⚡ Misterio real: ¿El zar Alejandro I fingió su propia muerte para vivir como monje?

La ciencia moderna fue llamada a resolver un intrigante misterio real sobre si uno de los más famosos zares de Rusia, Alejandro I, falsificó su propia muerte para vivir como un humilde monje en Siberia . Los rumores surgieron apenas se anunció la muerte del zar, que fue muy misteriosa, después de haber derrotado a Napoleon y de haber reinado durante 23 años, en 1825.

Según publicó la prensa rusa, el obispo ortodoxo Rostislav, de Tomsk, realizará un análisis genético sobre los restos de un monje humilde que sorprendió por su alto nivel cultural en el siglo XIX, conocido como Fiodor Kouzmitch. Este hombre, declarado santo por la iglesia ortodoxa rusa, vivió por casi tres décadas en la ciudad siberiana de Tomsk antes de su muerte en 1864.

Se espera que el análisis de ADN confirme si el zar vivió durante 39 años después de su muerte oficial, mientras que su hermano Nicolás I tomó el trono vacante. El más famoso defensor de esta teoría fue el escritor ruso Leo Tolstoi.

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Alejandro Pablovich nació en 1777 y fue separado de sus padres por su abuela, Catalina II, quien consideraba que su hijo Pablo era incapaz de gobernar y educó a su nieto para que fuera su sucesor. Ascendió al trono en 1811, al ser asesinado su padre, y murió inesperadamente en 1825.

No sufría de ninguna enfermedad y murió lejos de su casa, en un remoto lugar de Taganrog. Cuando fue colocado en el ataúd, muchos de los que lo vieron afirmaron que no habían podido reconocer el cadáver, por lo que el ataúd fue sellado rápidamente.

“En presencia de un diminuto séquito, aquella muerte a la orilla del mar, en una encantadora villa de una ciudad pequeña, fue muy distinta del drama tradicional de las cámaras mortuorias imperiales”, dice el historiador Simon Sebag Montefiore. “La propia ausencia de testigos oficiales hizo de ella uno de los grandes misterios de los Románov (…) El cadáver fue embalsamado por los médicos, pero como carecían de los medios habituales en San Petersburgo, su labor fue bastante chapucera. Al poco tiempo, el hedor era insoportable y el rostro se había ennegrecido hasta resultar irreconocible”.

Por toda Rusia se dijo que el emperador no había muerto a causa del tifus a los 47 años, sino que había abandonado todo para recluirse como religioso durante las siguientes cuatro décadas. Cuando en 1836 el monje Fiodor, de barba larga y aspecto noble, se hizo famoso como “staretz”, hombres siberianos aclamados por sus virtudes, le dijo a la gente que había sido un vagabundo y no podía recordar su pasado.

“¿Quién es Fiodor Kouzmitch?”, se pregunta el historiador Stéphane Bern. “Grandes ojos azules, un viejo soldado le encuentra un curioso parecido con Alejandro I. Un comerciante de Tomsk, de nombre Khomov, está convencido de ello. El rumor, aunque fue desmentido por el interesado, se expande hasta San Petersburgo: el zar no ha muerto, lleva una vida de eremita en Siberia”.

La mayor parte de las pistas indican que Fiodor Kouzmitch fue, en realidad, el Zar de Rusia. Hace una década, un detallado análisis de escritura manuscrita llevado a cabo por la Sociedad Gráfica Rusa concluyó que el zar Alejandro y el monje eran “el mismo hombre”.

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Por otra parte, el profesor Andrey Rachinsky, del Instituto de Lenguas y Civilizaciones Orientales de París, dijo que el zar Alejandro III atesoraba en su despacho una imagen del monje junto a los de sus predecesores reales, Nicolás I y Alejandro II. Por último, se sabe que las pertenencias del monje se pasaron a un clérigo líder cercano a la familia real después de su muerte.

La teoría de que el zar anhelaba una vida santa como monje se basa en su necesidad de obtener el perdón divino por llegar al poder después del asesinato de su padre, Pablo I. Los historiadores dicen que es dudoso que estuviera directamente involucrado el complot que derrocó y asesinó a su padre, en 1810, pero que estaba en el palacio en ese momento, y se convirtió en el beneficiario directo. El inescrutable monje fue citado por Tolstói: “Si no hubiera confesado mi verdad, los cielos se habrían sorprendido. Si yo lo hubiera confesado, la tierra se habría sorprendido“.

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