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Pío XII, el Papa de las mil y una obsesiones

pio xii

El tímido y retraído Eugenio Pacelli (1876-1958) fue coronado en 1939 con el nombre de Pío XII y llegó a convertirse uno de los papas más acomplejados y obsesionados de la historia del Vaticano. Con su actitud enfermiza y paranoica daba verdaderos dolores de cabeza a sus médicos y ayudantes.

Hipocondríaco incorregible, padecía de colitis y gastritis, y agregaba a la lista muchas enfermedades que sólo existieron en su imaginación: dolor de muelas crónico, arritmias, cólicos, anemia… etc. Y además se cepillaba los dientes muchas veces por día.

Aseguraba que padecía una infección en las encías, algo que no era verdad según los médicos. Lo que ocurrió es que el papa hizo caso a un dentista romano que le recetó una solución especial, entre cuyos componentes había un potente ácido que, con el paso de los años y el uso, le fue quemando las encías y lo fue envenenando poco a poco.

Por si todo esto fuera poco, Su Santidad sufría de insectofobia. No soportaba ni ver ni escuchar moscas -temía que le transmitiesen alguna enfermedad-, por lo que si llegaba a ver una era capaz de dejar cualquier cosa que estuviera haciendo para perseguirla hasta eliminarla.

Era tal la aberración que el pontífice sentía por estos animales, que bajo su sotana solía llevar un matamoscas de plástico con el que atacaba a cuanto mosquito, zancudo u hormiga veía, como si los diminutos bichos fueran, en realidad, malvados demonios.

Pero Pío XII no solo era una obsesivo con la salud y los insectos. Según cuenta el historiador Eric Frattini, el papa asaba varias horas del día apagando las luces innecesarias del palacio apostólico para ahorrarle dinero a la Iglesia: “No puedo permitirme derrochar los fondos de los fieles”, solía decir.

Su conducta ahorrativa lo llevó a ordenar que los sobres para las comunicaciones
internas del Vaticano no debían sellarse, engraparse o pegarse para que
pudiesen volver a ser utilizados. Gracias a ello, Pío XII escribió su última voluntad y la guardó en un sobre que había sido utilizado con anterioridad.

Se dice que fue el último de los papas-reyes y el protocolo debía ser respetado a rajatabla: los cortesanos papales tenían que arrodillarse si recibían una llamada telefónica del papa, el personal de servicio debía cumplir sus tareas en el más estricto silencio y los jardineros debían tras los arbustos si Pío XII salía a dar un paseo por los jardines.

 

 

| Fuente: Secretos Vaticanos, de Eric Frattini

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