Historias

Los yernos de Pedro II hicieron lo que a él le habría gustado: ¡cambiar a su novia por otra!

El emperador don Pedro II de Brasil quedó muy decepcionado cuando vio por primera vez a su prometida, la princesa napolitana Teresa Cristina de Borbón, bajando del barco que la llevó desde Europa en 1843. Hija del rey de las Dos Sicilias y nieta del rey de España, el pintor José Correia de Lima había viajado personalmente hasta Nápoles para retratarla. El retrato fue enviado al joven emperador en Sudamérica y la jovencita fue aprobada y embarcada con rumbo a Brasil.

Tras varios meses de un penoso viaje, el buque llegó a Río de Janeiro y Pedro II, entusiasmado, acudió al puerto para recibir a su futura esposa. Sin embargo, la joven de veintiún años que descendió del barco apenas guardaba parecido con el retrato.

La princesa no era demasiado fea, pero tampoco una belleza como le había hecho imaginar el cuadro realizado por Correia de Lima y, además era gordita, rengueaba al caminar y era bastante más baja que el emperador. No es de extrañar que, si se había hecho muchas ilusiones ahora, como escribe Anna Caballeé “Pedro II se desilusionó tanto al verla que sufrió un leve desvanecimiento”. “¡Me han engañado!”, balbuceaba.

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Don Pedro II y Teresa Cristina de Brasil

Veinte años más tarde, Pedro II comenzó a pensar con seriedad la vida matrimonial de las dos hijas que tuvo con Teresa Cristina, las princesas Isabel y Leopoldina. La mayor de ellas era la heredera del vasto imperio sudamericano y tenía que contraer un enlace con un príncipe importante que le diera lustre a esta joven dinastía imperial.¿Algún descendiente de los reyes de Francia o un pariente de los reyes de Inglaterra, tal vez?

La segunda hija, por ser hija de un emperador, no podía ser menos y su futuro esposo debía provenir, también, de una casa real de sangre muy azul, una gran historia y un porvenir digno. La princesa Francisca, hermana del emperador, se metió de lleno en el asunto y propuso a dos príncipes europeos de buena cuna, adinerados y muy dignos: el príncipe alemán Augusto de Sajonia-Coburgo-Gotha, emparentado con la reina de Inglaterra y el rey de Bélgica, sería un gran esposo para Isabel, mientras el francés Gastón de Orleáns, conde d’Eu, descendiente de Luis XIII y de Luis Felipe I, será el esposo de Leopoldina.

Sin consultar con las novias y los novios, las casas reales europeas organizaron sus compromisos.

El príncipe Augusto cruzó el Atlántico para comprometerse con la princesa imperial en compañía de su primo Gastón, el prometido de Leopoldina. Sin embargo, cierto día, mientras los jóvenes paseaban por Río de Janeiro, Augusto le propuso a su primo “cambiar de novias”: “¿Sabes?, a mi no me interesa esto de ser Emperador Consorte de Brasil. Si te casas con Isabel, tendrás aquí un bello porvenir y yo tendré una vida más tranquila en Europa con su hermana”.

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Según cuenta la infanta Eulalia de España en sus Memorias, Augusto “no envidiaba en nada las glorias militares de su primo. A los agasajos falsos del poder, prefería la vida privada, en su ambiente de arte parisiense o en sus montañas austriacas. Era hombre de ideas avanzadas, un poco volteriano y burlón, demasiado inquieto espiritualmente para someterse a la prisión de un trono”.

¡Trato hecho! Como el amor no había tenido lugar en las negociaciones matrimoniales, el cambio de novias fue fácil y, el 15 de octubre de 1864, la princesa heredera Isabel se casó con Gastón de Orleáns mientras su hermana, Leopoldina, se casó con Augusto. Los distinguidos yernos de Pedro II habían hecho lo que al emperador le habría gustado mucho: ¡cambiar a su novia por otra!

 

Esta historia forma parte de “Secretos Cortesanos”, una selección de 100 historias de amores, escándalos y frivolidades de la realeza.

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