Brasil

El Trono del Amazonas: la increíble saga de los emperadores de Brasil (Parte 3)

Tras embriagarse de poder y dar muestras crecientes de autoritarismo, Pedro I se vio obligado a abdicar en 1831 en medio de una tormenta política y dejó la corona en manos de su hijo Pedro II. Al abdicar, dijo estar seguro de que su hijo, nacido y criado en suelo brasileño, sería mejor aceptado por sus súbditos.

“Aquí esta mi abdicación”, proclamó Pedro I. “Deseo que sean felices. Me retiro a Europa y dejo un país que amé y que todavía amo“. Con la idea de derrocar a su hermano, que se había erigido como rey absolutista con el apoyo de Carlota Joaquina, Pedro I regresó a Portugal y jamás volvió a pisar suelo sudamericano.

pedro ii

El nuevo emperador sería el último. Don Pedro II, nació en el palacio de Sao Cristovao de Río de Janeiro. Su madre Leopoldina murió un año después, por lo que fue criado por la condesa de Belmonte, a quien quiso mucho.

Al llegar a la edad adulta, empezó a hablarse de su futuro matrimonio, ya que la corona brasileña necesitaba herederos. Se pensó que la esposa ideal sería una princesa napolitana de la Casa de Borbón, doña Teresa Cristina (1822-1889, emparentada con casi todas las dinastías católicas de Europa.

Un retrato de la hija del rey Ferdinando II de Nápoles, realizado por el pintor José Correia de Lima, cruzó el Atlántico con destino al palacio carioca, donde lo esperaba el joven Pedro II. El emperador dio su aprobación y la princesa se embarcó durante meses para conocer a su prometido. La conmoción no pudo ser peor.

teresa cristina

Teresa Cristina de Borbón fue la última emperatriz de Brasil

La novia no era muy fea, pero el pintor había exagerado mucho. Renga, gordita y de baja estatura, Teresa Cristina decepcionó tanto al emperador que, según los cronistas, llegó a desvanecerse en el puerto donde esperaba a su amor. “Me han engañado”, suspiró antes de palidecer. Por supuesto, la boda no podía suspenderse y se celebró en 1843.

A pesar de las posteriores infidelidades de Pedro II, los esposos, aunque no se amaron nunca, se llevaron bien y parece que existió entre ellos un profundo afecto y respeto. Don Pedro II y doña Teresa Cristina tuvieron cuatro hijos, pero solo sobrevivieron a la infancia las princesas Isabel y Leopoldina.

 

ADIÓS AL SUEÑO IMPERIAL

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La muerte del príncipe heredero, Pedro Afonso, en 1850, cuando tenía un año y medio de edad, afectó profundamente a Pedro y Teresa: “Fue el golpe más letal que podía recibir y de cierto que no lo resistiría si no me quedara todavía una esposa y dos niñas”, escribió el emperador. La mayor se casaría con el conde de Eu, un príncipe francés y tal vez la persona más interesante que tuvo la familia imperial: luchó en la Guerra del Paraguay, se declaró abolicionista y detestaba los hábitos de la elite brasileña.

Desde 1854, Pedro II mantuvo una relación con la institutriz de sus hijas y antigua dama de honor de la emperatriz, la condesa de Barral Luisa Margarida de Barros (1816-1891). Parece que entre el emperador y Luisa Margarida no existió una relación sexual, pero sí permanecieron unidos por una amistad profunda y un amor platónico.

La historiadora Anna Caballe recoge una carta escrita por Pedro II durante un viaje por Europa en 1874 dirigida a la condesa de Barral donde muestra el profundo afecto que sentía por ella: “Estoy muy cansado y me acostaría ahora mismo si no fuera porque la nostalgia que siento exige que le desee mis más afectuosas buenas noches. ¡Adiós, querida amiga! Nada me interesa lejos de usted. ¡Adiós!

3- pedro ii y teresa cristina

Pedro II con la emperatriz Teresa Cristina y sus hijas.

