“Consuertes”: los hombres que conquistaron el corazón de las reinas de Europa

En la misma semana, dos acontecimientos marcaron a la realeza europea. En Londres, el consorte de la reina de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, se jubiló de sus actividades oficiales después de 70 años de servicio a su país y su retiro fue con honores. Los diarios británicos dedicaron sus portadas, titulares y editoriales con palabras elogiosas hacia el hombres que durante siete décadas se desempeñó discretamente como principal ayudante de Isabel II.

Un día después, en Dinamarca, el consorte de la reina Margarita II anunciaba que no deseaba ser sepultado con su esposa porque ella no le había dado el título de “Rey” que espera desde hace años. La actitud del consorte Enrique de Dinamarca sobrepasaba todos los métodos que había usado para captar la atención pública sobre una posición que considera ingrata. Unos días después, en una entrevista, confesaba que la reina no lo respetaba como esposo.

A lo largo de los siglos, varias soberanas de Europa han padecido el comportamiento de sus consorte, aburridos por no ostentar un papel específico definido por la ley, mientras otras terminaron enormemente agradecidas a ellos por su apoyo. Esta es la historia de los “consuertes”, los hombres que tuvieron la suerte de conquistar el corazón de una reina (o no).

EL CONSORTE LLORADO

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Tras veinte días de agonía, la muerte del príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861) cayó como un rayo sobre la monarquía inglesa y muy especialmente sobre su viuda, la reina Victoria I de Inglaterra, que tenía 42 años y era madre de nueve príncipes. “Lloré y recé hasta perder el sentido. ¡Oh, Dios mío, por qué no me volvería loca allí mismo!”, anotó en su diario.

En una carta al rey de Bélgica se muestra totalmente abatida e indignada por lo sucedido: “La felicidad ya no existe para mí. La vida se ha terminado”. Ni siquiera su numerosa y creciente familia le sirvió de consuelo. Victoria, que amó a Alberto casi con obsesión, guardó luto durante los siguientes 50 años.

(Influyente, inteligente y meticuloso, Alberto trabajaba con su esposa en los asuntos de gobierno y administraba la Casa Real. La reina lo nombró “Príncipe Consorte”).

 

EL CONSORTE GAY

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A don Francisco de Borbón y Borbón (1922-1902) se le otorgó un título inédito (“Rey Consorte”) al casarse con su prima, la reina Isabel II de España. Las anteriores soberanas españolas, como Isabel la Católica y Juana la Loca habían sido esposas de reyes, así que en este caso se optó con continuar la tradición.

Pero la importancia del título de don Francisco era, por otra parte, una forma de compensarlo por tener que contraer un matrimonio que ninguno de los novios deseaba pero que ya había sido planeado por sus respectivos padres cuando ellos eran niños. A cambio de sacrificar su vida casándose con una mujer, exigió ser nombrado soberano y el tratamiento de Majestad.

Isabel II detestaba a su marido y se burlaba de él. Don Francisco, por su parte, era homosexual y se cree que ninguno de sus hijos fue verdaderamente suyo. Irónico, Francisco contemplaba a los hijos recién nacidos para descubrir a cuál de los amantes de Isabel se parecía.

Tras el exilio, la pareja hizo vidas separadas. “Sé que Isabelita no me ama”, se lamentó el rey en una carta destinada a un ministro. “Y se lo excuso, pues nuestro matrimonio se ha hecho por razón de Estado y no por inclinación mutua (…) He querido siempre salvar las apariencias, deseoso de evitar una penosa ruptura, pero Isabelita es menos flexible que yo, o más violenta”.

 

EL CONSORTE MALTRATADO

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Se dice que la reina Guillermina de Holanda, mujer corpulenta y temperamental, era absolutamente violenta con su marido, el alemán Hendrick de Mecklemburg-Schwering (1876-1934), y varios testigos aseguraron haber visto a la reina maltratarlo después de que regresaba borracho al palacio después de una noche de juerga con sus amigos. Para los años 20, la corte holandesa era estrictamente femenina, con la reina Guillermina, su madre y su única hija, lo que generó el descontento del consorte.

Hendrick odiaba tener que caminar un paso detrás de su esposa y, según él, estaba aburrido de ser un mero instrumento decorativo. Hendrick no tenía ningún poder real en el gobierno y su matrimonio se tornó verdaderamente infeliz cuando Guillermina se aseguró de que siguiera sin tenerlo. Murió en 1934 y cuentan que la reina lloró muy poco.

(Por supuesto, Guillermina no quiso seguir el ejemplo de la reina Victoria y jamás le dio el título de “Príncipe Consorte” a su marido).

