Bufones, enanos y otras diversiones de la corte zarista (Parte 2)

Fue la enorme y opulenta emperatriz Ana Ivanovna (1693–1740), dueña de un muy particular sentido de la diversión, quien volvió a abrir las puertas de su palacio a los enanos. La fea y bruta emperatriz era una experta en diversión. Odiaba la lectura, el ballet o la música, pero amaba las luchas y juegos violentos. Todas las mañanas, al despertarse, contemplaba en sus aposentos un espectáculo compuesto por enanos, bufones, mimos, retrasados mentales y paralíticos que divertían a lo grande a la soberana. Debían disfrazarse, bailar, cantar, hacerse zancadillas y golpearse unos años. Cuando alguno caía al suelo a causa del agotamiento, Ana ordenaba que fueran apaleados brutalmente para que recuperaran el aliento. Todo aquello provocaba en la emperatriz estrepitosas carcajadas.

La gruesa y vulgar emperatriz, dedicada a la bebida y a las bromas pesadas, se hacía entretener por todo un circo de personajes grotescos y deformes, entre los que destacaban Beznoika, apodada “Mamá sin piernas”, Daryushka, la “Giganta sin manos”, y Garbuchka, la “Jorobada”.

“La atracción que siente la zarina por la extrema fealdad y la aberración mental es, dice ella, su manera de interesarse por los misterios de la naturaleza. A semejanza de su antepasado Pero el Grande, afirma que el estudio de las malformaciones del ser humano ayuda a comprender la estructura y el funcionamiento de los cuerpos y las mentes normales. Así, rodearse de monstruos es una manera como otra de servir a la ciencia. Además, según Ana Ivanovna, el espectáculo de los infortunios de otros refuerza el deseo de sentirse sano”. [Henry Troyat, Las zarinas, poderosas y depravadas]

Cuando se aburría, la emperatriz organizaba peleas de mujeres lisiadas que se tiraban de los cabellos hasta sangrar, pero nada la hacía reír más que los partidos de “lanzamiento de enanos” contra un muro. Ana destinaba gran parte de su tiempo a descubrir los más jugosos chismes gracias a una intrigante red de bufones y damas que pululaban, escuchaban conversaciones y espiaban el correo de la gente de palacio.

Las doncellas, por su parte, eran las encargadas de contarle cuentos a la emperatriz antes de dormir, o de entonar canciones populares, y Ana les propinaba cachetazos a las que desentonaban. Sin embargo, según Troyat, “ninguna compañía le divierte más que la de los bufones y enanos. Cuanto más feos y tonto son, más aplaude sus muecas y sus farsas”. Su enano favorito era “Pedrillo”, un violinista napolitano que, preguntado consultado sobre si su esposa era más fea que una cabra, invitó a la emperatriz y a toda la corte a visitar su casa, donde se lo encontraron en la cama con una cabra en camisón amamantado a un chivo. ¡Ana quedó maravillada!

En la corte de Ana no había nadie más deforme y repugnante que una mujer enana llamada Buzhenina (“Cerdo Encebollado”), que ejercía como camarera y cuya fealdad no tenía igual en toda Rusia. Según Ángela Vallvey, “no había nada simétrico en ella. Ni en su rostro ni en el resto de su cuerpo, que era una sucesión extraña de protuberancias. Ni siquiera una de sus pupilas se encontraba en donde debía”.

Un día de 1740, a modo de broma (que solo a ella divertiría), Ana obligó a Magnolia a casarse con el noble anciano Mijail Golitzin, quien, tras su caída en desgracia, ejercía como bufón de la corte y pasaba la mayor parte del tiempo disfrazado de gallina a cambio de un sueldo. Con entusiasmo, la emperatriz se encargó de todos los detalles del gran acontecimiento. Para ello ordenó construir un gran palacio de hielo en San Petersburgo, de diez metros de altura, con pasillos, escaleras, salones y columnas de hielo, así como una alcoba matrimonial con una cama tallada en hielo.

“El día de la boda, el comedor de la casa fue provisto de exquisitos manjares, también preparados con hielo. En la parte exterior de la casa se veían dos elefantes y varios cañones esculpidos en el mismo material, así como unas pirámides, en cuyo interior había dibujos obscenos para entretener a los invitados. El ministro Volynski consentía todos aquellos juegos sádicos e ideó un espectáculo de extravagancia monstruosa: la emperatriz y toda una cabalgata de mujeres vestidas con el traje nacional de cada una de las «razas bárbaras» irían en procesión al nuevo Palacio de Invierno en carrozas tiradas por perros, renos, cerdos y camellos, seguidas por un elefante cargado con una jaula en cuyo interior fueran Golitsin y «Cerdo Encebollado» (…)” [Simon Sebag Montefiore, Los Romanov]

El 6 de febrero de 1740, en pleno invierno, Ana se deleitó en contemplar como los novios eran trasladados por un carnavalesco cortejo de acróbatas, bufones y bailarines. Al final de la fiesta, los recién casados fueron llevados a su helada alcoba de noche de bodas y obligados a acostarse sobre la cama de hielo, tiritando de frío.

“Dentro del palacio nupcial, Ana mostró a la bufonesca pareja un retrete en forma de cómoda y (lo más gracioso de todo) una cama de columnas con colchón y almohadones de hielo, aunque, para alegría de la soberana, sin sábanas ni ropa de cama. También el fuego de la chimenea era un engaño: simplemente nafta encendida”. [Simon Sebag Montefiore, Los Romanov]

Envuelta de alegría, la zarina los despidió, pero encargó la vigilancia del lugar a dos guardias para que la pareja no pudiese salir de allí hasta el día siguiente. La emperatriz se retiró a su abrigada cama del Palacio de Invierno mientras la curiosa pareja de recién casados superó la noche de bodas con la piel amoratada y un fuerte resfrío. Con el tiempo, Golitsin y Buzhenina tuvieron dos hijos, se fueron a vivir al extranjero y, tras la muerte de la monstruosa mujer, el noble anciano volvió a casarse.

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