Crónica

La triste historia del príncipe Johnny, la tragedia secreta de la dinastía Windsor

Del príncipe John de Inglaterra nunca se dijo nada. La Circular de la Corte se limitó a informar sobre su nacimiento y jamás se supo nada de él hasta que en 1919 se habló escuetamente sobre su muerte. La mayoría de las historias de Inglaterra sólo mencionan junto a su nombre los años 1905-1919, y cuando no lo ignoran por completo, las biografías sobre los miembros más relevantes de su familia le dedican apenas unas pocas líneas. Casi no hay fotos que lo muestren junto a su familia y tampoco se lo vio jamás en algún evento público. Las pocas fotografías en las que aparece este niño, rubio y de rostro angelical, inocente, vivaz y alegre, fueron archivadas durante décadas, como si su familia tuviera vergüenza de su existencia. Fue el sexto y último hijo del rey Jorge V de Inglaterra (1865-1936) y de la reina Mary (1867-1953), quienes fueron reyes de Inglaterra desde 1910 hasta 1936. Reinaba su abuelo, Eduardo VII, cuando John Charles Francis nació el 12 de julio de 1905 en Sandringham House, Norfolk, y no es posible entender su vida sin repasar el desastre que era su familia. Su padre fue uno de los monarcas brutos e incultos que haya tenido Inglaterra. Hombre poco instruido, leía poco, huía de los teatros y no escuchaba música clásica. Se mantenía al margen de las artes, las letras y las ciencias, y solo se divertía coleccionando sellos con precisión infantil en libros encuadernados con piel azul o cazando zorros. Los hijos siguieron los pasos del padre e irónicamente, el príncipe John fue uno de los más brillantes y juguetones: “Todos se portan bien, excepto John”, dijo su padre.

Jorge V era básicamente un marino, un hombre simple de gustos sencillos, disciplinado y meticuloso, y hasta cierto punto un riguroso militar. Se casó en 1892 con la princesa Mary de Teck pero no tenía cualidades de padre cariñoso e indulgente; a ninguno de sus hijos se le permitía, ni en las actitudes ni en el lenguaje, manifestar una familiaridad impropia. Su esposa, María de Teck, había consagrado su vida a a hacer feliz a su esposo y de cumplir atentamente con su voluntad, la cual consideraba lo mejor para todos: “Siempre debo recordar que su padre es también su rey”, dijo ella. Cuando nació Johnnie, la princesa Mary de Gales ya tenía 38 años y había traído al mundo otros cinco hijos: David, Alberto, Mary, Enrique y Jorge. Creo que he cumplido con mi deber. Tener hijos me resulta extremadamente desagradable, había escrito la princesa María a su anciana tía, la duquesa Augusta de Mecklemburg-Schwering después de los cuatro primeros embarazos. Los niños crecieron con un respeto tan reverencial a su padre que era imposible que hubiese entre ellos un sentimiento cálido y amistoso. “Mi padre le tenía miedo a su padre”, decía Jorge, “Yo le tenía miedo a mi padre, y me encargaré de que mis hijos me tengan miedo”.

Ferviente victoriano, el duque pensaba que los niños eran entrometidos y ruidosos y les imponía la misma disciplina reinante en la Marina. Si llegaban tarde a las comidas, se los reprendía; si hablaban demasiado alto o demasiado bajo, se los enviaba a la cama sin cenar; si los zapatos no estaban bien lustrados, tenían que renunciar a los privilegios de la hora de juego; si una niñera o un preceptor informaba de una falta de educación o una tarea mal realizada, el culpable perdía privilegios y se le aplicaba el bastón. La biblioteca de papá, provista de armas de fuego más que de libros, se convirtió en el lugar de castigo y reproches, recordó el príncipe Eduardo en sus memorias. “Jamás oí palabras más desconcertantes para el espíritu que el anuncio de un lacayo: ‘Su Alteza Real desea verle en la biblioteca’. El estudio de mi padre era en cierto modo su ‘cabina de capitán’, y nunca sabía uno qué le esperaba cuando le llamaban de allí. Tal vez quisiera enseñar algunos sellos nuevos que acababa de comprar, o darme alguna chuchería que había traído de sus viajes. Pero lo más frecuente era que me llamara para reprenderme por alguna falta (…) Mi padre tenía un carácter horrible. Se mostraba groseramente tosco con mi madre… la he visto abandonar la mesa cuando él se mostraba particularmente grosero y entonces los hijos la acompañábamos cuando se retiraba; por supuesto, no cuando los servidores estaban presentes, sino cuando nos encontrábamos solos”.

