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Fernando VII de España: cuatro bodas y un funeral

Cobarde, vago, maleducado, desagradable… con tamañas virtudes a muchos sorprende que Fernando VII, rey de España, llegara a tener cuatro esposas: las tres primeras (María Antonia, Isabel y María Josefa) murieron jóvenes y con la desdicha de no haber dado herederos al trono; la cuarta de las esposas, María Cristina, quedó viuda.

Según el marqués de Villa-Urrutia, Fernando era en esos momentos “hombre de muchos y desordenados apetitos, harto dañosos para la enfermedad que padecía; pero no le gustaba de solazarse con las damas de su corte, como su ilustre antepasado el gran rey francés, antes de que lo sometiera a su severa disciplina Madame de Maintenon. Aunque muy aficionado a las mujeres, no las tenía en más estima que a los hombres, ni le inspiraban mayor confianza, sintiendo una instintiva repugnancia a dejarse gobernar por privados o queridas. Solía salir disfrazado por las noches en compañía del duque de Alagón, tanto para enterarse, a guisa de sultán oriental, de lo que se decía y hacía en la coronada villa, capital de sus reinos, como para entregarse fuera de palacio a ciertos deportes que los musulmanes practican dentro del harén…”

Las cuatro esposas de Fernando VII fueron elegidas por otras personas de acuerdo a las razones de Estado. Con la primera, la princesa napolitana María Antonia de Borbón (1786–1806), se casó en 1802, cuando todavía era Príncipe de Asturias. La novia era una mujer bonita, según un retrato que conserva hoy el Museo del Prado, y la duquesa de Abrantes dejó escrito en sus ‘Memorias’ que era “… de un aire majestuoso e incluso un poco severo, pero tan pronto como su mirada se coordinaba con su sonrisa, toda su fisonomía se iluminaba con una dulce claridad”. La relación, sin embargo, no fue nada feliz. En la primera carta que escribió en España a su hermano, doña María Antonia le cuenta la impresión que le causó conocer a su prometido:

Bajo del coche y veo al príncipe: creí desmayarme; en el retrato parecía más bien feo que guapo; pues bien, comparado con el original, es un Adonis (…)”.

Por la correspondencia de María Antonia con su madre, la reina María Carolina de Nápoles, se sabe que el príncipe no le tocó ni un pelo a su esposa sino hasta pasado el año de la boda. Las cartas que cruzaron madre e hija están llenas de reproches hacia el Borbón, al que califica de feo, bruto, rechoncho, de piernas torcidas y antipático. A finales de 1802, la reina María Carolina escribía: “Mi hija está desesperada. Su marido es enteramente memo, ni siquiera un marido físico, y por añadidura un latoso que no hace nada y no sale de su cuarto”.

Días después la reina Carolina escribía: “Es un tonto, que ni caza ni pesca; no se mueve del cuarto de su infeliz mujer, no se ocupa de nada, ni es siquiera animalmente su marido”. Al año siguiente: Mi hija es completamente desgraciada. Un marido tonto, ocioso, mentiroso, envilecido, solapado y ni siquiera hombre físicamente. “El marido no es todavía marido y no parece tener deseo ni capacidad de serlo, lo cual me inquieta mucho”. En otra carta, María Antonia se quejaba de lo estricta que era la vida en la corte española y que debía pedir permiso para todo: “para salir, para comer, para tener un maestro… creo que hasta ponerse una lavativa”.

De salud débil, María Antonia dio muestras de fragilidad a los pocos meses de llegar a España. Entre 1804 y 1806 la princesa tuvo dos abortos, lo cual le hizo ganar el desprecio de su marido como su suegra, la reina María Luisa. La reina hablaba de su nuera con rabia y desprecio, y la describió como “víbora ponzoñosa, animalito sin sangre y sí todo hiel y veneno, rana a medio morir…”. El martirio de la princesa duró hasta 1806, cuando murió. Corrió el rumor de que Fernando y su madre la habían envenenado y que habían introducido un alacrán en la cama de la moribunda, aunque, en realidad, murió de tuberculosis.

