Historias

Dos reyes que comieron hasta morir y otras curiosidades culinarias cortesanas

Viajamos en el tiempo, nuevamente, para descubrir los secretos culinarios de las cortes reales más esplendorosas: dos golosos monarcas que murieron por un atracón, las locuras de Heliogábalo a la hora de comer y el incontenible apetito de la reina Victoria, entre otras historias.

El rey que comió hasta la muerte (I)

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No se sabe muy bien si Adolfo Federico, rey de Suecia, murió el 10, el 11 o el 12 de febrero de 1771, y tampoco el motivo exacto. Se asegura que fue por una indigestión tras una opípara cena, pero también se habló de un posible envenenamiento.

Lo seguro es que Adolfo Federico falleció después de haber comido una cena compuesta por langosta, caviar, chucrut, arenque ahumado y champán, seguida de 14 porciones de un postre típico sueco llamado “semla”. Desafortunadamente, el rey de 60 años, sufrió una indigestión o intoxicación alimentaria tan grave que murió. Los suecos lo recuerdan como el rey que “comió hasta la muerte”.

Banquetes victorianos

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Durante el reinado de Victoria de Inglaterra (1837-1901), en los banquetes reales se servían entre cuatro y seis platos, con siete a nueve manjares en cada uno. Como les contamos en esta historia, para grandes ocasiones, solían incluir bacalao con salsa de ostiones, patas de pato en salsa Cumberland y asado de cordero. Había un plato de postres, con delicias como profiteroles de chocolate.

También se mantenía un bufet de comida caliente y fría en aparadores durante la cena, en caso de que alguien tuviera hambre entre un plato y otro. Lo insólito acerca de la reina Victoria era la velocidad con la que comía. Generalmente un banquete duraba horas, pero ella podía acabar con siete platos en 30 minutos.

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Un rey ‘king-sized’

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Dicen que para una comida con la cual Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547) quería impresionar a un rey francés se había gastado una suma de dinero equivalente a los actuales 5 millones de libras: Durante este festín se sirvieron 2.000 corderos, 1.000 pollos y un delfín. Hacia fines de su reinado, se estima que el vino que se había bebido en el Palacio Hampton Court, su principal residencia, a lo largo de un año bastaría para llenar 1.500 bañeras.

Al cumplir 40 años Enrique VIII empezó a engordar y enfermó de diabetes y gota, pero no dejó de comer hasta 13 platos de comida y 10 pintas de cerveza por día, lo que sumaba un total de 5.000 calorías diarias. Al morir pesaba 145 kilos. Dados su poder y su carácter tiránico, sin dudas este rey de Inglaterra habrá sido un hombre muy intimidante.

El rey que comió hasta la muerte (II)

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Faruk, el último Rey de Egipto, pasó los últimos años de su vida en Roma, rodeado de guardaespaldas, chicas lindas, comiendo y bebiendo. Sería justamente su pasión por la comida lo que llevó a la tumba. En 1965, el exiliado monarca tenía 45 años y se encontraba cenando en el restaurante “Ile de France”, de Roma, cuando cayó muerto sobre la mesa ante el estupor de los demás comensales.

Toda una vida de excesos, corrupción y caprichos le habían costado el trono y finalmente le pasaron factura a muy temprana edad. Enorme, gordo y calvo, apenas unos minutos Farouk comió una docena de ostras crudas salpicadas de salsa Tabasco, tarta de langosta, cordero asado, papas asadas, vino, dos naranjas, una mandarina, un café, dos botellas de agua y una Coca Cola.

Se limpiaban con el mantel

Las costumbres de la francesa del siglo XIV a la hora de comer nos habrían dejado tiesos a nosotros en nuestros días. Guillaume Tirel, conocido como “Taillevent”, (1310-1395), fue cocinero del rey Felipe VI y maestro cocinero y de guarnición de Carlos VI. Este cocinero llegó a tener bajo su mando a 150 personas en las cocinas palaciegas: 67 se ocupaban en tareas diversas de la cocina, 15 en la frutería, 21 en la panadería y 38 en la bodega, y algunos catadores de bebidas.

