó el canciller. “¿Ante aquel que me ha enviado?”

En efecto, todo parece indicar que Pedro había tomado la decisión de que Catalina tuviera un amante porque no estaba en lo más mínimo interesado en pasar un momento de pasión con ella. Se le informó a Catalina que todos en la corte, incluida la emperatriz Isabel, conocían el romance que mantenía desde 1752 con el conde Sergei Saltikoff (1726-1765), un hombre casado y descendiente de una de las familias más antiguas del imperio, quien trabajaba como chambelán de Pedro.

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CATALINA II “LA GRANDE”

Catalina lo amó como una adolescente: “Era hermoso como el día, y sin duda nadie podía comparársele en la gran corte y menos aún en la nuestra. No carecía de ingenio ni de ese sesgo de conocimientos, de modales y actitudes que confiere el gran mundo, pero sobre todo la corte. Tenía veintiséis años; en general, por su cuna y otras cualidades, era un caballero…”. A Catalina se le informó, además, que a nadie le molestaría que tuviera un hijo con Sergei, siempre que se recurriera a la más absoluta discreción. La emperatriz Isabel un poco lamentaba tomar esa decisión, ya que por las venas de su heredero no correría ni una gota de sangre Romanov, pero al menos el trono no será ocupado por una familia rival.

Con la bendición de la emperatriz, esa misma noche el atractivo Saltikoff, se acercó hasta las habitaciones de la gran duquesa y nueve meses más tarde, en 1754, nació el gran duque Pablo. Tanto se notó el enamoramiento de Catalina por Saltikoff, que el canciller resolvió desterrarlo bajo la excusa de una misión diplomática. Cuando Catalina imploró por el retorno de Sergei, el canciller le respondió que podía buscarse otro y desde entonces una legión de atractivos jóvenes, en su mayoría militares o funcionarios, comenzaron a desfilar por la cama imperial y formaron parte de un verdadero “harén” imperial. Allí nació la leyenda de Catalina, la Venus de Rusia.


Esta historia forma parte de “Secretos Cortesanos”, una selección de 100 historias de amores, escándalos y frivolidades de la realeza.

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Creador y autor de Secretos Cortesanos. En Twitter y en Instagram soy @dariosilvad.