Francia

La tragedia de Gabrielle d’Estrées, una muerta vestida de novia

A principios de 1599, el rey Enrique IV de Francia ya llevaba diez años en el trono y no tenía ni reina ni herederos. Tenía, eso sí, una atractiva novia llamada Gabrielle d’Estrées, a la que adoraba, cubría de regalos, besos cartas románticas y poemas. La consentía en todo, al punto de prometerle la corona. La joven ya le había dado tres hijos al monarca más galante de Francia y sus deseos más profundos estaban por cumplirse. Ese año el rey le regaló un bellísimo anillo de compromiso y la joven compró de inmediato su vestido de bodas. ¡Sería reina! Pero la joven no tenía muchos amigos, y se puede decir que, en la corte francesa, solo el rey la quería.

Desde que Gabrielle conoció a Enrique IV, deseó ser más que la “favorita” o la “ramera” del rey: se atrevió a influenciar en las decisiones más importantes de gobierno. El pueblo la llamaba “Cleopatra” y la acusaba de tener hechizado y dominado a su César. Mientras el rey la hacía destinataria de una multitud de posesiones, riquezas y joyas, Gabrielle se veía a sí misma como la reina legítima, cosa que los franceses nunca le perdonaron. “No existen más que Dios y la muerte del rey para impedirme ser la Reina de Francia”, exclamó cuando el rey le colocó la sortija en el dedo.

El borbónico Enrique IV era rey de Navarra gracias a la herencia de su madre, Juana de Albret. La corona de Francia le correspondió gracias a la Ley Sálica, que prohibía el ascenso de las mujeres al trono. Se casó con la princesa Margarita de Valois, la hermosa hija de Enrique II y hermana de los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Fue tras el asesinato de este último cuando Enrique de Navarra pasó a ser rey de Francia, pero su credo contrario al catolocismo (el calvinismo) llevó a Francia a un conflicto armado que se alargó durante años. Tras haber abjurado del protestantismo, para, de este modo, terminar con una larga guerra civil, Enrique fue coronado en la catedral de Chartres como rey de Francia.

Cuando ascendió al trono, Enrique IV ya estaba separado de “Margot”, harto de sus infidelidades. Su mujer era famosa por su belleza, su apetito sexual, su cultura y su capacidad para sobrevivir a mil y una intrigas cortesanas. Su madre, Catalina de Médicis, pensó que la mejor solución para mantener controlada a su sensual hija era organizarle un matrimonio en 1572. El elegido fue Enrique de Borbón. Según la maquiavélica Catalina, el pretendiente hugonote (protestante) era ideal para encontrar la paz entre protestantes y católicos en Francia. Margot, por supuesto, no se sintió feliz con ese matrimonio forzoso, y, no haciendo asco a la poca higiene corporal y mal aliento del novio, dio rienda suelta a su lujuria.

En 1589, Enrique IV comenzó a reinar en solitario, separado de su mujer, y unos años más tarde, conoció a Gabrielle d’Estrées. La chica pertenecía a una familia noble cuyas mujeres se habían ganado una muy mala fama. Su abuela presumía de haberse acostado, sucesivamente, con el rey Francisco I, el emperador alemán Carlos V y el papa Clemente VI. Por su parte, la madre se atrevió a abandonar el hogar y a sus hijos para entregarse a los brazos de un amante que moriría poco después de forma violenta. La rumorología acusaba a la madre de haber iniciado a sus siete hijas en la lujuria y comercializar con ellas, quienes empezaron a ser conocidas como “los siete pecados capitales”.

Gabrielle se divertía frente a las técnicas de conquista de Enrique IV. Ante la negativa a sucumbir a sus deseos, el rey presionó a la familia de la joven, que la instó a aceptar su nuevo papel de amante del rey. El monarca nombró al padre de Gabrielle, Antoine d’Estrées, como miembro de su consejo privado y así se aseguró de que la joven pasara a formar parte de la corte, agasajándola con fiestas y bailes en su honor.

enrique

Para mantenerla cerca suyo pero a la vez guardar las apariencias, Enrique IV organizó el matrimonio de Gabrielle con el viejo noble Nicolas d’Amerval de Liancourt, barón de Benais. El aristócrata aceptó con gusto el papel de “cornudo oficial” de la corte francesa pero bajo la condición de no tocar jamás a su esposa y, a cambio, recibiría una dote de 50.000 escudos y un importante puesto cortesano. El noble, que estaba monetariamente arruinado, aceptó con gusto. Aunque el honor de tocar a Gabrielle correspondería única y exclusivamente al rey, la sombra de Bellegarde siempre pesó sobre Enrique IV y Gabrielle nunca lo olvidaría.

