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Silvestre II, el “Papa mago” apasionado por las ciencias que hablaba con el diablo

Tras la muerte del Papa Gregorio V, en el año 999, el emperador Otón III eligió nuevo papa al francés Gerbert d’Aurillac, el primer pontífice del milenio. Nacido en 945, el hombre era todo un erudito en ciencias árabes y había viajado incansablemente para aprender matemática, biología, astronomía y otras ciencias. Se cuenta que siendo un niño había habitado en una cueva junto a un ermitaño de quien había aprendido los poderes mágicos de los druidas celtas.

A los 12 años unos monjes lo encontraron tallando una rama para hacerse un tubo con el que observar las estrellas, y se lo llevaron a estudiar a la abadía. En Barcelona, bajo la protección del conde Borrell II, el joven entró en contacto con maestros árabes de Córdoba y Sevilla, donde adquirió conocimientos propios de los “magos” de aquellos tiempos.

Gerberto fue el primer papa francés y eligió el nombre de Silvestre II en homenaje al primer Papa de ese nombre, que había reinado en la época gloriosa de Constantino, en el siglo IV. Desde entonces fue apodado “el Papa Mago” y a veces “el Papa Diabólico” porque la leyenda popular llegada a Roma aseguraba que había firmado un pacto con el demonio.

El papa había introducido en Francia el sistema decimal y el cero, además de haber construido uno de los primeros globos terrestres y un reloj de péndulo. ¿Cuál fue su invento más increíble? Según el «Líber Pontificalis», Silvestre II diseñó, “utilizando secretos árabes, una cabeza fundida en cobre en el momento en que los cuerpos celestes estaban al principio de su curso“.

Dicha cabeza, en la que Silvestre II “aprisionó” al diablo y le puso una corona de oro, según el libro de los papas, tenía la misión de servirle en todo lo que el pontífice desease. Además, tenía la virtud de contestar afirmativa o negativamente a las preguntas que se le planteaban, y era capaz de prever el futuro de los que se hallaban presentes.

Oficialmente, Silvestre II murió en el año 1003 víctima de la malaria. Según Javier García Blanco, “existe una tradición, quizás originada en esa vasta sabiduría que algunos atribuían al diablo, según la cual la muerte le llegó de otra forma, y antes de la cual habría realizado una extraña confesión”.

Silvestre II se encontraba celebrando una misa en el templo de la Santa Croce, en Roma, cuando comenzó a sentirse muy mal. Advirtiendo que se estaba muriendo, pidió que lo tumbaran en el suelo de la capilla de Jerusalén y confesó a los cardenales que, cuando era sólo un adolescente, había tenido un encuentro con el mismísimo diablo, con el que habría realizado un pacto. Siguió confesando que había seguido tratando con el maligno a lo largo de su vida y pidió que su cadáver fuera transportado en un carro tirado por dos muías, y que fueran éstas las que decidieran dónde debía ser enterrado, al detenerse en algún punto”.

De esta forma, el Papa Mago fue sepultado en la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Allí nació una leyenda nunca comprobada, según la cual, cuando un papa está cerca de la muerte, el ambiente que rodea la tumba de Silvestre se pone húmedo y se oyen ruidos de huesos desde detrás de la lápida.

Se cuenta que en el año 1648 los rumores eran tan inquietantes que se decidió abrir la tumba. El cuerpo del pontífice francés estaba intacto, pero al producirse el contacto con el aire se convirtió en cenizas y se difundieron fuertes olores en la basílica, perfumes que habían usado al embalsamar el cuerpo seis siglos antes.

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Creador y autor de Secretos Cortesanos. En Twitter y en Instagram soy @dariosilvad.