La aventurera princesa que abandonó los palacios reales para viajar por África

Si la razón de Estado no se hubiera impuesto, tal vez ella hubiera sido Reina de Inglaterra. La princesa Hélène de Orleáns (1871-1951) tuvo un breve pero intenso romance con el nieto de la reina Victoria de Inglaterra, el príncipe Alberto Víctor, a finales del siglo XIX. Pero la relación terminó abruptamente cuando a los dos jóvenes novios se les prohibió casarse a causa de sus diferencias religiosas. Poco tiempo después, Alberto Víctor murió, oficialmente de neumonía pero, tal vez, de tristeza.

A causa de las exigencias familiares, la triste Hélène se casó con el príncipe italiano Emanuele Filiberto de Saboya, duque de Aosta, en junio de 1895 y se establecieron en Nápoles, donde ella se hizo famosa por sus obras de caridad. Pero en un intento de escapar del aburrimiento de la vida cortesana y de su desdichado matrimonio, la intrépida princesa abandonó los palacios reales europeos para emprender viajes de caza, estudio y fotografía al otro lado del Mediterráneo.

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Madame la condesa de París escribió sobre Helene en sus memorias:Tía Hélène era un personaje completamente fuera de lo corriente: pasó gran parte de su vida en África cazando o en viajes de estudio, y como era muy deportista, prefería no llevar a la rastra a una pobre mucama despistada; para peinarse más cómodamente en la tienda de campaña, decidió un día, en plena selva, cortar sus magníficos cabellos rubios y usar una peluca.

Pero en esas regiones perdidas, ¿cómo encontrar un postizo? Fue solamente en El Cairo, en el camino de regreso, descubrieron para ella en el barrio judío una monstruosa peluca negra con las que se cubren las jóvenes judías que se han cortado el pelo una vez casadas. Con esta facha desembarcó en Nápoles completamente calva, indiferente al asombro general“.

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A Helene tampoco le gustaba dormir sobre una cama durante sus expediciones, sino sobre una sábana extendida en el suelo y cuando se hospedaba en algún hotel hacía sacar la cama del dormitorio, ante la sorpresa del gerente. Según el relato de la condesa de París, “tenía un enfoque muy personal de la religión; sus capellanes eran elegidos según la rapidez con que celebraran sus misas y al primer cuatro creciente de la luna practicaba misteriosos ritos delante de un soberbio gato negro egipcio. Pero eso no le impidió asumir con mucho rigor y devoción misiones de enfermera a lo largo de las dos últimas guerras“.

La princesa Hélène nació en 1871 en Twickenham, Londres, después de que su familia fuera exiliada de Francia tras la revolución 1848. Sus padres, los condes de París, solían pasar mucho tiempo en la corte de la reina Victoria, donde Helene se enamoró del príncipe Alberto Víctor, el hijo mayor del futuro Eduardo VII, durante una visita a Escocia en 1890, cuando tenía 16 años y él tenía 23 años. Los jóvenes se embarcaron en un romance fogoso e intercambiaron docenas de cartas en las que el melancólico príncipe la describía como su “amada” y “un ángel sobre la Tierra”.

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Nada en la Tierra me hará cambiar mi decisión de tenerte a ti pase lo que pase, aunque tuviera que esperar 50 años o más“, le escribió. Sin embargo, el matrimonio con una mujer de fe católica romana habría provocado Albert perder su reclamo al trono británico. Hélène se ofreció a convertirse a la iglesia anglicana mientras el príncipe consideraba renunciar a sus derechos de sucesión, diciéndole una vez a su hermano: “No tienes idea de cómo amo a esta dulce niña ahora, y siento que nunca podría ser feliz sin ella”.

Se dice que la reina Victoria estaba tan encantada con la princesa que cedió después de haberse opuesto inicialmente al compromiso, pero el padre de Hélène se negó a aceptar el matrimonio: sus hijos jamás abandonarían la fe católica. Como última instancia, la princesa solicitó una audiencia con el papa León XIII con la esperanza de que el Santo Padre les permitiera que los niños que nacieran de su matrimonio fueran criados como protestantes y tuvieran, de este modo, derecho al trono inglés.

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Una amiga que la acompañó hasta el Vaticano relató cómo Hélène se lanzó llorando a los pies del Papa, quien le respondió: “Es inútil, sabes que no puedo comprometerme con los principios que yo represento”. Alberto Víctor decidió separarse de Helene y finalmente su familia pactó un compromiso con una prima lejana, la princesa Victoria May de Teck en diciembre de 1891. Unos meses después, Alberto murió de neumonía a la edad de 27 años.

Esta serie de impresionantes fotos aparecieron recientemente en un nuevo libro, titulado “Wandering Princess” (“La princesa errante”), donde el historiador británico Edward Hanson revela la asombrosa aventura que emprendió esta dama de la realeza francesa en su intento por escapar de su desdichado matrimonio con el duque de Aosta. Hanson basa su relato en las cartas enviadas por Hélène desde Francia, Italia, Suiza, Egipto, Etiopía, e incluso desde un barco-hospital de la costa de Libia, a su amiga de la infancia, Renée Saint Maur, la hija de la secretaria de sus padres.

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En su juventud, ella fue reconocida como una belleza“, relata Hanson; “Cuando eligió cubrirse con joyas reales para ocasiones especiales o fotografías oficiales, no se discutió su dignidad y semblante real, que algunos eligieron interpretar como orgullo y altivez. Sin embargo, Hélène se sentía en realidad más cómoda con prendas más sencillas, especialmente con las prendas de viaje que llevaba durante sus muchos viajes a África“.

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