A los 60 años, Pedro II de Brasil era un hombre joven pero con muchos problemas de salud. En junio de 1887, siguiendo el consejo de sus médicos, emprendió un viaje a Europa para ser tratado y, de paso, alejarse de los asuntos de Estado que, de una forma u otra, resentían su salud. Dejó a la princesa Isabel como regente y se fue de Río de Janeiro sin saber que jamás regresaría a su amado imperio sudamericano.

Estaba muy enfermo en Milán en mayo de 1888 cuando le llegó la noticia de que su hija había firmado la ley de abolición de la esclavitud. Los grandes hacendados, principales perjudicados por la medida, se pasaron en masa al bando republicano que de pronto adquirió poder para derrocar a la monarquía. El 15 de noviembre de 1889 un golpe de estado proclamó la República y Pedro II fue destronado.

Según el historiador brasileño José Murillo Carvalho, cuando le comunicaron a Pedro II la noticia del golpe se limitó a decir: “Si es así, será mi jubilación. Trabajé demasiado y estoy cansado. Ahora voy a descansar”. Dos días después, el 17 de noviembre, la familia imperial abandonó Brasil rumbo a Europa.

 

 

 

La emperatriz Teresa Cristina no soportó el dolor de ver a su familia condenada al exilio y murió en Oporto apenas unas semanas después de su llegada. Su muerte terminó de romper el corazón del emperador: “No sé cómo escribo”, escribió en su diario. “Nunca imaginé mi aflicción. Solamente lloro por la felicidad perdida de 46 años“.

Viudo, enfermo, anciano y con muchas dificultades financiera, Pedro II cultivó el hobby que más le gustaba: visitar bibliotecas, museos e instituciones culturales. En sus últimos años vivió en Niza, en Cannes, Versalles y París y murió el 6 de diciembre de 1891 en un hotel de París. Sus últimas palabras fueron: “Que Dios me conceda estos últimos deseos de paz y prosperidad para Brasil”.

La infanta Eulalia, hija de la reina Isabel II de España conoció al emperador Pedro II el año de su derrocamiento y escribió en sus Memorias:

pedro ii“Fuimos de las pocas personas que acudieron a la estación el día en que arribó el destronado monarca. Yo llevaba el encargo de mi madre de ofrecer a Pedro II, amigo suyo desde la infancia, alojamiento provisional en el Palacio de Castilla [París], invitación que el emperador no aceptó porque prefería alojarse en un hotel mientras su yerno y su hija alistaban el Castillo d’Eu, cerca de París.

“Era don Pedro alto y gallardo, de robusta complexión y porte nobilísimo. Hombre de exquisito trato, afable con todos, llevaba en sí una realeza innata que no le privaba, empero, de una expresión dulce de hombre bueno. Sencillo en sus gustos y muy compenetrado en su papel de monarca desterrado, llevó siempre en París una vida desprovista de boato, rodeado de algunos amigos, especialmente hombres de ciencia, y haciendo muy pocas visitas.

“Uno de los sitios a los que solía acudir con frecuencia era al Palacio de Castilla, pero exigiendo siempre a mi madre que se consideraran de incógnito sus visitas. Nunca quiso Pedro II instalarse en Francia con carácter definitivo ni montar el aparato, vistoso y necesario de condición de soberano, de una corte.

Inmensamente rico y con sus propiedades vastísimas respetadas por la República, empleaba su dinero en obras de caridad sin alardes y, muy especialmente, en proteger artistas y escritores de su país, a los que hacía estudiar en Francia.

“Perseguido por la nostalgia de sus palmeras brasileñas, de su bahía maravillosa y del lenguaje melodioso de la tierra nativa, nunca perdió la esperanza de regresar y con ella murió. Me impresionó en él, a su llegada, la forma tranquila, imparcial y serena con que juzgaba los acontecimientos del Brasil. Ni una palabra dura para nadie, ni una acusación, ni una queja se escapaban de sus labios”.

 

LEA LA SERIE COMPLETA:

El Trono del Amazonas: la increíble saga de los emperadores de Brasil (Parte 1)

El Trono del Amazonas: la increíble saga de los emperadores de Brasil (Parte 2) 

El Trono del Amazonas: la increíble saga de los emperadores de Brasil (Parte 3)

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