Una década más tarde, Fernando VII, ya rey, se casó con la princesa portuguesa Isabel de Braganza (1797–1818), que era sobrina suya, hija de la infanta española Carlota Joaquina, hermana del rey. Fea pero amable, no tardó en darse cuenta lo poco interesado en ella que estaba su marido. La joven reina Isabel quedó embarazada al poco tiempo pero la hija que dio a luz el 21 de agosto de 1817 murió a los cuatro meses. Tuvo segundo embarazo pero su delicada salud y las consecuencias de una cesárea mal practicada fueron las causas de su fallecimiento, en 1818. Durante el parto, los médicos dieron por muerta a la reina y decidieron hacerle una cesárea para extraerle el niño que llevaba en su vientre. En plena carnicería, la reina despertó y lanzó un espantoso grito de dolor que la dejó nuevamente inconsciente.

El impopular rey se casó por tercera vez con una princesa alemana, María Josefa de Sajonia (1803–1829), educada estrictamente en un convento, quien nunca quiso tener relaciones con él, a pesar de los diez años que duró el matrimonio. Según un historiador, la tercera reina de Fernando VII fue “una alemana más triste que un sauce”. La princesa, mujer atractiva, con una dulce expresión y profundos ojos azules, no parecía la esposa ideal para un rey que ya era conocido por todos por su vida privada desordenada, pero parece que congeniaron. La correspondencia que se conserva de ellos, antes del encuentro, está llena de frases tiernas y amables.

¿REZAMOS, FERNANDO?

Nacida en la opaca corte de Dresde (Sajonia) en 1803, María Josefa era hija del duque Maximiliano de Sajonia y de la princesa Carolina de Borbón-Parma. Huérfana de madre a los tres meses de nacida, fue internada por su padre en un convento, en el que permaneció hasta el momento de su matrimonio, dieciséis años después. “No había cumplido la reina todavía dieciséis años cuando se veía casada con un hombre casi veinte años mayor que ella, quien además de resultar un galán más que corrido, era físicamente un verdadero adefesio”, escribe Fernando González-Doria. En la correspondencia entre Fernando VII y María Josefa, sin embargo, se dedicaban frases muy tiernas, como “pichoncito mío” o “sal de mi vida”. Ya en el trono de España, María Josefa se dedicó a la literatura, componiendo poesías políticas con títulos sorprendentes, como aquella que intituló ‘Muera la Constitución’, y que tratan los momentos revolucionarios que vivió, temiendo incluso por su vida.

Pero a Fernando VII se le presentó nuevamente un problema a la hora de procrear porque, como explica González-Doria, “a doña María Josefa nadie se había tomado la molestia de ponerle en antecedentes de algunas circunstancias, por lo que la pobrecilla no tenía ni la más remota idea de que los niños no vienen al mundo merced a los desinteresados servicios de una amable cigüeña, como le habían dicho las monjitas de su convento a orillas del Elba, sino en virtud de determinadas prácticas, que le causaron tal horror cuando estuvo a punto de poder experimentarlas la noche de bodas, que la ingenua soberana, presa de verdadero pánico… no pudo evitar orinarse en el lecho”. Cuando Fernando VII insistía en cumplir su deber conyugal, la buena de María Josefa ponía excusas: “¿Por qué no nos rezamos un rosario, Fernandito?”.

“Lo que el rey quiere de mí es pecado mortal”, explicaba María Josefa a todo cortesano o clérigo que le indicara que su deber era procrear un heredero. La reina se negó una y otra vez a acostarse con el rey, necesitado de un príncipe heredero, y la situación era la comidilla de las cortes de Europa. El escándalo fue tan grande que hasta el papa Pío VII tuvo que intervenir. Mediante una carta dirigida a María Josefa, trató de convencerla que las relaciones sexuales entre esposos no eran contrarias a la moral cristiana. La Corte celebró en silencio la respuesta de Su Santidad en la que acepta como “bueno” el “obligado tributo conyugal”, y a María Josefa no le quedó otro remedio que entregarse.

“Al fin, pues, la reina asume su papel como esposa. Pero, en tanto viva, se estremecerá siempre de angustia y de pavor cada vez que el rey cierre la puerta de la alcoba y se despoje de sus calzones dispuesto a copular. Y aún accediendo a ello, no pasará una sola de tales ocasiones sin que, previamente, ante las impaciencias del marido, ella le obligue al consabido rezo del rosario. De tal manera que en los diez años que durará el matrimonio, Fernando VII habrá rezado más que el resto de toda su condenada vida…” [José Antonio Vidal-Sales, Crónica íntima de las reinas de España]

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