El despacho de la madre era en extremo diferente de la biblioteca del padre. Allí no se reprendía a los niños, sino que se les enseñaba. Todas las noches, antes de la cena, le acercaban a los niños, y mientras se sentaban en sillitas distribuidas a los pies de la madre, ella les leía, les mostraba libros de imágenes, explicaba fragmentos de la historia inglesa, les relataba anécdotas de los años que ella había pasado en Europa, y les enseñaba a tejer tapices. “Su voz blanda, su mente cultivada, la acogedora habitación abarrotada de tesoros personales eran ingredientes inseparables de la felicidad asociada a esa última hora del día de un niño”, dijo Eduardo. Cuando la madre y los niños estaban realmente solos (por ejemplo, cuando Jorge salía a cazar), las cosas eran distintas: “Con ella, solos, pasábamos los momentos más agradables, siempre riendo y bromeando; cuando él no estaba ella era un ser humano diferente”.

Pese a que no fue capaz de prodigar a sus hijos un cariño efusivo, en otra ocasión Eduardo recordaría que, muy íntimamente, su madre solía ser muy afectuosa, y una madre muy dulce: “Estaba mi madre tan orgullosa de sus hijos, que cuanto acontecía a uno de ellos tenía para ella importancia máxima. Cuando venía al mundo un nuevo vástago, mamá abría un nuevo álbum, en el cual registraba con infinita paciencia todas las fases de nuestra infancia: las fechas en que ‘el bebé tuvo su primer diente’, o ‘dio su primer paso’, y adhería un mechón de cabellos de la primera vez que se nos cortaba”. Según la Condesa de Airlie, Jorge y María “eran más concienzudos y se entregaban más a sus hijos que la mayoría de los padres de la época. La tragedia es que no entendían cómo funcionaba la mente de un niño. Parecían asombrarles las manifestaciones de infantilidad de sus hijos y esperaban de ellos que tuvieran la capacidad de razonar desde que empezaban a hablar”. Por esto mismo, los padres fueron incapaces de expresar sus sentimientos con besos o abrazos y la condesa intuye que “nunca lograron hacer felices a sus hijos”.

En 1901, a la muerte de la reina Victoria, le correspondió reinar, por fin, a su anciano hijo y heredero, Eduardo VIII, casado con la reina Alejandra. Jorge y María, quienes tenían tres hijos, se convirtieron en los Príncipe de Gales y siguientes en la línea sucesoria. Más adelante nació el príncipe Jorge (1902) y por último el príncipe Johnny. Cinco años después fueron coronados reyes de Gran Bretaña y emperadores de la India. Pese a la altísima posición social que ocupaban, el hecho de estar rodeado de aduladores y poseer privilegios y riquezas, la niñez reprimida y aislada de los hijos de Jorge y María tuvo graves consecuencias, transformándose en un grupo vulgar dentro la realeza: el mayor, Eduardo, se convirtió en un hombre nervioso y dependiente; Alberto, no pudo nunca mantener una conversación normal sin sufrir serios ataques de tartamudeo; Enrique tuvo toda su vida la costumbre de dar gritos de orden y protagonizar exagerados estallidos de risa; Jorge no solo fue un hombre nervioso, sino que más tarde manifestó un peligroso gusto por las drogas y llegó a complementar su matrimonio con muchas aventuras. Y finalmente, el menor de todos, el “pobre Johnny”, fue ocultado del ojo público durante los catorce años que duró su desdichada vida.

