Francia

Luis XIII y la reina Ana: la desesperada búsqueda de un heredero

Cronistas de la Corte francesa dan detalles sobre la larga lista de amantes masculinos del rey Luis XIII (1601-1643), entre los que se encontraba hasta un cochero real. Aquello sorprendía mucho, y no porque el rey fuera homosexual, sino porque era feo y no había posibilidades de que gustara a alguien.

Según el historiador del siglo XII De Prade, Luis XIII era un hombre bastante deforme, pese a que las obras de arte de su reinado lo retrataran alto, varonil y hermoso: “Tenía una lengua tan larga y tan gruesa, que cuando se salía de la boca sólo difícilmente podía retirarla, y se veía obligado a rechazarla con el dedo. Por este motivo era tartamudo...”

En 1615, a instancias de su madre María de Médicis y del favorito de la reina, Concino Concini, Luis XIII se casó con la infanta española Ana de Austria (1601-1666), pero las dificultades matrimoniales para tener hijos fueron la comidilla de la Corte.

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Después de la primera y amarga experiencia, el joven Luis XIII (de catorce años) rehusó volver a compartir la cama con su reina. La descendencia tardó dieciocho años en llegar, y lo hizo manchada de dudas sobre la verdadera paternidad.

La misión de Ana como reina de Francia era proporcionar un heredero al trono de la Casa de Borbón y, dentro de lo posible, varios más (“de repuesto”). Por lo demás, en su matrimonio no habría lugar para el romance, no solo porque el suyo era un matrimonio de Estado, sino porque Luis XIII no estaba en lo más mínimo interesado en ella… ni en ninguna otra mujer.

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Cada uno hacía su vida en sus propios aposentos y apenas se miraban cuando debían participar, obligatoriamente, de los banquetes y recepciones reales. Las sonrisas y las caricias no existían entre marido y mujer. Nada los acercaba, salvo el ferviente deseo de tener un hijo.

Las visitas del rey a la reina eran protocolares y cronometradas, similares a las que hacía su madre, y en presencia de lacayos y cortesanos. El rey la saludaba, charlaba brevemente sobre asuntos triviales y se retiraba a toda prisa para reunirse con su mejor amigo y halconero, el duque de Luynes. El resto del tiempo, el rey prefería atender a sus mascotas, divertirse con sus soldados de plomo o cocinar él mismo tortas y dulces.

El corazón y el cuerpo de Luis XIII pertenecían al varonil y apuesto Charles d’Albert, duque de Luynes (1578-1621), un personaje notable, pero sin demasiado talento, que comenzó como halconero pero al que el rey concedió cada vez más dinero, cargos oficiales y honores reales, además de propiedades y palacios.

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Muy pronto, la consumación del matrimonio real adquirió importancia internacional. El escaso interés de Luis XIII por el sexo opuesto hizo que los primeros encuentros íntimos con su esposa fueran verdaderamente traumáticos y los rumores sobre el tema convirtieron el acto sexual de los reyes de Francia en un auténtico asunto de Estado.

Las cortes reales de Europa, especialmente las de España y Austria, intercambiaban correspondencia con los rumores que corrían por Francia. El rey Felipe IV de España estaba absolutamente en desacuerdo con el maltrato que su yerno impartía a su hija y hasta el Papa se vio involucrado en los chismes diplomáticos.

Cuenta Robert de Montesquieu que entre el nuncio papal y el embajador de Venecia, amigos de Luis XIII, idearon un plan en 1619 para mostrar al inexperto rey en qué consistía exactamente el proceso amatorio. Para ello, lo condujeron a una sala secreta en la que le esperaban su hermana y su cuñado, recién casados, quienes le hicieron una demostración práctica.

Constatado por su médico el efecto físico que aquel espectáculo tuvo en el rey, se le instó a acudir en ese mismo momento a su lecho, donde Ana de Austria le esperaba convenientemente preparada. Luis XIII salió de la habitación asqueado y prometiendo que jamás volvería a entrar en la habitación de su esposa. ¡Pero era necesario uno heredero!

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Unos días más tarde, De Lyunes hizo que el rey saliera de su cama, lo empujó y casi lo arrastró hasta el dormitorio de la reina, donde la sacrificaba esposa le esperaba convenientemente preparada. Cuando Luis XIII entró de un empujón al cuarto de la reina Ana, el favorito se retiró discretamente y esperó al rey en su alcoba, pero el rey no volvió hasta el amanecer. La corte se puso muy contenta y la noticia corrió por todas las cortes de Europa.

Sin embargo el esperado bebé no llegó ni ese año, ni el siguiente, ni siquiera en esa década. Fue en 1638 -veintitrés años después de la boda- cuando la reina Ana dio a luz a su primer hijo, pero el acontecimiento aunque fue muy celebrado por Luis XIII, llegó manchado de dudas sobre la paternidad del niño, el futuro Luis XIV. Para entonces, el rey disfrutaba de la compañía de otro hombre, el marqués de Cinc-Mars, el que más hondo caló en su corazón.

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