Gran Bretaña

Un relato de los siete días que casi le cuestan la corona a Isabel II

La trágica y sorpresiva muerte de Diana, princesa de Gales, enlutó a Gran Bretaña y conmocionó al mundo. Un mar de flores inundó las entradas a los palacios reales y los británicos lloraron en las calles. Sin embargo, pasados unos días, los sentimientos populares se tornaron violentos: ¿dónde está la familia real? ¿por qué no expresan su dolor?

En los primeros días de septiembre de 1997, hace dos décadas, la reina Isabel II llevaba 45 años de popular reinado, pero todo se desmoronó tras la muerte de su ex nuera. La reina, cuya familia atravesó airosamente dos guerras mundiales y la crisis de la abdicación de 1936, vio peligrar su popularidad y su corona: durante siete días fue el blanco de una de las más virulentas expresiones de disgusto popular contra la monarquía británica en toda su historia.

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La reacción de Isabel II, disciplinada hasta la obsesión, parece razonable: Diana ya no era su nuera, era un “ciudadano privado” que había pertenecido a la realeza pero que, desde su divorcio del príncipe Carlos, en agosto de 1996, no era parte ni de la casa ni de la familia. ¿Es conveniente un funeral de Estado teniendo en cuenta que Diana no pertenece a la realeza británica? La opinión de la opinión pública era otra: Diana era la madre del futuro rey de Gran Bretaña y, además, era amada por todos.

La reina y su familia más cercana se encontraban de vacaciones en el castillo de Balmoral, en Escocia, cuando llegó la noticia del accidente y muerte de Diana. Un comunicado emitido ese domingo 31 de agosto por la mañana decía que todos se hallaban “profundamente conmocionados y angustiados por esta terrible noticia”. Casi de inmediato, las rejas del palacio de Kensinton se llenaron de flores y retratos de la princesa fallecida, líderes mundiales hicieron llegar sus condolencias al Reino Unido y cientos hicieron fila en el palacio de St. James para dejar su firma en los libros de condolencias.

Los dos hijos de la difunta, los príncipes Guillermo y Enrique, también estaban en las Highlands y fueron aislados del mundo exterior, según se dijo, para que pudieran llevar su duelo en paz y en privado. En una entrevista reciente, el príncipe Enrique contó lo sucedido en Balmoral: “Nuestra abuela hizo retirar todos los periódicos y revistas de la casa para que no viéramos qué estaba pasando. Así tuvimos la privacidad que necesitábamos para llorar su pérdida, poner en orden nuestros pensamientos y, simplemente, intentar alejarnos del resto del mundo”.

Geoffrey Crawford, portavoz de la casa real, leyó ante las cámaras de televisión un comunicaba donde señalaba que la reina estaba “conmocionada y herida” por las críticas las que era objeto. La funcionaria real afirmó que “Diana era muy querida” por la reina y el resto de la familia real, y que lo más importante en esos momentos era “el bienestar de dos niños que se han quedado sin su madre y la echan muchísimo de menos”. Según la historiadora Ingrid Seward, “la primera prioridad de la reina era proteger a sus nietos”.

Fiel a la tradición de no expresar sus emociones en público, la soberana asumió que se trataba de un evento familiar. La anécdota que relata Mary Francis, secretaria privada de la reina en aquel momento, es elocuente. “Estaba de vacaciones, pero apenas escuché la noticia llamé al Palacio de Buckingham porque asumí que querrían que regresara. Pero su respuesta fue: ‘no, no necesitas volver’. Probablemente querrán un funeral privado… luego se desató el escándalo y poco después recibí una llamada: ‘por favor, regresa lo más pronto que puedas’“.

