¡El rey quiere agua! El elaborado protocolo de la Casa de Austria

En el siglo XVII, el protocolo de la corte de la Casa de Austria en España era muy estricto y de ello deja constancia una crónica de Antonio Rodríguez Villa, archivero real (1843-1912) sobre el caótico momento en que al rey se le antojaba beber algo:

“El ujier de sala iba a llamar al ‘gentilhombre de boca’ que le correspondía servir de copero, y acompañados de la guardia, entraban en la cava, donde el sumiller de ella le daba en una mano la copa de Su Majestad (…) después daba al ujier las fuentes, y él llevaba un jarro y una taza grande de salva [la prueba que se hacía de las comidas servidas a los reyes], donde se colocaba la copa cuando Su Majestad la pedía. Un ayudante del oficio de la cava llevaba los frascos de vino y agua…

“El copero se mantenía un poco apartado del estrado, mirando siempre a Su Majestad para servirle la copa a la menor seña. En este caso, el copero iba por ella al aparador, donde ya la tenía dispuesta el sumiller de la cava, quien, descubriéndola, daba la salva al médico de semana y al copero, y éste, tornándola a cubrir, la llevaba a su majestad precediéndole los maceros, y el ujier de sala, tomándola en la mano derecha y llevando en la izquierda la taza de salva, con cuya misma mano izquierda quitaba la cubierta de la copa, tomaba la salva y daba a su majestad la copa en su mano, hincando una rodilla en el suelo, teniendo todo el tiempo que su majestad tardaba en beber debajo de la copa la salva, para que, si cayesen gotas, no se mojase el vestido. Acabando éste de beber, volvía el copero a poner la copa en el aparador de donde la había tomado”.

LA INSÓLITA MUERTE DE FELIPE III

Dado este sistema de etiqueta, protocolo y seguridad tan estricto, muchos tomaron como cierta la versión que el dramaturgo francés Pierre Antoine De La Place da sobre la muerte del rey Felipe III en su obra «Piéces intèressantes». Dice que el rey:

“Felipe III estaba gravemente sentado frente a una chimenea en la que se quemaba una gran cantidad de leña, tanta que el monarca estaba a punto de ahogarse de calor. Su Majestad no se permitía levantarse para llamar a nadie, puesto que la etiqueta se lo impedía. Los gentileshombres de guardia se habían alejado y ningún criado osaba entrar en la habitación. Por fin apareció el marqués de Polar, al cual el rey le pidió que apagase o disminuyese el fuego, pero éste se excusó con el pretexto de que la etiqueta le prohibía hacerlo, para lo cual se tenía que llamar al duque de Uceda. Como el duque había salido, las llamas continuaban aumentando y el rey, para no disminuir en nada su majestad, tuvo que aguantar el calor cada vez más fuerte, lo que le calentó de tal forma la sangre que al día siguiente tuvo una erisipela en la cabeza con ardiente fiebre, lo que le produjo la muerte”.

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