Cómo se vivía hace 100 años en la corte del emperador de Austria

En tiempos de guerra o de paz, en el siglo XVIII la corte de Austria era una sucesión de festivales, comedias, ballets, conciertos y bailes de disfraces. El colorido carnaval era una de las fiestas preferidas de la emperatriz María Teresa (1717–1780), según describió el conde de Khevenhüller en 1743: Nunca está tan contenta la emperatriz como durante los días en que se mezcla con la muchedumbre, disfrazada de incógnito. Pero también había lugar para las celebraciones religiosas, como era de esperarse de un Estado que se consideraba baluarte del catolicismo, que eran larguísimas y extenuantes.

El duque de Richelieu, embajador en Viena escribió al cardenal Polignac manifestándole el cansancio que le provocaba ir a tantas misas: “Los embajadores están obligados a seguir a la corte como ayudas de cámara… No hay capuchino, por fuerte que sea, que pueda resistir una vida semejante durante la cuaresma… He permanecido, en total, desde el Domingo de Ramos hasta el miércoles después de la Pascua, 100 horas en la iglesia siguiendo al emperador… ¡estoy agotado!

Casi dos siglos más tarde, nada quedaba ya del esplendor y la alegría que irradiaban los Habsburgo. A principios del siglo XX, antes del estallido de la Gran Guerra que acabó con los imperios europeos, la vida de la corte de Viena giraba en torno a la poderosa figura del emperador Francisco José, que durante sus más de 60 años de reinado supo imprimir su propia huella de majestad y dramatismo en todo el imperio.

“Aquel mundo nutrido, uniformado, elegante y mundano giraba todo en torno al emperador Francisco José, el hombre melancólico de los extraños destinos, a quien se trataba con respeto tan extremado que llegaba a la veneración”, escribe la infanta Eulalia de Borbón en sus Memorias.

“El grado de parentesco no rezaba en las relaciones de los príncipes con Su Majestad Imperial y Real, que ceñía la doble corona austrohúngara. Su aparición en cualquier sitio obligaba, aún a sus hijos, a hacer una reverencia que era casi una genuflexión. La conversación debía concretarse con él, exclusivamente, a dar respuesta a las cosas que preguntara, sin extenderse en comentarios ni, mucho menos, haciendo preguntas.

“El tiempo que Su Majestad dedicaba a cada uno a quien hablaba estaba determinado por el grado de estimación, y ningún cortesano osaba dirigirse a su vecino mientras Francisco José permanecía en el salón (…) El protocolo no permitía la conversación, el cambio de impresiones, la amable charla ágil, ligera y suelta que hacían el encanto de otras cortes. En palacio estaba casi mal visto que un marqués hablara con un conde o que una duquesa sonriera a una baronesa”.

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