Un reinado de 90 años: el “rey niño” de Rumania que superó al nazismo y al comunismo

El 20 de julio de 1927, hace casi 90 años, un niño de apenas 5 años de edad, aferrado a la mano se madre, recibió la visita de un multitudinario grupo de sombríos hombres de trajes y uniformes. Eran funcionarios del gobierno de su país, Rumania, y venían a rendirle pleitesía porque, a su corta edad, se había convertido en el rey.

El niño, llamado Miguel, apenas tenía idea de lo que estaba sucediendo. Una nube de circunstancias políticas y familias se amontonaban en la corte de Bucarest y habían desembocado en la coronación de este rey-niño, quien tampoco imaginaba que aquellas nubes se transformarían en tormentas años más tarde.

Ese niño superó un primer reinado, fue derrocado por su propio padre, coronado por segunda vez, reinó durante la Segunda Guerra Mundial, derrocado por segunda vez, expulsado del país, condenado por “traidor de la patria” y pasó los últimos 70 años en un exilio que apenas interrumpió. El pueblo rumano lo venera y la prensa lo trata como un prócer de la Historia reciente: es el único jefe de Estado europeo de la Segunda Guerra Mundial que aún vive.

UNA FAMILIA DESTRUIDA

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Miguel de Rumania a los 5 años, al ser proclamado rey

Miguel, de la dinastía alemana de los Hohenzollern, nació en 1921 y fue el único hijo de Carol de Rumania y Elena de Grecia, que se llevaban como perros y gatos. Carol había tenido una juventud turbulenta: el mujeriego muchacho se había enamorado de una plebeya, con la que se fugó al extranjero, y renunció a sus derechos sucesorios.

Tras un exilio a modo de castigo, Carol regresó a Rumania, donde sus padres lo esperaban con la noticia de que estaba comprometida con la hija de los reyes de Grecia. Él, por supuesto, ya estaba enamorado de otra mujer de aspecto siniestro, llamada Magda Lupescu.

La boda se celebró en 1920 y un año después nació el príncipe Miguel, el único descendiente de la pareja. Habiendo cumplido con su misión de dar un heredero a la corona, el príncipe Carol volvió a claudicar, para escándalo de sus padres, y partió al extranjero para gozar de la compañía de Magda.

El príncipe Carol culpó a su esposa por el fracaso de su matrimonio, por no poner demasiada pasión, por ser tan religiosa y vivir rodeada de sus parientes griegos. Grandes excusas para refugiarse en los brazos de aquella mujer, Lupescu, de cabellos rojos y ardientes ojos verdes.

DERROCADO POR SU PROPIO PADRE

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Miguel de Rumania con su primo, Felipe de Grecia (el actual Duque de Edimburgo)

En 1927, hace 90 años, el príncipe Miguel se convirtió en el monarca rumano al morir su abuelo, Fernando I. Fueron tres años de agitación política a cargo de un consejo de regencia que no duró mucho. En 1930 llegó la sorpresa: el exiliado Carol volvió a Rumania para reclamar su herencia y la corona.

Entronizado como Carol II, se convirtió en el más nefasto rey de los rumanos. Separó a su pequeño hijo de su madre y envió a una especie de arresto domiciliario a la reina viuda María, su madre, y se cuenta que se negó a brindarle ayuda médica cuando agonizaba. Acto seguido, Carol II instaló en el palacio a la amante Magda y se declaró a favor de la paz con la Alemania nazi. Un grave error.

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Miguel con su abuela María, su madre y su padre.

Con Elena en el exilio, Carol II se encargó personalmente de la educación de su único hijo, a quien le enseñó a hablar en inglés. Para ayudarlo a tomar contacto con la realidad, creó una escuela en la que Miguel aprendía en compañía de niños plebeyos: el hijo de un comerciante, el hijo de un abogado, el hijo de un conductor de locomotoras, etc…

En 1940, tras diez años de desastres políticos y diplomáticos, Carol II y Magda hicieron las maletas y entregaron un país arruinado, aliado con el nazismo y turbulento al inexperto príncipe Miguel, que comenzó así su segundo reinado.

Entonces, tres niños ocupaban diferentes tronos de los estados balcánicos, y los tres habían sido coronado en circunstancias desdichadas. Pedro II de Yugoslavia había ascendido al trono tras el asesinato de su padre y puede que también hubiera sido asesinado (por Hitler) el rey de Bulgaria, quien dejó el trono a su hijo de tres años de edad, Simeón II.

DERROCADO POR EL COMUNISMO

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No fueron años fáciles para un rey joven e inexperto, con un padre que amenazaba con derrocarlo por segunda vez y dos tías (Isabel e Ileana) que coqueteaban peligrosamente con el partido comunista. En 1944 Miguel declaró la guerra a la Alemania nazi y mandó detener al dictador filonazi Ion Antonescu, responsable del exterminio de 380.000 judíos y varios miles de gitanos.

Comenzó la Segunda Guerra Mundial y, al concluir, el comunismo se instaló en Bucarest. Miguel I de Rumania fue obligado a firmar la abdicación a punta de pistola y partió al exilio en Londres. “El ‘reyecito’, que había demostrado en 1944, ante Hitler, las agallas que poseía, firmó sólo porque se sintió solo, absolutamente abandonado por todos“, escribe Jean des Cars.

Cuando Miguel I abandonó su país el 3 de enero de 1948, a los 27 años, se vio obligado a hacerlo con tanta rapidez que no pudo tomar ninguna disposición financiera para vivir en el extranjero. Entre su abdicación forzada y su partida, los comunistas le habían dicho que solo disponía de 48 horas.

Para cuando pisó el extranjero, las estatuas de los grandes reyes Carol I y Fernando I en Rumania había sido arrojadas al suelo y hechas pedazos. Los nuevos libros de historia y manuales escolares presentaban a los reyes de la dinastía Hohenzoller como unos tiranos.

REY DE CORAZONES

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Su condición de refugiado, la prohibición de hacer política y las dificultades financieras llevaron al rey Miguel a vivir aislado durante mucho tiempo. Pero el comunismo cayó, muchos años después, y el rey Miguel seguía vivo, instalado en Suiza con su esposa y sus hijas. Hoy tiene 95 años y se encuentra mal de salud tras haber sido diagnosticado con leucemia.

En los años 90, tras la instauración de la república, Miguel regresó a la Rumania que lo había coronado rey tantas décadas antes, aunque sus primeras visitas fueron turbulentas debido a que su popularidad preocupaba al gobierno. Con la llegada al poder del partido de centro-derecha en 1996, Miguel I recuperó la nacionalidad rumana y pudo visitar el país con normalidad.

Pese a haber sido tildado de “traidor” por entregar el país a la URSS, una y otra vez ha reivindicado la Corona “como una representación del Estado en su continuidad histórica”, y ha rechazado que sea sólo “un símbolo del pasado”. La muerte de la reina Ana, en 2016, llevó a cientos de dolientes a las calles de Bucarest, la primera muestra de que los rumanos llevan al rey en su corazón.

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