La comida en las cortes de Felipe VI y Carlos VI se organizaba en cinco o seis servicios que se redujeron al llegar al Renacimiento. Pese a conocerse los cubiertos, se usaban los dedos para tomar los alimentos, y como la servilleta no existía, la mesa tenía un mantel doble y grueso de amplia caída, que permitía a quienes estaban sentados a su alrededor limpiarse las manos. La servilleta no llegó a la corte francesa sino hasta el siglo XV, de la mano de la reina florentina Catalina de Médicis.

El peligro de comer con el césar

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Heliogábalo, emperador romano (203-222) vivió solo dieciocho años pero sus banquetes  fueron inolvidables (especialmente para todos aquellos que participaban y sobrevivían). El joven se hacía servir pasteles de lenguas de pavo real, ruiseñores y faisanes en banquetes a los que hacía invitar a veces a ocho jorobados y ocho cojos, otras veces a ocho gordos, ocho esqueléticos, ocho enfermos, ocho sordos, ocho negros u ocho albinos.

En cierta ocasión el joven emperador Heliogábalo invitó a cenar a los ocho hombres más obesos de Roma, a quienes se sentaba en almohadones llenos de aire que eran pinchados por sorpresa por unos sirvientes, derribando al suelo a los obesos comensales, para diversión de Heliogábalo. Su máximo capricho fue cubrir de pétalos de rosas la sala donde celebraba un banquete: al emperador le divirtió mucho ver cómo sus invitados casi morían asfixiados.

¡Una comida para 260.000 invitados!

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En la excéntrica corte de Julio César, el mayor banquete ofrecido por el soberano romano, para celebrar sus victorias en Oriente tuvo 260.000 invitados que comieron en 22.000 mesas. ¿El menú? erizos de mar, ostras frescas, almejas, espárragos, gallinas cebadas, pastel de ostras y mariscos y bellotas de mar blancas y negras.

Tras estos manjares, el más famoso amante de Cleopatra, ofrecía a sus invitados diversos platos de marisco, riñones de ciervo y jabalí y aves empanadas. Los grandes platos eran pecho de cerdo, pastel de lo mismo, diversos pasteles de jabalí y de pescado preparados con diversas especias y condimentos, liebres y aves asadas.

El rey del desierto

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En el palacio del rey Saud de Arabia Saudita (que reinó entre 1953 y 1964) los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas reales demandaban mensualmente 2.800 kilogramos de carne vacuna, 563 kilos de cordero, 1418 kilos de ternera, 1215 kilos de pollo, 292 kilos de pavo, 193 kilos de paloma, 171 kilos de pato, 405 kilos de sesos, mollejas e hígado, 405 kilos de lenguado, 270 kilos de camarones, entre otros alimentos.

Los cocineros empleador por Saud transformaban estas provisiones en comidas diarias para unas 850 personas y el costo diario rondaba los 3.200 dólares. Los sueldos de cocineros italianos, cocineros árabes, ayudantes de cocina, conductores, lavanderos, administradores, camareros, secretarios, guardas y operarios totalizaban 4.200 dólares diarios.

El pomposo Versalles

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En el Palacio de Versalles, el fastuoso hogar de Luis XIV de Francia (1643-1715), la comida era servida a la familia real con una lentitud y una pompa tan excesivas que exasperaban a casi todos, excepto al rey. Cada cena exigía una puesta en escena espectacular: para cada comida de Luis XIV (y nadie más) eran necesarios los servicios de 498 personas.

A las 22:00 el rey y su familia se reunían en la antecámara del Gran Cubierto para cenar, una ceremonia pública a la que asistían todos aquellos que así lo deseaban, aunque solo las personas de sangre azul podían compartir la mesa con los monarcas.

Como les contamos en esta historia, el protocolo versallesco establecía que cada noble tenía una misión específica y los condes y duques se peleaban por servir al monarca. De este modo, eran necesarias 3 personas y 8 minutos para servir simplemente al rey… ¡una copa de vino cortado con agua!

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