Europa

Ladridos en el palacio real: La historia del rey que se creía perro

La dinastía Wittlesbach, que reinó en Baviera hasta la Primera Guerra Mundial, es una de las más antiguas de Europa. Para mantener intachable su católico linaje, los Wittlesbach recurrieron a los matrimonios entre parientes demasiado cercanos, lo que jugó en contra. Cuando llegó el siglo XIX, la sangre de la familia real bávara estaba muy viciada y aquello empezaba a notarse en alguno de sus miembros. El rey Luis I, quien embelleció Múnich hasta convertirla en la “Atenas del Norte”, se mostró especialmente caprichoso cuando conoció a Lola Montes, una bailarina española por la que perdió la cabeza y el trono. El rey Maximiliano José I tuvo dos hermanas afectadas por dolencias mentales.

La princesa María siempre vestía de blanco, de modo que pudiera ver cualquier mancha o partícula de polvo sobre sus ropas. Así, llegaba a cambiarse de vestido hasta cuatro o cinco veces por día. Su hermana, la princesa Alejandra, era una bellísima mujer de ojos azules que destacó por su erudición, sus obras literarias y sus tradiciones, pero a pesar de sus logros sufrió durante toda su corta vida numerosos ataques de locura. Se cuenta que, un día, a la edad de veintitrés años, sus padres la vieron caminar de forma extraña por los pasillos del palacio y, cuando le preguntaron qué le ocurría, la princesa contestó que, siendo una niña, se había tragado un piano de vidrio. Desde entonces, Amalia vivía con el temor a que el cristal se quebrara, por lo que atravesaba de lado las puertas para que pudiera pasar el piano, caminando con miedo a que se rompiera en mil pedazos.

Luis II llegó a ser conocido como “el Rey Loco” de Baviera, eclipsando a su propio hermano, el príncipe Otto (1848–1916), quien desde muy joven había manifestado síntomas de demencia. El fascinante Castillo de Hohenschwangau se convirtió en su propio manicomio e incluso Luis II se lamentaba por su hermano: “Es realmente doloroso ver a Otto sufriendo tanto, y la situación parece que empeora día a día. En ciertos aspectos, está más excitable y nervioso que la tía Alejandra; y eso es ya mucho decir. A menudo no se acuesta durante cuarenta y ocho horas, y no se quita las botas en ocho semanas. Se comporta como un loco, hace gestos terribles, ladra como un perro y a veces dice las cosas más indecorosas pero después se convierte durante un tiempo en un ser bastante normal. [Los doctores] Gielt y Solbrig lo examinaron y si él no atiende pronto los consejos de estos profesionales, ¡ya será muy tarde!

Luis II se vio obligado a formar una comisión de médicos para que atendieran a su hermano. Para 1871, el rey se manifestaba esperanzado en que el príncipe Otto encontraría una cura a su enfermedad, pero todos sabían que solo empeoraría. En una carta a su tía Amalia, reina de Grecia, le dijo que el estado de su hermano era deplorable: Tiende a parecerse a la tía Alejandra; padece una sobreexcitación enfermiza de todo el sistema nervioso; todo me parece en verdad terrible. Un año más tarde, el príncipe fue internado en el Castillo de Nymphemburg bajo una estricta vigilancia, donde los médicos los controlaban y donde sus guardias solían humillarlo y golpearlo.

“Aunque Luis seguía viendo con regularidad a su hermano, estas ocasiones pronto se convirtieron en una auténtica tortura. A menudo lo encontraba solo y sentado en la oscuridad, y se negaba a salir de sus habitaciones. Otto evitaba bañarse durante semanas enteras, el pelo le caía en sucios mechones sobre la cara demacrada y no atinaba a vestirse. Se negaba a hablar con su hermano, pero a menudo oía voces que lo llamaban y lloraba y gritaba mientras Luis lo miraba impotente. Cada visita a Otto dejaba conmovido a Luis, aterrorizado por la posibilidad de ser víctima de la enfermedad”. De vez en cuando, Otto se recuperaba mágicamente y se quejaba por el trato recibido: “No tienes derecho, en vista de que no hice nada malo, a tratarme de este modo. He sido sometido al rigor y estoy detenido; el trato que se me dispensa es vergonzoso”. [Greg King, El Rey Loco, Luis II de Baviera]

Los rumores sobre estado de locura del príncipe heredero bávaro comenzaron a circular en las embajadas y cortes europeas justo cuando el propio Luis II comenzaba a demostrar los primeros signos de una posible demencia. En 1886, el rey fue declarado loco y derrocado y unos días más tarde, Luis II y su médico aparecieron muertos entre los juncos del Lado Starnberg. La noticia conmovió a todo el reino pero su hermano Otto, el nuevo rey, jamás supo lo sucedido y tampoco asistió a los funerales. Cuando el gobierno se presentó ante él en su encierro en Fürstenried para comunicarle la noticia de la muerte de su hermano, el rey que se creía perro pareció no escuchar y cambió de tema. Otto I permaneció ajeno a todo el drama desarrollado en torno a la misteriosa muerte de Luis II y se asegura que jamás fue consciente de que él mismo fue rey durante los siguientes veintisiete años. Su rutina siguió como si nada.

Los médicos, sirvientes y cortesanos presenciaban día a día una auténtica pesadilla. Su estado jamás le permitió entablar conversaciones sobre los asuntos importantes. Por el contrario, el rey lanzaba estremecedores aullidos a toda hora del día y la noche, golpeaba su cabeza contra puertas y paredes, y comía con las manos sentado en el suelo como un animal. En cierta ocasión, una tía suya huyó aterrada de Fürstenried después de varias noches sin dormir. El rey se echaba junto a su puerta como un perro, ladrando, arañando la madera y tratando de entrar.

“El joven rey, cuando caía la noche, sufría terribles alucinaciones y acabó padeciendo de ataques francos de demencia que, al principio, se procuró disimular”, escribió la infanta Eulalia de España, que visitó Baviera a finales del siglo XIX. “La locura de Otto, buen mozo, de ojos claros y desvaídos, bien plantado, pálido y ojeroso, no era la de su hermano, artística, iluminada, llena de sinfonías, sino que el rey desgraciado se sentía perro. Aullaba, caminaba en cuatro patas y llenaba de ladridos y aullidos la noche del palacio en sombras. Mis nervios se quebraban y deshacían en aquellas primeras noches. Por la mañana encontrábamos a Otto más pálido aún, tembloroso, sin dominio de sí mismo, con los ojos clavados al piso o perdidos en los quebrados horizontes. Hablaba vagamente, sin poder concretar su pensamiento, hasta que no lo dejaron salir más… Para los toscos aldeanos bávaros, mentes llenas de oscuras leyendas y de interminables supersticiones, los reyes padecían un hechizo.

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