Historias

María Leonor de Suecia, la reina del luto eterno y desquiciado

Todo el mundo ha oído hablar de la locura de la reina Juana de Castilla, quien amaba tanto a su marido, Felipe el Hermoso, que lloró durante meses junto al cadáver, negándose a sepultarlo. Una historia de amor obsesivo y locura que se repitió doscientos años más tarde en Suecia, cuando murió el rey Gustavo II Adolfo dejando una viuda desconsolada y deprimida hasta la locura.

En 1632, a la edad de 39 años de edad, Gustavo II -apodado “León del Norte” por su valentía y espíritu guerrero- recibió un disparo en la espalda durante la batalla de Lützen (Alemania) y murió en el acto. Su cuerpo fue embalsamado y llevado a Wolgast, una ciudad al nordeste de Alemania, en la costa de Pomerania, pero el traslado hacia Suecia se hizo imposible, porque el mar Báltico estaba congelado.

El rey dejó el trono de Suecia a una niña de apenas 6 años de edad, la reina Cristina, famosa posteriormente por haber abdicado al trono y abrazar el catolicismo. La niña sufrió mucho pero, según el Marqués de Villa Urrutia, “quien dio pruebas tan exageradas de dolor, que recordaban a las de Juana la Loca, fue la reina María Leonor, la cual trocó entonces en acendrado y tiernísimo cariño todo el odio que había sentido por su hija“.

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María Leonor, reina de Suecia (1599-1655)

La reina viuda, la alemana María Leonor de Brandemburgo (1599-1655) fue víctima de un profundo dolor y viajó hasta Wolfgast donde pasó ocho meses velando el cadáver embalsamado de su esposo. Su trágica muerte, que se negaba a aceptar, agudizó aún más su débil salud mental. El corazón de su amado Gustavo Adolfo fue extraído de su cuerpo para ser preservado por separado y María Leonor lo conservó junto a su cama.

“Los suecos, según la costumbre que tenían, eran lentos al proceder al entierro de sus difuntos y, en este caso regio y excepcional, se mostraron más lentos todavía. Se entiende, en cierta medida, la insistencia de María Leonor en quedarse junto al cuerpo de su marido mientras éste no recibiera sepultura. En agosto de 1633, el navío que transportaba los restos mortales del rey, acompañados por María Leonor, arribaron a Nykoping, un puerto al sur de Estocolmo, dominado por un alcázar que pertenecía a la corona. Cristina estaba presente en Nykoping para encontrarse con su madre (…) Había de pasar otro año casi entero antes de las exequias y la interminable procesión fúnebre”. [Úrsula de Allendesalazar, “La reina Cristina de Suecia”]

No fue hasta agosto de 1633 que el cuerpo del rey finalmente regresó a Suecia. En la ciudad de Nyköping, la pequeña Cristina, convertida en la reina de Suecia a los 7 años de edad, participó de la procesión para recibir a su madre. Más tarde escribió: “Abracé a la reina mi madre, me ahogó con sus lágrimas y prácticamente me ahogó en sus brazos”.

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Gustavo II Adolfo de Suecia murió en 1632

La reina fijó por el momento su residencia en el castillo de Nyköping, cuyas paredes hizo tapizar de telas negras y cuyas ventanas fueron tapiadas para que las luz del exterior no interrumpiera el luto. Hasta el suelo fue cubierto con alfombras negras.

El ataúd abierto del rey fue expuesto en el gran salón, apenas iluminado con unos cirios, y la desconsolada viuda, presa de una fuerte depresión, lloraba ante él día y noche. No quería separarse del muerto y retrasó todo lo que pudo el entierro definitivo.

“Encerróse en un aposento que convirtió en lacrimatorio, tapidas las ventanas y forradas de negro las paredes y teniendo a la cabecera de su lecho el corazón del rey en un relicario de oro, que de cuando en cuando abría y cerraba entre ensordecedores gritos, que llenaban de horror a los enanos, a los bufones y a los guardias que tenía a su servicio”. [Marqués de Villa Urrutia, “Cristina de Suecia”]

En sus aposentos del castillo, mandó colgar de la cabecera de su cama un relicario de oro que contenía el corazón «muy voluminoso y pesado» de Gustavo II Adolfo. Durante más de un año, la reina condenó a su hija a una terrible reclusión de duelo en habitaciones cubiertas de negro e iluminadas por velas día y noche, de las que se excluía todo rayo de luz.

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Cristina de Suecia, la hija de la reina María Leonor

Los sermones y oraciones piadosas continuaron sin cesar en Nyköpin. María Leonor hizo que su hija durmiera con ella en una cama sobre la cual colgaba el corazón de su padre en un ataúd de oro. Otras veces, la viuda conservó en sus propios aposentos el féretro del rey y obligaba a su hija Cristina a besar las frías mejillas de su padre antes de acostarse.

“Junto al corazón del gran Gustavo Adolfo lloró su viuda a mares, días y noches, semanas, meses y años enteros. Y la pálida y exangüe Cristina lloraba al lado de su madre, y seguía llorando toda la noche, acostada con ella en el mismo lecho, soñando que la sangrienta víscera levantaba la tapa del relicario de oro en que se hallaba encerrada”. [Marqués de Villa Urrutia, “Cristina de Suecia”]

Cristina escribió sobre su madre: “Ella llevó a cabo su papel de duelo a la perfección. Las largas y lúgubres ceremonias fúnebres y toda la corte vestida de negro eran “mucho peores para mí que la propia muerte del rey”, agregaba. Tras muchos años de ignorar, maltratar y golpear a su hija, María Leonor ahora decidió que no podía vivir sin su compañía.

La reina viuda obligaba a su hija a dormir con ella en la misma cama y no permitía que se alejara de su vista ni un instante. Su comportamiento neurótico resultaba insoportable a la pequeña, que lo recordaba así:

“Me ahogaba en sus lágrimas y casi me asfixiaba con su abrazo. Lloraba casi incesantemente, y algunos días su dolor aumentaba de forma tan singular que no era posible contemplarla sin sentir la más mínima compasión. Yo sentía por ella una gran veneración y un amor verdaderamente tierno. Pero esa veneración me intimidaba y me agobiaba, en especial cuando, contra la voluntad de mi tutor, ella quería encerrarse conmigo en sus habitaciones».

En el verano de 1634, después de muchos retrasos y de la oposición constante de Maria Leonor, el cuerpo del rey finalmente fue entregado y enterrado, como se debía, en la iglesia de Riddarholm en Estocolmo. Al día siguiente del funeral, la reina viuda, sumida en una profunda crisis de histeria y dolor, pidió que se volviera a abrir el ataúd para contemplarlo, abrazarlo, besarlo y llorar escandalosamente.

María Leonor cayó víctima de una crisis de histeria y dolor que la marcó para siempre. Durante los siguientes años, la reina María Leonor fue alejada de la corte y, especialmente, de la presencia de su hija, porque la consideraban una influencia nociva. Su madre le escribió casi a diario penosas cartas en las que, mayormente, se lamentaba de que no le permitieran ver la tumba de su amado y que se la tratara como una prisionera.

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