España, Europa, Gran Bretaña

Una boda real fallida que casi provoca una guerra en Europa

Doña María de Austria (1606-1646) fue una de las muchas infantas de España que a lo largo de la historia fueron utilizadas como “moneda de cambio”. Una de esas princesas que, por razón de Estado, fueron obligadas a marchar al extranjero para ser esposas de otros monarcas, en matrimonios que, de una u otra forma, favorecerían las relaciones diplomáticas de su país.

Su hermana mayor, la infanta Ana, fue enviada a Francia en 1615 para convertirse en la esposa del rey Luis XIII, un hombre que no la quería y no estaba en lo más mínimo interesado en el sexo femenino, y en la ardorosa amante del Cardenal Mazarino.

A la infanta María le tocó marchar a Austria, en 1631, para contraer matrimonio con su primo hermano Fernando III (1608-1657), futuro Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de la Casa de Habsburgo. Así, la infanta, una Habsburgo, hija de dos Habsburgos, nieta y bisnieta de Habsburgos se casaba con otro Habsburgo.

Pero mucho antes de aquella travesía matrimonial que la llevó a sentarse en un trono imperial, doña María fue testigo mudo e impotente de las negociaciones con el poderoso Reino de Inglaterra, cuyo rey, Jacobo I, le ofreció como consorte a su hijo mayor. Una boda fallida que casi provoca una gran guerra entre ambos imperios.

En la década de 1620, mientras el reinado de Felipe IV languidecía bajo el dominio de su todopoderoso valido, el Conde-duque de Olivares, los enemigos del reino se multiplicaban y eran cada vez más poderosos. Los enfrentamientos con Francia eran continuos y España debía buscar apoyos allí donde nunca se le había ocurrido hacerlo.

Por entonces las relaciones diplomáticas con la Inglaterra de los Estuardo gozaban de un período de gran estabilidad y España consideró de pronto que debía llegar a un gran acuerdo entre las dos coronas que garantizaran la paz. La Guerra de los Cien Años todavía mantenía abiertas heridas entre los dos países, lo cual fue aprovechado por los Reyes Católicos y posteriormente por el rey-emperador don Carlos V para estrechar lazos con Enrique VIII.

Aunque la alianza vivió episodios de tensión, sobre todo luego del divorcio entre el rey inglés y Catalina de Aragón, sobrevivió hasta que la muerte de María Tudor, esposa de Felipe II de España, llevó al trono inglés a una enconada enemiga del Imperio español: Isabel Tudor, la “Reina Virgen”.

Dejado todo eso atrás, se pensó en casar a la hermana soltera del rey, María, con el heredero del trono inglés, el príncipe Carlos Estuardo, príncipe de Gales (1600-1649), lo que supondría todo un desafío: la infanta era católica y el príncipe, protestante.

Para ser sinceros, esta alianza matrimonial era muy ventajosa, pero el príncipe inglés no era ningún “príncipe azul”. Nacido con graves problemas de salud el 19 de noviembre de 1600, sus primeros años de vida fueron una sucesión de enfermedades. A los tres años aún sufría un evidente retraso físico que le impedía caminar bien y apenas pronunciaba algunas palabras ininteligibles.

Cuando su padre, el rey Jacobo VI de Escocia, fue coronado Rey de Inglaterra, lo dejó al cuidado de enfermeras y criados en Edimburgo porque el largo viaje podría suponer un golpe a su débil salud. En 1604 el niño fue llevado a Londres y puesto al cuidado de Lady Carey, quien con gran cariño y cuidado (y sobre todo, paciencia) le enseñó a caminar y hablar.

Sin título

El pequeño no estaba destinado a ser rey de Inglaterra u Escocia, pero cuando falleció su hermano mayor, Enrique, a causa de tifus, en 1612, su existencia cambió.
Bajo la influencia de George Villiers, por entonces marqués (y posteriormente duque) de Buckingham, el favorito de su padre, el débil Carlos se preparó para ser rey.

Influenciado por su amado Villiers, un gran partidario del catolicismo, el rey Jacobo consintió en negociar el matrimonio con la infanta española. La noche del 17 de marzo de 1623, el príncipe y Buckingham llegaron de incógnito hasta Madrid, tras un largo y difícil viaje, con la firme intención de presentarse ante la corte de Felipe IV.

Se quiso evitar llamar la atención, pero la sorprendente noticia recorrió el reino: el futuro rey de Inglaterra, un joven que toda¬vía desconocía los vericuetos de la política exterior, había recorrido media Europa en secreto para conocer a la mujer que podía llegar a convertirse en su esposa.

Aunque hasta ahora a la infanta María nadie le había preguntado si deseaba casarse con Carlos Estuardo, su actitud cambió cuando lo conoció en persona: aquel niño debilucho ya era un jovencito apuesto y varonil. El príncipe, además, había tenido el galante gesto de atravesar el Continente para pedir su mano, lo cual encantó a María. Pero, para desilusión de ambos, su matrimonio no era cuestión de amor.

Días después se realizó el recibimiento oficial al heredero del trono inglés en el Real Alcázar de Madrid, con grandes pompas y festejos callejeros. El épico y temerario viaje del príncipe, más parecido a un capítulo de novela amorosa, convenció a los españoles de que sus intenciones eran serias y los cardenales comisionados por la Corte española para evaluar el matrimonio se apresuraron a conseguir una dispensa papal que permitiera a la infanta católica casarse con el príncipe protestante.

Entre otras cosas, los negociadores pidieron que los hijos del matrimonio fueran educados en el catolicismo, que fueran abolidas las leyes que castigaban a los católicos ingleses y una serie de garantías religiosas para doña María y sus criados. Buckingham se mostró disgustado ante las cláusulas de la dispensa papal y durante una tormentosa entrevista con el conde-duque de Olivares, el acuerdo pareció romperse.

Convencido por sus ideas románticas sobre el matrimonio, el príncipe sorprendió al conde-duque y a toda la corte española al aceptar las condiciones impuestas, el 17 de julio. La inesperada y sorprendente noticia fue celebrada en Madrid con fuegos artificiales y hogueras y, también a modo de celebración, los “novios” fueron vistos juntos por primera vez.

Pero la boda se retrasó una y otra vez, especialmente por la terquedad del conde-duque y de Buckingham, y porque la dispensa papal jamás llegó. El príncipe de Gales, que parecía el único interesado en el matrimonio, se cansó y la corte española ya no sabía cómo deshacerse de los visitantes ingleses sin parecer maleducados y sin que este matrimonio fallido provocara una guerra entre las naciones. Finalmente, el príncipe de Gales fue despedido con cortesía y afecto por parte de su novia y toda la familia real, y llegó a Inglaterra con la desilusión de un enamorado que había sido rechazado.

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El fracaso de las negociaciones supuso un rápido deterioro en las relaciones entre los dos reinos. Jacobo I rechazaba la posibilidad de una guerra, su amado y poderoso duque de Buckingham le instaba a vengarse de las humillaciones que vivió su príncipe heredero, y en el Parlamento reinaba una furia antiespañola sin precedentes.

La guerra no se llevó a cabo nunca, porque el rey Jacobo no la deseaba, y los ingleses prefirieron culpar del fracaso a Buckingham, acusado de inmiscuirse demasiado en los asuntos de Estado. En el camino de regreso a Inglaterra, el enamoradizo príncipe Carlos conoció a la princesa francesa María Enriqueta de Orleáns, también católica, con la que se casó en 1625 poco después de la muerte de Jacobo I. Nunca más volvió a ver a la infanta doña María, su amor frustrado: María se convirtió en Emperatriz de Austria y él murió ejecutado.

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