Abofetear a una cortesana: el antojo de una reina embarazada

El rey Carlos II de España contrajo matrimonio en 1679 con la princesa María Luisa de Orléans (1662–1689), sobrina de Luis XIV de Francia. La joven reina tuvo en España una existencia breve y repleta de enfermedades. En la sombría corte española, donde solo se rezaba, un pequeño grupo de damas traídas de Francia y unos loros que parloteaban a toda hora en francés constituían su única compañía.

María Luisa no solo fue presa de la locura de su marido, sino también del odio que reinaba entonces en España hacia todo lo que fuera francés. Incluso era víctima de la burla porque se dirigía a sus sirvientes franceses en francés y porque no era demasiado apasionada en el rezo y la confesión. A diferencia del animado y colorido Versailles, el viejo Alcázar de Madrid era un lugar oscuro, frío y sin ninguna alegría.

“El aburrimiento de palacio llega a lo espantoso”, recordó la marquesa de Villars, dama francesa de la reina. “Alguna veces digo a esta princesa, cuando entro en su cámara, que me parece olerlo, gustarlo, verlo y palparlo, de tan espero que es”.

A la inadaptación de la reina se sumaron los problemas para consumar el matrimonio y engendrar un heredero. Año tras año, la corte y el pueblo se desesperaban porque la reina no lograba tener hijos. Las discusiones con el rey solían ser frecuentes y muy acaloradas. Se cuenta que, en cierta ocasión, el enclenque Carlos II advirtió a su mujer que pediría permiso a su confesor para tener una amante, a lo que la reina contestó con malicia que ella haría lo mismo para pagarle con la misma moneda.

¡Eran tiempos en que había que pedir permiso a la iglesia hasta para cometer adulterio!

Para hacer más difícil la vida de la reina, la duquesa de Terranova, una insoportable mujer mayor de cincuenta años, de carácter áspero y sumamente orgullosa de su linaje, fue designada como su camarera mayor y comenzó a dirigir todos los aspectos de su vida. Desde el primer momento, la aristócrata le cayó muy mal a María Luisa porque, rigurosa con la etiqueta, quiso separar de su lado a las pocas personas que había llevado desde Francia, entre las que se encontraban su nodriza y Madame de Villars.

Todas las personas que quisieran ver a María Luisa debían solicitarlo previamente por escrito a la implacable duquesa, y ella, por escrito también, concedía o no la audiencia. Y generalmente no la concedía. El embajador de Francia pretendió una y otra vez reunirse con la reina, pero la duquesa no accedía a sus peticiones porque, según el protocolo, “la reina de España no debe recibir sola a ningún hombre, aunque éste sea el embajador de Francia”.

La inflexible camarera mayor, cuya principal misión era ayudar a la reina a vestirse, desnudarse o higienizarse, había creado en torno a María Luisa, un perfecto “servicio secreto de espionaje” compuesto por sirvientes y damas de compañía, que la advertían sobre todos los movimientos de María Luisa.

En cierta ocasión, el embajador francés Le Vauguyon logró ingresar a los aposentos de la reina sin que la duquesa de Terranova se diera cuenta. Al ser informada, la noble dama perdió los estribos y la elegancia y comenzó a patear la puerta gritando su famosa frase: “¡La reina de España no debe recibir sola a ningún hombre, aunque éste sea el embajador de Francia!”.

María Luisa toleró todo con sumisa obediencia, pero tuvo oportunidad de vengarse después de que la duquesa le asestara un golpe doloroso. La rígida camarera detestaba a los loros de la dulce reina francesa. Se obsesionó con ellos, advirtiendo que los coloridos pájaros la insultaban cada vez que la veían, por lo que decidió envenenarlos a todos aprovechando una ausencia de la reina. “El delito cometido por los animalitos era su empecinamiento en seguir hablando en francés cuando su dueña ya era reina de España y su obligación era parlotear en español”, nos relata Fernando Díaz-Plaja.

Tras enterarse de lo sucedido, la reina guardó silencio, pero en la primera ceremonia cortesana en la que la duquesa le pidió la mano para besársela, la reina le asestó dos sonoros cachetazos en las mejillas haciéndola caer al suelo ante todo el mundo. ¡Un escándalo! Algunos dicen que la duquesa indignada se presentó ante el rey Carlos acompañada por otras cien damas de la corte que se sintieron ultrajadas en su estatus y su nacionalidad, para contarle todo lo acontecido. Carlos II, aterrado e incrédulo, llamó a su esposa para pedirle explicaciones.

¿Cómo se había atrevido a hacerle eso a quien era su mayor sirviente y representante de la más alta nobleza española?

“Señor, fue un antojo”, dijo la reina, con voz tierna, mientras acariciaba su vientre. El monarca casi no la dejó terminar la frase. Loco de alegría, Carlos II ordenó que en todas las iglesias de España se elevaran oraciones para agradecer por el ansiado embarazo de la reina. El rey hechizado partió inmediatamente con sus cortesanos a la Virgen de Atocha, para agradecerle por la llegada de un hijo, dejando a la duquesa de Terranova sola y con el orgullo herido.

(No hace falta decir que el embarazo era una mentira de la reina)

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