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Enrique IV de Castilla: ¿era impotente o no quería ni ver a su esposa?

Enrique IV, rey de Castilla (1425-1474), recibió popularmente el sobrenombre de “el Impotente” en 1453, luego de que su matrimonio con la infanta Blanca de Navarra fuera anulado por el papa Nicolás V alegando “impotencia perpetua” debida a un tipo de “hechizo”. El propio rey aseguraba que no había podido consumar su matrimonio debido a “influencias malignas”.

Algunos achacaron la imposibilidad de mantener relaciones sexuales a la presión de la Corte: nobles, favoritos, obispos, médicos, criadas y hasta bufones debían presenciar el acto alrededor del lecho matrimonial del rey para atestiguar la legitimidad del futuro bebé real. Otros, como la historiadora Ángela Vallvey Arévalo, aseguran que el hermano de Isabel la Católica era un adolescente homosexual cuando fue obligado a casarse con la princesa Blanca de Navarra, mujer madura:

“Enrique IV era una adolescente introvertido y tímido. Probablemente un malcriado, a cuyo difícil temperamento tuvo que sumar pronto una controvertida sexualidad que no era fácil canalizar para un personaje como él, obligado a tener hijos por el bien de la corona (…) Así que la pobre Blanca de Navarra no tuvo nada que hacer la noche de su boda. Su luna de miel no existió ni en su imaginación”.

Según el cronista Alonso de Palencia, Enrique IV llegaría en los últimos años de su matrimonio a mostrar el “más extremado aborrecimiento” por su esposa. Blanca vivió con el rey durante trece años en los que Enrique no le tocó ni un pelo y durante el proceso eclesiástico para anular el matrimonio, se dijo que “nunca había tenido lugar la conjunción sexual” entre los reyes.

Pese a esto, muchas prostitutas testificaron haber mantenido relaciones sexuales con el rey castellano, hecho que llevó al confesor del rey a aconsejarle: Tengo que recordaros que es un requisito para la absolución que dejéis de visitar otros lechos que no sean el vuestro conyugal.

A pesar de su poco interés por la reina y por todas las mujeres del rey, parece que Enrique IV se muy en serio su misión y comenzó a ingerir todo tipo de brebajes y a utilizar extraños ungüentos que potenciaran su ausente virilidad.

Se dice que se untaba con pomadas compuestas con los ingredientes más increíbles que no hacían otra cosa que abrasar sus inactivos genitales; se hacía azotar las nalgas hasta sangrar mientras yacía sobre el cuerpo de su desdichada esposa y recurrió incluso a médicos italianos que le prescribían ejercicios sexuales sin resultado efectivo.

Cuando sus adversarios de la nobleza comenzaron a difundir por toda Castilla que su “impotencia” ponía en serio peligro la continuidad de la dinastía de los Trastámara, Enrique decidió divorciarse de Blanca de Navarra, acusándola de “esterilidad”; aunque hay quien llegó a afirmar que continuaba siendo virgen. Al fin, la falta de consumación del matrimonio fue atribuida, como era de esperarse, a una maldición.

 

| Foto: El rey Enrique IV en la serie “Isabel” de TVE

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