Gran Bretaña clama por su reina

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Pasados unos días, la ausencia de la reina en el luto popular comenzó a llamar la atención y a despertar la crítica de algunos británicos ante los medios de comunicación del mundo entero. Todos los periódicos tabloides, reflejando el sentimiento popular, comenzaron a reclamar que la reina se olvidara del protocolo y manifestara sus sentimientos. Las portadas de los diarios de Londres dieron la vuelta al mundo: “Su pueblo sufre, háblenos, señora” (The Mirror), “Dónde está nuestra reina, dónde está su bandera?” (The Sun), y “Demuéstranos que te importa” (Daily Express).

El reino entero estaba de luto y la bandera del palacio de Buckingham no estaba a media asta, lo que los británicos interpretan como una falta de respeto al duelo de la sociedad. El furibundo ataque de los diarios fue interpretado como una agresión sin precedentes a la monarquía y un desafío histórico a su autoridad: “La familia real nos ha abandonado”, criticó el diario The Sun. Si los Windsor no aprenden la lección, no sólo van a enterrar a Diana, sino también su porvenir, advirtió The Guardian.

Las críticas no hacían más que reflejar el sentimiento de la ciudadanía, que velaba día y noche ante los palacios reales a la princesa muerta. La prensa popular condenaba a la reina y convertía a Diana en un ícono británico. “Nació lady. Luego fue nuestra princesa. La muerte hizo de ella una santa”, escribió el Daily Mirror. De pronto, la situación comenzó a alimentar una ola de republicanismo que no se había visto durante el largo reinado de Isabel II y tampoco durante el de su padre, el popular rey Jorge VI, y puso en grave peligro el futuro de la monarquía británica. ¡La muerte de una princesa pudo derrocar a una monarquía!

¡Hay que evitar una catástrofe!

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Tal y como se refleja magistralmente en la película “The Queen”, protagonizada por Helen Mirren, el gobierno británico tuvo que tomar cartas en el asunto. Según un sondeo publicado entonces por la prensa londinense, uno de cada cuatro británicos se mostraba a favor de la instauración de una república y de exiliar a la reina. No creo que la reina estuviera pendiente de las encuestas de opinión“, opina Lord Luce, edecán de Isabel. “Pero sus asistentes la tenían al tanto de cualquier informe disponible al respecto“.

A esta altura, era imposible negar el pandemónium que causó la muerte de Diana: las flores interrumpían el tránsito mientras la gente lloraba en las calles y criticaba ferozmente a la realeza ante los medios de comunicación internacionales: “No les importa”, dijo un ciudadano. “Típica reacción de la familia real: acogerse al protocolo sin preocuparse por las emociones humanas”.

Ellos (la realeza) deben acercarse más al pueblo para sobrevivir“, dijo Doreen Duffell, quien se unió a una apesadumbrada muchedumbre antes de la procesión. “Di era la única que mostraba expresión en su rostro. Las expresiones de los otros casi nunca cambian“.

En el palacio estábamos muy conscientes de lo que estaba pasando“, relata Penny Russel-Smith, secretaria de prensa de la reina. “Mi oficina da hacia la calle, desde allí veía, literalmente, como se iba construyendo una pared de flores que al final de la semana tenía dos metros de altura. Era impresionante“.

El descontento de la gente era extensivo al príncipe Carlos. Según la percepción colectiva, él era responsable de lo que había pasado: “Toda la familia estuvo en peligro esa semana. Él se sintió totalmente vulnerable. Apenas supo que Diana había muerto en el accidente, sus primeras palabras fueron: ‘me van a culpar a mí’. Y así fue“, indicó Penny Junor, biógrafa de Carlos. La gestión laborista, presidida por el primer ministro Tony Blair, trabajó para convencer a la reina Isabel de la necesidad de “reaccionar” para evitar la catástrofe.

Una reina en la multitud

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La primera decisión fue tomada el 4 de septiembre: la reina ordenó que la bandera británica fuera colocada a media asta en todas las residencias reales. Acto seguido, Isabel II apareció junto a su esposo, el príncipe Carlos y sus nietos ante las puertas del castillo de Balmoral para contemplar los cientos de flores que los escoceses habían dejado allí por Diana. Al día siguiente, caminó entre los miles de ramos de flores y una multitud perpleja en la calle del palacio de Buckingham.