A los 4 años de edad el pequeño tuvo un ataque epiléptico que marcó el comienzo de su tragedia. Pálido, neurasténico y extrañamente silencioso durante toda su infancia, Johnnie padeció una serie de ataques que aterrorizaron a sus padres y niñeras. En aquellos tiempos la epilepsia era considerada una enfermedad vergonzosa para las familias nobles, una señal de que había una deficiencia mental y una falla genética. Las convulsiones, además, se asociaban con trastornos mentales e incluso con posesiones satánicas y brujería. Recluir al niño en uno de los siniestros psiquiátricos de la época habría sido una solución inaceptable dada su condición de príncipe pero, como era costumbre, se le apartó enseguida de sus hermanos. La madre de Juan era además una fiel seguidora de la filosofía de la propia reina Victoria de Inglaterra, para quien la muerte era la única excusa para no acudir a la cena. Como muchos de sus contemporáneos ignorantes de la medicina, pensaba que la enfermedad, salvo en la vejez, era “innecesaria y una pérdida de tiempo”. Para la princesa María, la enfermedad era también un espectáculo intolerable. En cierta ocasión, cuando tuvo que visitar a los heridos de la Primera Guerra Mundial, se le oyó decir a la salida: “¡Qué alivio! Nunca sé qué decirles”.

Aconsejados por médicos y cortesanos, los príncipes de Gales pensaron que la mejor manera de lidiar con la situación era apartar a Johnnie de la vida pública y eventualmente de la esfera familiar. Aquel niño rubio y angelical fue enviado a la casa de campo de Wood Farm, cerca de Sandringham, donde vivió al cuidado de una cocinera, un cochero, un tutor y de una niñera-enfermera llamada Charlotte “Lalla” Bill, quien lo quiso mucho. Su madre lo visitaba muy seguido en Wood Farm, y aparte de ella, el único miembro de la familia que lo visitaba con regularidad era su abuela, la reina Alejandra (1845-1925). Según Donald Spotto: “Alejandra atendía alegre y afectuosamente a Juan, le traía juguetes, le leía y aliviaba las vigilas interminables de Lalla Bill. Atraída por el indefenso niño, que le parecía un proscrito más, la Reina Viuda -indiferente al lamentable estigma social que aún acompañaba a la epilepsia en la familia- prodigaba una atención constante y afectuosa a su nieto”. Muy pocos de los que solían visitar a los príncipes de Gales y luego reyes de Inglaterra tuvieron oportunidad de ver al misterioso príncipe. A veces, alguien lograba verlo cuando miraba a través de una ventana o jugaba en el bosque. Los niños de los alrededores de Wood Farm comenzaron a llamarlo cruelmente “el niño monstruo” y solo una niña se convirtió en compañera de juegos del príncipe oculto. Winifried Thomas recordó años más tarde las muchas horas de juegos que compartieron juntos, como una tarde en que contemplaron en el cielo los primeros “Zeppelin”.

En 1918, cuando sus padres celebraron sus Bodas de Plata, el príncipe John estuvo ausente de la fotografía familiar tomada en el Palacio de Buckingham, pero a muy pocos les llamó la atención la ausencia. Corría el rumor de que el pequeño Johnny se había vuelto “completamente estúpido”. Sus días transcurrieron entre juegos y feroces ataques de epilepsia hasta que le llegó la muerte a la edad de 14 años, el 18 de enero de 1919. Se encontraba acompañado únicamente por su inseparable niñera, Lalla Bill, y un enfermero. Sus padres fueron llamados pero llegaron tarde y no pudieron despedirse del niño. El pequeño Johnnie se veía muy pacífico…”, escribió su madre. Poco tiempo después, en una carta a una vieja amiga, María escribió: “Se fue sin lucha ni dolor, sólo paz para su espíritu atormentado. Para él fue un gran alivio. Su enfermedad empeoraba con la edad y así se ha ahorrado sufrimiento. No sabes qué agradecida estoy de que Dios se lo haya llevado de forma tan pacífica”. Johnnie fue enterrado secretamente en la iglesia de Sandringham y rápidamente fue olvidado excepto por aquellos que lo conocieron realmente como lo que fue al parecer fue: un niño alegre, tierno, desenvuelto, víctima de una enfermedad extraña y de una familia muy especial. Nadie lloró. Según su biógrafo Philip Ziegler, el príncipe Eduardo casi no lo conocía y lo veía como “una molestia lamentable”. El príncipe le escribió a su madre una vergonzosa carta de condolencias en la que se limitaba a decir: “Nadie sabe mejor que tú lo poco que el pobre Johnnie significaba para mí. Apenas le conocía… Lo siento mucho por ti, queridísima madre, que eras su madre”. Más tarde, en brazos de su amante, el futuro rey suspiró: “Gracias a Dios, ha muerto el animal”.

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