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La muerte de la madre de Nerón: una serie de eventos desafortunados

“¡De Agripina y de mi solo puede nacer un monstruo y una peste para el Estado!”, exclamó Domicio Enobardo, un distinguido miembro del Senado Romano, cuando su mujer, Agripina, dio a luz a un niño. Y estaba en lo cierto.

El bebé nacido aquel 15 de diciembre del año 37 d.C., bautizado Lucio Domicio Enobardo, se convertiría en uno de los emperadores más crueles de la Antigua Roma y la fama de su crueldad llega hasta nuestros días cada vez que evocamos su nombre: Nerón.

Obsesionada por que su hijo llegara al trono, Agripina consultó al astrólogo Barbilo, quien le profetizó: “Tu hijo será emperador. Pero cuando lo sea, asesinará a su madre”. La ambiciosa mujer, que llegaría a ser amante, madre, esposa, hermana y sobrina de emperadores, respondió fríamente: “Que me asesine entonces”.

Agripina no dudó en eliminar a todo aquel que se interpusiera entre su hijo y el trono de Roma, recurriendo incluso al asesinato por envenenamiento. Tampoco dudó en recurrir a las más depravadas prácticas para escalar posiciones, como mantener relaciones sexuales con su hermano, el emperador Calígula. También contrajo matrimonio con su tío, el emperador Claudio, a quien presuntamente mató.

Cuando Nerón por fin llegó al trono romano, Agripina pensó en disfrutar del poder, en la creencia de que su hijo le debía un gran favor. Pero el emperador quería reinar por su cuenta y, siguiendo el consejo de su segunda esposa, Sabina Poppea, decidió quitarse de encima a su madre.

La resistencia de Agripina a aceptar el matrimonio de su hijo con Poppea fue el detonante de la decisión de Nerón -sin duda por instigación de Poppea- de terminar con la dominación de la madre. La emperatriz tenía que morir “accidentalmente”.

Para eso, Nerón creó un minucioso plan según el cual el techo de su camarote de la barca imperial debía caer encima de su madre mientras dormía y la matara al aplastarla. A continuación, mediante un mecanismo, el barco debía partirse en dos, provocando un naufragio que, en el caso de que el techo no la hubiera matado, hiciera que Agripina muriera ahogada.

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El historiador romano Suetonio detalla los desafortunados eventos:

“[Nerón] fingió, pues, reconciliarse con ella, y la invitó, por medio de tiernísima carta, a venir a Baia para celebrar con él las fiestas de Minerva; cuidó de prolongar el festín para que los capitanes de las naves tuviesen tiempo de romper, según órdenes recibidas, y como por choque fortuito, la galera liburnesa que había traído a Agripina, y cuando ésta quiso retirarse a Bauli, le ofreció en vez de su nave averiada la que había construido para su pérdida. Acompañóla alegremente hasta ella, le besó los pechos al separarse y veló una parte de la noche esperando con ansiedad el resultado de aquella maquinación”.

Cuenta el historiador José Manuel Roldán en su obra sobre los césares romanos:

“Ya en alta mar, se hizo funcionar el mecanismo, pero el dosel bajo el que se encontraba Agripina, acompañada de una amiga, Acerronia Pola, amortiguó el golpe y, además, el barco apenas se abrió. En la confusión que siguió, Agripina supo mantener la sangre fría y, percatándose de que intentaban asesinarla, pidió a su amiga que se hiciese pasar por ella. Los marineros, engañados, cuando la oyeron pedir auxilio, acabaron con la desgraciada dama, a golpes de garfios y remos. Mientras, Agripina, una experta nadadora, aunque herida en el hombro, logró alcanzar a nado la costa, donde fue recogida por una barca de pescadores y llevada a su mansión. Fingiendo ignorar el complot, la emperatriz envió a su liberto Agermo para que ‘anunciara a su hijo que por la benevolencia de los dioses y su propia fortuna había escapado de un terrible riesgo’”

Nerón estalló de furia y pánico al saber que su plan había fracasado. Consultó fervorosamente a sus más cercanos colaboradores, Séneca y Burro, quienes encargaron al liberto Niceto la escabrosa tarea de dar muerte a la madre de Su Majestad.

Tres fueron las veces que Niceto intentó envenenarla, de la misma forma que ella había matado a Claudio, Británico y otros tantos de sus enemigos, pero Agripina, más astuta de lo que todos pensaban, ya había bebido un antídoto. La última opción era matarla en sus aposentos.

Tras derribar la puerta, los asesinos entraron en el dormitorio, donde la emperatriz tuvo todavía la sangre fría de decir al prefecto que “si estaba allí para cometer un crimen, no estaba dispuesta a creer capaz de ello a su hijo”. “¡Él nunca habría ordenado un matricidio!”, gritó la víctima.

Uno de los verdugos la golpeó con un garrote en la cabeza y, mientras otro desenvainaba su espada, Agripina se quitó su túnica y quedó desnuda. “¡Golpea aquí en estos pechos que fueron capaces de amamantar a un monstruo como Nerón!”, gritaba. Ahí mismo, la que fuera madre, hermana, sobrina y esposa de emperadores murió acuchillada.

La profecía de Barbilo estaba cumplida: la madre había sido asesinada por el hijo. Cuando se comprobó que Agripina ya no respiraba, el emperador quiso ver el cadáver y, encontrándola desnuda, examinó sus pechos y sus genitales y suspiró: “De haber sabido que era tan bella…”

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