Gabrielle inició una carrera meteórica como favorita sólo comparable con Diana de Poitiers en lo que a propiedades y bienes recibidos se refiere, pero nunca logró tener el respeto (ni popular, ni cortesano) que había alcanzado medio siglo antes la amante de Enrique II. Los franceses la bautizaron “la duquesa de la basura” porque Gabrielle vivía con grandes lujos a costa del dinero público mientras Francia apenas sobrevivía después de varias décadas de guerras. Su enamorado la cubría de flores y cartas de amor, como aquella en la que le decía: “Buen día, mi corazón. Ven mañana temprano, porque ya me parece que hace un año que no te veo. Beso un millón de veces las hermosas manos de ángel y la boca de mi adorada amante…”.

Terminado el largo conflicto dinástico y religioso, Enrique IV se encontró ante la necesidad de afianzar su posición y la de su propia dinastía en Francia. Para ello necesitaba una esposa y herederos legítimos. Margot, alejada del rey desde hacía más de 10 años, estaba demasiado entretenida con sus propias aventuras sexuales como para no dejarse repudiar por el rey. Le comunicó a su marido, sin embargo, que estaría dispuesta a aceptar la nulidad del matrimonio con la condición de que Enrique IV se casara con una mujer digna de ser reina: una princesa europea, católica piadosa, de comprobada sangre real, una virgen sin pasado sentimental y una vida sin mancha alguna. En la lista, por supuesto, no había lugar para Gabrielle d’Estrees, a quien Margot calificó abiertamente como “una fulana de mala vida”.

El papel de Gabrielle en la corte era indiscutible: era una reina y se había encargado de revestir de lujo y esplendor a un ambiente plagado por la guerra y sus recuerdos. Enrique IV puso a su disposición los aposentos de la reina en el Palacio del Louvre y Gabrielle tuvo derecho a la ceremonia diaria por la cual, al levantarse, las más grandes damas de la nobleza francesa le alcanzaba sus ropas y la ayudaban a arreglarse. Mientras tanto, los grandes organismos del Estado le rendían honores casi reales y el Parlamento le enviaba delegaciones como a una soberana. Además, Gabrielle era la madre de los únicos hijos del rey e influenciaba sobre aquel con consejos prudentes, lo que despertaba los celos y la ira de los consejeros oficiales del monarca. De repente, se empezó a acusar a la “reina” Gabrielle de debilitar al valiente rey guerrero distrayéndolo con los placeres de la carne.

En febrero de 1599 el rey dio grandes muestras de alegría al anunciar públicamente, ante la corte, la decisión de casarse con ella, ante el estupor de la reina Margot, de los nobles y hasta del Papa. Pero mientras el pontífice ponía trabas, la reina Margarita se dejó convencer: aceptaría la anulación del matrimonio a cambio de una residencia en París, un papel oficial en la corte, el pago de todas sus deudas y el título de reina. Además de su decadencia y sus vicios, Margot todavía conservaba en su sangre la ambición y la dignidad de los Médicis, y no estaba dispuesta a ser remplazada por una niña promovida a duquesa gracias a sus servicios sexuales. Las bodas se programaron para el 18 de abril de 1599, Domingo de Pascuas, en la iglesia de Saint-Quasimodo. Gabrielle estaba embarazada y absolutamente embargada por la felicidad: ¡Sería reina!

En la Semana Santa el rey invitó a Gabrielle a ausentarse por unos días de la corte mientras aumentaban los preparativos para una gran ceremonia nupcial. Contra su voluntad y dominada por un ataque de pánico, Gabrielle se despidió de su amado sin saber que aquella sería la despedida definitiva: un adivino le había anticipado que nunca se casaría por segunda vez, que moriría sola y que jamás sería reina de Francia. El 7 de abril de 1599, después de leer las últimas dos cartas de amor que el rey le había enviado, Gabrielle comenzó a sentirse mal y se sospechó que había sido envenenada. Los dolores fueron en aumento y se convirtieron en una agonía durante la cual Gabrielle abortó al hijo que esperaba.

Los franceses no lloraron su muerte, pero una gran multitud de curiosos se acercó al Hotel de Sourdis donde eran velados sus restos, ataviados con el vestido de novia, de color púrpura, que nunca pudo utilizar en vida, y un velo blanco. Los franceses contemplaron con estupor que la bella favorita real había perdido toda su belleza. Estaba irreconocible. La joven muerta tuvo funerales de reina y Enrique IV asistió a ellos vestido de negro, a la usanza española, pero no se atrevió a sepultarla en el panteón real. Los nobles, embajadores y cortesanos rindieron sus respetos como si la fallecida fuera la reina de Francia y expresaron sus profundas condolencias al rey.

Durante una semana, las cortinas de los palacios reales se cerraron y se cubrieron de púrpura. Al pie del féretro dos heraldos de armas y un numeroso grupo de religiosos recitaba oraciones. A la hora de las comidas, como si se tratara de un banquete nupcial, se tenía una mesa a la cabecera del féretro; mayordomos y oficiales del servicio servían la comida y la bebida ante una mesa perfectamente decorada con flores y la mejor vajilla. La “casi reina” Gabrielle fue sepultada en la abadía de Monceaux.

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Creador y autor de Secretos Cortesanos. En Twitter y en Instagram soy @dariosilvad.