Europa

El príncipe belga que gobernó en la guerra y murió casi en la pobreza

El príncipe Carlos de Bélgica, conde de Flandes (1903-1983) fue un testigo excepcional del momento más convulso de la historia belga del siglo XX, entre la invasión alemana de 1940 hasta la forzada abdicación de su hermano, Leopoldo III, en 1951. Leopoldo, el cuarto Bey de los belgas, capituló ante el Ejército alemán apenas ingresó al país. A diferencia de lo que hicieron otros monarcas europeos, Leopoldo creyó que su deber quedarse en su país, entre sus soldados y su pueblo, lo que le valió ser catalogado como colaborador del nazismo.

La rendición despertó un furor verdaderamente histérico entre los políticos y ciudadanos belgas. Aunque para algunos ciudadanos el rey prisionero se convirtió en el símbolo de todas sus esperanzas, muchos se dejaron llevar en su indignación hasta calificar de “Rey Felón” a Leopoldo III, afirmando que, desde el extranjero, podía ser más útil. Al contrario de Leopoldo III, el príncipe Carlos tuvo la valentía de escapar y enredarse en la resistencia belga.

LA CUESTION ROYALE

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Carlos nació en 1904 y era hijo de un matrimonio muy particular. Su padre, Alberto I, fue apodado “el Rey Caballero” a causa de su valerosa actitud durante la Primera Guerra Mundial. Su madre, Isabel de Baviera, provenía de la casa de los Witteslbach, famosos por sus excentricidades, pariente del “Rey Loco” Luis II de Baviera, y de la emperatriz “Sissi” de Austria. La reina llenaba su casa de artistas, pintores, músicos y dedicaba días enteros a tocar el violín, y legó esta faceta artística a Carlos, su hijo favorito. El príncipe nunca se casó, se dedicó al arte y la música, y rara vez se interesó en su juventud por los asuntos dinásticos.

Al retirarse de Bélgica en 1944, los nazis se llevaron consigo al rey, a su esposa Lilian y a sus pequeños hijos y los confinaron en el castillo de Hirschtein. Tras el final de la guerra, gran parte de la población belga se opuso al retorno del rey. Ante la ausencia de un rey, el príncipe Carlos fue nombrado regente y los grandes debates y enfrentamientos sobre el futuro de la Corona dominaron el período de regencia. Carlos debió hacer frente a los graves problemas de un país víctima de las grandes destrucciones provocadas por la guerra y la ocupación nazi y con los nervios a flor de piel por la llamada “Cuestion Royale”.

Huelgas generales, manifestaciones y violentos incidentes callejeros sucedieron las principales ciudades belgas. Las bombas de humo, piedras y sirenas eran una muestra constante del enojo de los belgas hacia el rey “colaboracionista”. Leopoldo III, con el permiso del parlamento, regresó a Bélgica en 1950 y un periódico profetizó lo peor: “Se ha cometido un crimen contra Bélgica”. Ante el riesgo del estallido de una guerra civil entre leopoldistas y antileopoldistas, puso fin a la inquietante “Cuestion Royale” abdicando al trono en favor de su hijo, el joven rey Balduino. Era el 21 de julio de 1951.

GANARSE LA VIDA COMO ARTISTA

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Al terminar su regencia, y como alguien escribió, sin que “nadie le diera las gracias por haber salvado la monarquía”, el príncipe Carlos volvió a la vida privada, alejándose totalmente de la familia real. “Con ello terminaba, como se ha dicho, el período Coburgo, y se iniciaba el período Wittlesbach”. El antiguo regente se convirtió en “Karl Van Vlanderen” (Carol de Flandes), de profesión pintor, título que el regente declaró en ocasiones que era el más querido de su corazón. “Empecé a pintar a los cincuenta años por una sugerencia de mi madre”, afirmó Carlos. Isabel, melómana empedernida, pintora y también escultura, a quien alguien bautizó conel nombre de “la Reina Roja”, sin duda porque no ocultó su pasión por la China popular después de la victoria de Mao Tse Tung.

Carlos no asistió a las bodas de sus sobrinos, el príncipe Alberto y el rey Balduino, y ni siquiera el funeral de su madre, en 1965, lo acercó a la familia real. El príncipe, soltero, ya vivía solitariamente en un castillo de las Ardenas, aquejado de trastornos circulatorios y por alguna razón, surgida en 1950, desapareció de la corte. En los últimos años de su vida, el príncipe se enfrentó a graves problemas financieros que lo llevaron a subastar gran parte de sus bienes materiales para pagar sus deudas y mantenerse.

Según afirmaron quienes lo conocían, para el año 1980 el príncipe ya no poseía nada: para mantenerse, había vendido más de 800 objetos que había heredado de su familia, entre porcelanas, cuadros, vajillas, muebles y hasta objetos curiosos, como el primer textófono que se utilizó en la corte belga. Sobrevivía gracias a la venta de sus obras de arte y, habiendo renunciado a su subsidio como exregente, estaba demasiado enojado como para pedir ayuda al Estado. Carlos de Flandes murió en 1983 y en los últimos años solo había recibido la visita de su sobrino, el rey Balduino.

UN AMOR SECRETO

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Los biógrafos reales dicen que el príncipe Carlos tenía un alma demasiado libre como para no desafiar los convencionalismos reales. Uno de los mayores desafíos a la norma cortesana fue no haber contraído matrimonio, cosa que hubiera sido muy necesaria para una familia real tan reducida como lo era, entonces, la de Bélgica. Sin embargo, durante muchos años mantuvo un romance con Jacqueline Peyrebrune, una mujer casada casi veinte años menor que él. La aristócrata y el príncipe se conocieron durante la guerra y convivieron durante los momentos más peligrosos.

Al parecer, el príncipe Carlos jamás mostró la intención de renunciar a lo que él llamaba “su vida bohemia” y casarse con ella, pero los rumores de una boda religiosa secreta, celebrada en 1977 en una iglesia de París, siempre fueron fuertes. Romántico empedernido, Carlos concedió a su amante amante un sinfín de pequeños sobrenombres dulces: “Minouche”, “Ma Chérie”, “Mi gato”, “Mi dulce”, “Mi corazón”, “Mi fiel”, “Mi hada”, etc. Aunque Charles amaba a todas las mujeres, Jacqueline le parecía maravillosa y durante todos los días de su relación se encargó de hacérselo notar. Tras la muerte de Carlos, varios testigos aseguran haber visto aparecer coronas con la inscripción “A mi difunto esposo” sobre la tumba del príncipe.

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Creador y autor de Secretos Cortesanos. En Twitter y en Instagram soy @dariosilvad.