 

EL CONSORTE CORRUPTO

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Bernardo de Lippe-Biesterfeld (1911-2004), marido de la reina Juliana de Holanda, era alemán, como su antecesor, el esposo de la reina Guillermina, y como su sucesor, el esposo de la reina Beatriz. Era un príncipe de una familia noble pero pobre y trabajaba en una empresa química cuando se casó con Guillermina. El hombre coqueteó con el nazismo y con todas las mujeres que encontraba en sus viajes por el mundo.

En 1976, estalló el “escándalo Lockheed” al revelar la prensa que Bernardo aceptó 1 millón de dólares para influir, como comandante en jefe de las FF.AA. holanesas, en la compra de aviones de pésima calidad. Juliana, muy enamorada, llegó a poner su abdicación a disposición del parlamento, que no se aceptó. A cambio, Bernardo fue destituido de todos sus cargos militares y fue relegado a una figura decorativa.

(Tampoco fue “Príncipe Consorte”).

 

EL CONSORTE DILIGENTE

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Durante casi 70 años al lado de la reina Isabel II, el príncipe Felipe ha combinado un fuerte sentido del deber con la popularidad pública y la propensión a las “meter la pata”. Nacido en 1921, Felipe Mountbatten realizó un distinguido servicio militar en Gran Bretaña y se casó en 1947 con la hija del rey Jorge VI.

El ascenso al trono de Isabel II significó además el fin de su carrera naval y en los años 50 Felipe se quejó de no tener ninguna importancia en la corte: “No soy más que una ameba”. Por esos años se difundieron noticias sobre sus presuntas aventuras extramatrimoniales.

Aunque relación entre tuvo sus altibajos, Felipe se conformó con un papel en segundo plano caminando siempre dos pasos detrás de su esposa y llegó a ser el miembro más trabajador de la familia real. “Reconozco que he aportado mi granito de arena, así que ahora quiero disfrutar un poco”, dijo en una entrevista con la BBC.

(Su suegro lo creó par inglés al darle el título de Duque de Edimburgo y su esposa le concedió el de “Príncipe” 10 años después de la boda).

 

EL CONSORTE DEPRIMIDO

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El noviazgo de Beatriz de Holanda con un antiguo miembro de las “Juventudes Hitlerianas” fue un auténtico problema para el gobierno y la boda, en 1966, fue un escándalo que llevó a cientos de personas a protestar con bombas, huevos y pollos muertos al paso del carruaje real.

Claus van Amsberg (1926-2002) se convirtió con el paso del tiempo en el príncipe consorte más querido por los holandeses a causa del cariño que sintió por Beatriz y su discreción. En los años 80 fue hospitalizado con “síntomas de depresión” y se atribuyó su alteración anímica al papel secundario que tuvo desde que su esposa fue entronizada como reina. Fue tratado en distintas instituciones de Holanda, Suiza y Alemania.

Unos años después, Claus habló de su enfermedad: “Se trata de una alteración que afecta el modo de pensar, de actual, la personalidad, las perspectivas para el futuro y todo lo relacionado con la posición en la familia y en la sociedad. Nunca se vuelve a ser la persona que se era antes de la enfermedad”. En la misma ocasión, confesó que muchas veces pensó en suicidarse pero “si no fuese por mi esposa, nunca habría sobrevivido”.

(Siguiendo la tradición holandesa, su título fue el de “Príncipe” y nunca fue titulado “Príncipe Consorte”).

 

EL CONSORTE DRAMÁTICO

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El francés Henri de Laborde de Monpezat no tenía sangre real y su título de “conde” era de dudosa procedencia cuando conoció a la princesa Margarita de Dinamarca, ahora reina Margarita II. La relación se inició en 1965 y dos años después llegaba al altar. Henrik abandonó la religión católica, renunció a su nacionalidad francesa y hasta cambió su nombre por uno más danés: “Henrik”.

Cuando su suegro, Federico IX, murió en 1972, Margarita se convirtió en la reina y Henrik mantuvo el título de príncipe que le había otorgado su suegro. A partir de entonces, los celos del esposo real, sin una función oficial definida constitucionalmente, fueron en aumento.

En 2002, se “exilió” voluntariamente y convocó a la prensa para quejarse de su familia, que según él, lo humillaba relegándolo a un segundo plano. Las rencillas familiares crecieron, en parte por los celos que Henrik sentía hacia su hijo, el príncipe y futuro rey Federico. Una y otra vez, Henrik reclamó reconocimiento y pidió ser nombrado “Rey Consorte”, algo insólito.

Margarita II quiso conformarlo con darle otro título inaudito en Dinamarca, el de “Príncipe Consorte” (prinsgemal). En rebeldía, Henrik se retiró de sus obligaciones oficiales y devolvió el título. Los últimos y dramáticos ataques de celos han convertido a Henrik en la persona más impopular de la realeza danesa.-

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