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Algunos testigos dijeron que la reina tenía lágrimas en sus ojos. Vestida de negro, la monarca caminó en silencio hasta que una niña de 11 años le entregó un ramo de cinco rosas rojas. “¿Quiere que los coloque allí por ti?”, le preguntó la reina. “No, Majestad”, respondió la muchacha. “Son para ti“. Un ayudante recordó: “Al oír a la multitud aplaudiendo, recuerdo haber pensado: ¡Dios mío! Todo está bien!

El discurso más difícil de su vida

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El 5 de septiembre Isabel II rindió tributo a su exnuera en el primer mensaje televisado en directo en toda la historia de la monarquía británica, una decisión sin precedentes. De espaldas a una ventana abierta del palacio, con la plaza repleta de gente a sus espaldas, Isabel calificó a la mujer que le había dado tantos dolores de cabeza como “un ser humano excepcional, que tanto en los buenos tiempos como en los malos demostró una gran capacidad.para querer y sonreír, cálida y cariñosa”.

Después, hablando al pueblo “con el corazón”, “como abuela y como reina”, la reina se sintió obligada a justificar la aparente frialdad de la familia real británica en los días transcurridos desde la muerte de Diana en la multitud de sentimientos provocados por la tragedia: “una mezcla de “incredulidad, conmoción, enojo, preocupación por los príncipes Guillermo y Enrique”. La BBC retransmitió al mundo entero el segundo discurso que pronunció la reina en todo su reinado -el primero fue con motivo de la Guerra del Golfo-, sin contar con los mensajes de Navidad.

Sin demostrar emoción alguna, la reina expresó su “admiración y respeto por una persona excepcional, de extraordinarias cualidades como Diana, y sobre todo por el cariño y atención con que crió a sus dos hijos: “Nadie la va a olvidar, y todos tenemos lecciones que aprender tanto de su vida como de la impresionante reacción suscitada por su muerte”, señaló en una suerte de promesa sobre la modernización y humanización de la Corona.

La Corona se reconcilia

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El siguiente paso fue el más duro y ocurrió el 6 de septiembre de 1997. Ante la avalancha de críticas, la casa real concedió a Diana un funeral de reina en la Abadía de Westminster, el templo milenario donde han sido coronados, casados y enterrados casi todos los monarcas de Inglaterra. La familia real en pleno, con Isabel II a la cabeza, debió participar del funeral de Diana.

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Los espectadores contemplaron en silencio a la reina y a su familia saliendo a pie hasta la puerta del palacio de Buckingham para rendir homenaje al paso del féretro de la princesa de Gales. Y allí ocurrió lo impensable: Isabel II, reina de Gran Bretaña, la mujer que no inclina su cabeza ante nada y ante nadie, lo hizo humildemente. Este pequeño detalle fue definitivo para contribuir a la reconciliación de los británicos con la Corona, pero el clamor popular había ganado y la monarquía había dado su primer paso hacia el siglo XXI.

¿Fue la Isabel II indiferente al dolor por la tragedia de Diana?

Según una carta que escribió a Lady Henriette Abel Smith, una de sus damas, siete días después, la reina sintió una gran angustia: “Queridísima Henriette: Muchísimas gracias por tu carta sobre la trágica muerte de Diana. Fue de verdad terriblemente triste, y ella es una enorme pérdida para el país. Pero la reacción pública ante su muerte, y el servicio en la Abadía parecen haber unido a la gente en el mundo entero, de una manera más bien inspiradora. William y Harry han sido tan gallardos, y estoy muy orgullosa de ellos”. Bajo el impreso, la misma Isabel de puño y letra: “Creo que tu carta fue una de las primeras que abrí: ¡tenemos las emociones entreveradas, pero todos hemos atravesado una experiencia muy mala! Con afecto, Isabel”.

 

 

 

 

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