Crónica

Fotos | La vida de Akihito, el primer emperador no divino en 2.600 años de historia

Akihito es el primer Emperador del Japón desprovisto de trato divino, y de algunas de sus atribuciones, salvo las estrictamente ceremoniales y simbólicas que le otorga la Constitución democrática de la posguerra. Definido como una persona reservada y afable, desde su ascenso al trono en 1989 combinó expresiones de apertura al pueblo y gestos internacionales ante los crímenes cometidos por el Ejército Imperial japonés durante la Segunda Guerra Mundial.

Apasionado de la investigación biológica marina, Akihito fue en los últimos años testigo silente de un debate público sobre la conveniencia de permitir legalmente a las mujeres ser emperatrices, cuestión que afecta a la continuidad de su linaje y particularmente a los derechos dinásticos de sus nietos príncipes.

Hijo de un “dios viviente”, Akihito fue criado como tal. Quinto de los siete hijos de Hirohito (1901-1989), y de Kuni-no-miya Nagako, la hija del príncipe Kuni Kuniyoshi (1903-2000), Akihito fue una especie de “milagro” para los emperadores. Se habían casado en 1924. Cuando en 1925, un año después de su boda, Nagako dio a luz a la princesa Teru (“pequeño brillo del Sol”), los japoneses se sintieron realmente angustiados, porque la niña no podía heredar el trono.

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Después de dar a luz a otras cuatro mujeres, incluyendo a una que murió al poco tiempo de nacer, la princesa Nagako se enfrentó a una antigua tradición imperial que aconsejaba que el emperador procreara al heredero manteniendo relación carnal con concubinas. Nagako se opuso firmemente a que su marido recurriera a alguna sokushitsu y finalmente, el 23 de diciembre de 1933, dio a luz al príncipe Tsugu-no-miya, el actual emperador.

“Su nacimiento fue el acontecimiento más importante de mi vida”, declaró la emperatriz tiempo después. El niño fue bautizado con el nombre de Akihito, que significa “Claridad y benevolencia” y el título de Tsugu-no-Miya. Siguiendo la tradición imperial, el niño fue dejado a cargo de un cortesano quien lo acogió y educó en su propia casa antes de devolverlo a la Casa Imperial. Sin embargo, a diferencia de su padre, Akihito mezcló en sus estudios las materias tradicionales orientales con los sistemas y asignaturas propios de una educación occidental y moderna. A los siete años ingresó en el Colegio de Nobles donde había estudiado su padre y allí cursó su primera enseñanza.

Formado en un ambiente totalmente distinto al que vivió su padre a primeros de siglo XX, Akihito mostró su inclinación por modernizar la rígida estructura imperial al no renunciar a sus sentimientos, que, en contra de la tradición, se inclinaron por el amor a una plebeya, Michiko Shoda, hija de un millonario fabricante de harinas y salsas de soja, a quien conoció jugando al tenis en Kuraizawa, en los denominados “Alpes japoneses”.

La ceremonia nupcial sintoísta se celebró el 10 de abril de 1959 en el “Kashiko dokoro”, el templo más importante de los tres que hay en el Palacio Imperial. Michiko se convirtió en la primera plebeya que se casaba con un príncipe imperial. El matrimonio tuvo tres hijos: Naruhito (nacido en 1960), segundo en la línea de sucesión; Fumihito (1965) y la princesa Sayako (1969), que adquirieron los títulos, a modo de tratamientos alternativos en la edad infantil, de príncipe Hiro, príncipe Aya y princesa Hiro.

Los niños fueron criados sin intermediarios por Michiko, quien los amamantó y, cuando crecieron, preparaba la comida para su familia en una cocina que hizo instalar en el palacio Togu. Esta sencillez le valió pronto la oposición de la corte y de su suegra, la emperatriz Nagako.

En septiembre de 1988 Akihito asumió la regencia de hecho por la grave enfermedad de su padre y el 7 de enero de 1989, a la muerte de aquel, Japón inició el año 1 de su nueva era histórica, definida para su nuevo emperador como Heisei, la era de la “Paz Exitosa”, que sustituyó a la que rigió durante los 63 años del reinado de Hirohito, denominada Showa (la de la “Paz Ilustrada”).

El linaje más ancestral del mundo, continuado por la misma familia desde el siglo VIII y, según la leyenda, desde el siglo VI a.C., pasó automáticamente a Akihito cuando recibió solemnemente los símbolos del poder imperial -una Espada, un Espejo y una Joya- que fueron legadas a través de las generaciones por Amateraru, la diosa (“O-Mikami”) del Sol, la ascendiente mística de la dinastía imperial. Se convirtió entonces en el 125 soberano del Trono del Crisantemo.

 

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